El Sagrado Corazón y la esperanza de la Hispanidad

«Tuya es España entera, tuyo su invicto blasón»

Juan Manuel del Corazón de Jesús Rossi

(El Pueyo de Barbastro, España)

 

«En premio de tanta hazaña,

por tu Nombre y por tu Ley,

sólo te pide hoy España

que vengas a ser su Rey».

 

 

Recoge Ibarra Benlloch, sobre el final de su voluminosa obra La persecución religiosa en la diócesis de Barbastro-Monzón (1931-1941), una serie de pérdidas, además de las humanas, que atañen a los bienes culturales y religiosos que al momento de desatarse la Guerra Civil Española pertenecían a la Iglesia, y que fueron irremediablemente reducidos a nada por las huestes rojas, en lo que el autor titula, retomando una expresión usual, «el martirio de las cosas». Allí reseña, entre otras, las vilezas salvajes que se perpetraron contra el patrimonio plurisecular de este santuario de Nuestra Señora de El Pueyo. El testimonio que trae es el más inmediato, el de un joven de 15 años que se transformó en el primer testigo de lo sucedido:

Estatua del Sagrado Corazón ubicada en la explanada del Monasterio del Pueyo. Los milicianos la fusilaron en 1936.
Estatua del Sagrado Corazón ubicada en la explanada del Monasterio del Pueyo. Los milicianos la fusilaron en 1936.

 

«Han asesinado a los benedictinos y un abogado de Barbastro manda a llamar a Miguel Gil, uno de los escolares, para que les acompañe al Pueyo. Es el día 5 de septiembre de 1936, antesala de la fiesta de Barbastro en honor a la Natividad de la Virgen, que ese año no se va a celebrar. Hace meses que los colegiales benedictinos no vuelven al Monasterio»[1].

Lo que vio entonces el pobre Miguel Gil, que se había dispuesto con entereza al martirio –del que fue privado– y que había compartido más de un mes de prisión con los monjes, nos lo narra él mismo:

 

«… íbamos a El Pueyo, pues el coche ha entrado por el camino de Los Cuartos. Mi corazón latía a toda marcha, pero trato de disimular. Había que estar dispuesto a todo, ya que sabía muy bien de quienes se trataba. Pasamos por la Ermita de San José, tan visitada por los chicos, y también me pongo bajo su protección. El colmenar funciona a toda marcha, pues veo al pasar cerca de él nubes de abejas que salen y entran en las colmenas. Al momento alcanzamos la altura de la plazoleta pequeña, donde se abre la puerta del gran edificio construido como hospedería. De allí se eleva un altísimo muro edificado por los monjes para ampliar los exteriores del Monasterio. El muro está construido sobre la roca firme, roca que sobresale del arranque del muro. Y veo, confundido, la blanca imagen del Sagrado Corazón de mármol de Carrara de tamaño natural, que coronaba el extremo del muro. La habían tirado desde la altura, cayó sobre la roca y su cabeza está desprendida del cuerpo de la imagen»[2].


 

*  *  *

 

El Sagrado Corazón destruido o ajusticiado fue una constante de los días de persecución religiosa en España. La imagen de unos milicianos apuntando como pelotón de fusilamiento al monumento del Corazón de Cristo en el Cerro de los Ángeles es una de las que más han circulado «dentro y fuera de España», y señala una realidad palmaria: que la lucha no se restringía al plano político sino que quería tocar el alma española… no peleábamos «contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malvados de los aires» (Ef 6, 12). Se quería matar la fe de España: ésta era la auténtica batalla. Era natural, pues, que el enemigo se empeñase en destruir todo lo que refería a esa fe. «De forma consciente se intentó eliminar a la Iglesia, de manera radical, de la vida española» [3].

 

Evidentemente es ésta una temática recurrida en toda persecución contra el cristianismo, sobre todo en las de siglo XX, en el que se buscó como nunca antes refundar la cultura en una ciudad anticristiana, desde sus cimientos hasta todas sus instituciones, incluyendo las manifestaciones religiosas del arte. De todas maneras, el empeño de iconoclasia tiene en España «una agravante» que señala Antonio Montero Moreno:

 

«… la de que nuestro catolicismo, por muy dado a formas externas de devoción y a manifestaciones plásticas de fe, se veía amenazado con ello en la esencia misma de su religiosidad»[4].

El odio tan peculiar que se vivió durante los años de intentona comunista en España contra las manifestaciones de la fe tenía una gran relación con el papel sobrenatural que España está llamada a dar ante la asamblea de las naciones. España es un «testigo» y hasta el final lleva sobre sí, la cumpla o la quiera ignorar, esa misión que le viene de lo alto. Es un «testigo» de lo sobrenatural, de la supremacía de lo espiritual sobre lo terreno, de que la vida auténtica se vive, como dice Pemán, «venciendo al cuerpo con el espíritu»[5]. Es esa la esencia de la religiosidad española, su destino concreto y su «estilo» de vivir la fe: testificar… contracorriente, aunque en ello vaya la vida, «siquiera se hunda el mundo»[6].

 

Esta misión histórica significó para España una continua ofrenda. El testimonio español hubo de vérselas en un sinnúmero de ocasiones contra los enemigos de la fe, de fuera y de dentro de la Cristiandad, algunos de los cuales jamás han perdonado a España ese reproche de lo trascendente. La extensión del Reino de Cristo supuso, por otra parte, que las fuerzas de la nación más gallarda se gastasen y desgastasen en una labor cuyo resultado no era mundanamente redituable, y poco compensaba el esfuerzo de bienes y hombres ilustres. Pero entonces se era consciente de la misión dada por Dios y por eso España se desangró por cumplirla, puesta la confianza en el premio que no pasa, sin afanarse del hoy ni del mañana y con la vista sólo en el Día de su Señor. Así, y en el cumplimiento de su destino cristiano, España le enseñó al mundo la esperanza, la virtud más sentida de su propia heredad, el sello de su cruz y de su gloria; y afirmó con el justo Job, casi como en un santo y seña nacional: «aun cuando me quitase la vida, he de esperar en Él» (13, 15).

 

Con mucha razón vincula el p. Meinvielle la esperanza propia de España con su origen apostólico al llamarla «ciudad de Santiago que representa la Esperanza y con ella la Fortaleza»[7]. Santiago es el apóstol «testigo», el primero misionero y el primero mártir; por él, su padre en Cristo, hereda la nación española las cualidades virtuosas necesarias para desempeñar su cometido sobrenatural de protestarle al mundo la fe: el celo, la ira santa, los magnánimos deseos, el cariño y la intimidad de Jesucristo, la experiencia apoteósica del Tabor y de la queja desgarrada de Getsemaní. Zacarías de Vizcarra dice al respecto que

«Jesucristo, con la sabiduría infinita de que estaba dotado, preveía las necesidades especiales de cada uno de los pueblos a donde se había de dirigir cada uno de sus Apóstoles, y destinó para ellos al Padre espiritual que más les convenía, sobre todo tratándose de pueblos como el ibérico que tenía reservadas altas misiones en su Providencia»[8].

El mismo autor señala que la esperanza, y con ella la fortaleza, ocupan, entre todos los bienes de abolengo hispano legados del Hijo del trueno, el primer y más decisivo puesto; de la esperanza nacen las notas de valor caballeresco y de fidelidad perpetua que competen por su misión a España y a Santiago:

 

«El fue el primero de los Apóstoles que, terminada la obra que se le había encomendado, volvió a la Palestina, cuando aún no se habían alejado los demás de ella, y predicó en público el Evangelio con tanta confianza, intrepidez y audacia, que mereció ser el primero de los Apóstoles que sufrió el martirio por su Maestro, y el único de ellos cuyo martirio consta en la Sagrada Escritura. El fue siempre el modelo y el patrono de los caballeros y de los guerreros. El acaudilló al pueblo que más ha luchado en la Historia por motivos religiosos. En él han visto retratados las generaciones todos los signos de la Esperanza y todos los atributos del caballero esforzado: magnanimidad, intrepidez, confianza, audacia, fortaleza, martirio.

Si Pedro es la Fe, y Juan es la Caridad, es indudable que Santiago es la Esperanza» [9].

 

*  *  *

 

Santiago es la Esperanza, y España es también, y siempre ha sido, la Esperanza. De allí su coraje, su paciencia y su perseverancia: «la esperanza de alguna cosa ardua envuelve un acto de magnanimidad…» –dice santo Tomás– «se opone al temor… inspira confianza… de la esperanza nace la audacia, que es un acto de la virtud de la fortaleza»[10]. De allí el alegato de trascendencia que España está llamada a dar al mundo, el cual es un mensaje de esperanza, aunque al mundo le duela. De allí la humildad y la magnanimidad del espíritu español, que «se entiende y afirma ante todo como ser creado, como creatura de Dios» [11], y de esta consideración se alza a la ambición confiada de esperar poseer a su propio Creador, por su bondad: «sperat Deum a Deo» –en expresión de Cayetano. De allí la vena católica intrínseca e inseparable del alma española, puesto que «no puede esperar nada quien no está en Cristo»[12].

 

Con la vocación a la esperanza se relaciona también, y de modo muy estrecho, esa cualidad plástica y manifestativa de la religiosidad española contra la que se enconaban los enemigos de la fe. Nuestra esperanza, en efecto, se funda en la omnipotencia de Dios, en su misericordia infinita para con nosotros y en su fidelidad: «speramus aliquid ut possibile nobis per divinum auxilium»[13]. Estos atributos divinos se nos vuelven más accesibles en la Encarnación. «Cristo es en medio nuestro la esperanza de la gloria» (Col 1, 27), decía san Pablo; y Pieper: «Cristo es el fundamento real de la esperanza» [14]. Incluso en cuanto hombre Jesús se hace motivo de nuestro esperar, porque nos acerca la Fuerza y la Bondad de Dios y nos preanuncia en su alma colmada la gloria que aguardamos. El arte cristiano corrobora nuestro anhelo, por ser consecuencia de la Encarnación de Jesucristo, en la cual Dios se deja ver:

 

«De hecho, el mismo cuerpo de Jesús presente en este mundo era una imagen para sus discípulos; como dice el Catecismo: “la Iglesia siempre ha admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios que era invisible en su naturaleza se hace visible” (n. 477). Y también: “lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (n. 515)»[15].

La devoción por la humanidad de Cristo es, en este sentido, un signo claro de la auténtica esperanza y con mayor razón la hermosa devoción del Corazón Sagrado de Jesús, el corazón humano de Dios, en el cual se cifran todo el Poder y la ternura del Hijo Eterno y toda la compasión que siente Cristo, como hombre, por nosotros los hombres:

 

«Ese Corazón Sagrado es un símbolo del amor creado, con que nos amó en cuanto hombre, desde el primer instante de su existencia, y nos ama en el cielo; y lo es también del amor increado, infinito y eterno, con que nos amó y nos ama como Dios» [16].

La religiosidad que entinta al pueblo español no ha carecido jamás de estas notas, ni en sus más altas expresiones de santidad –sobre todo en los grandes místicos del siglo de Oro–, ni tampoco en sus manifestaciones y representaciones populares y tradicionales, muchas de las cuales llegan hasta hoy. El catolicismo de España ha hecho gala desde siempre de sus preferencias por Jesús en sus aspectos más humanos, sobre todo en su pasión y cruz; y del fervor que les despierta las figuras de Cristo como Rey y de Jesús con su Corazón traspasado a vista. Las manifestaciones externas de esta devoción son tan numerosas como variopintas: los Crucificados y las Dolorosas están (o al menos estaban) presentes en todo recinto sagrado («La imagen de la Virgen Dolorosa es uno de los temas favoritos del arte español» –dice el p. Alfredo Sáenz); cada pueblo tiene su ermita, a la que acude por temporadas e incluso hoy en día se cuentan por miles los «católicos a su manera» que dicen descreer de Dios y de los misterios de la fe, pero darían la vida por esta o estotra «imagen», la suya propia, tal y como he comprobado que sucede en El Pueyo con la imagen de la Virgen y tantos de sus romeros.

 

El catolicismo español, es un hecho, nace con una imagen, la del Pilar de Zaragoza, antes de la cual la Iberia se negaba a recibir la fe; conociéndolos Dios les regaló la efigie más antigua de la historia del Cristianismo. Entonces se abrieron. Los cristianos españoles son desde entonces muy de imágenes, y esto es una reliquia de esa misión nacional de ser fuente de esperanza para el mundo. A veces sus devociones parecen cáscara y no niego que así sea en muchos casos, pero mientras permanezcan son motivo para seguir esperando.

 

El comunismo, y su padre el Diablo, vieron esta realidad de manera quizás más clara que nosotros, y se empeñaron en esa destrucción masiva de todo resto de sagrado: querían borrar cualquier signo de esperanza, lo cual equivaldría a validar la sentencia que el presidente Azaña transformó en el axioma principal de la República el día de su toma de posesión de la presidencia del consejo el 13 de octubre de 1931: «España ha dejado de ser católica». A tal punto llegó luego la aplicación destructora a imágenes y templos que Antonio Montero se permite señalar que

«… las imágenes religiosas sumaron, creemos, muchos más nombres que la lista de personas consagradas a Dios sacrificadas en el paredón»[17].

Significativa es, a su vez, esta anotación que recoge el p. Jorge López Teulón, relativa a personas que tenían este encargo bien concreto:

«De la existencia de tales especialistas en toda España se puede dar pruebas al infinito; una, empero, basta. Después de la toma de Bilbao, se halló en aquel Comisariato de Policía
este documento a favor de un tal Eduardo Suárez: “Al portador de este salvoconducto no puede ocupársele en ningún otro servicio, porque está empleado en la destrucción de iglesias”. El salvoconducto está librado en Gijón en el mes de octubre de 1936, y lleva los sellos de la CNT, FAI y de los grupos libertarios de aquella ciudad» [18].

 

*  *  *

 

La doctrina marxista-comunista es esencialmente contraria a la esperanza. Lo enseñaba el profesor Carlos Alberto Sacheri:

 

«… teologalmente hablando, la gran rebelión del marxismo es la rebelión contra la virtud de la esperanza. El marxismo niega la esperanza sobrenatural del Sermón de la Montaña, porque dice que eso es la quintaesencia de la alienación religiosa. Es la gran utopía del catolicismo esa promesa de un más allá, de una eternidad gloriosa sin fin, viendo a Dios cara a cara (…) Pero el marxismo, por otra parte, nos promete una verdadera utopía llamada la sociedad sin clases, la sociedad donde nadie mandará a nadie, porque no habrá Estado. La sociedad donde nadie enseñará nada a nadie porque no habrá ideólogos y filósofos. La sociedad donde habrá una abundancia de bienes que todos producirán espontáneamente, donde cada uno se dedicará a hacer lo que quiera y como quiera, y no crean que exagero en absoluto»[19].

La utopía marxista es la contrapartida de la esperanza cristiana. Para Marx los ojos del hombre jamás deben elevarse al cielo: con mirar a tierra alcanza, porque para él, que es fundamentalmente materialista, sólo la tierra existe. Proponer una esperanza ultraterrena es alienar al hombre (alienación religiosa). Profundiza el prof. Sacheri:

 

«La alienación religiosa es aquella por la cual un cierto sector de seres humanos –que son el clero–, instrumenta una creación imaginaria –que es Dios–, para fortalecer la alienación ideológica y privarle al hombre de todo recurso, de toda forma de conciencia posible sobre su miseria. De ahí la expresión de Marx “la religión es el opio del pueblo”, la expresión es técnicamente perfecta, aunque sea perversa en su contenido. El opio adormece y no destruye, atonta, embota los sentidos, quita capacidad de reacción. Un drogado no tienen el dominio de sus movimientos corporales, y mucho menos un dominio de su capacidad intelectual. Lean a los ojos de esta alienación religiosa (…) el sermón de las bienaventuranzas, todas las parábolas más sublimes del Evangelio. “Bienaventurados los humildes” (…) es la suprema imbecilidad en términos marxistas. Es la doctrina más perversa según Marx porque es decirle al hombre que está sometido a toda clase de injusticia, “no se aflija, si hay que sufrir, sufra un poco más, aguante un poco más que en el cielo le van a dar el ciento por uno. ¿No se da cuenta que esta vida es un valle de lágrimas, lo que interesa es el cielo que se nos promete por toda la eternidad?” El Sermón de la Montaña aparece como la suprema mentira, en términos de la alienación marxista. Porque es privar al hombre de toda capacidad de reacción con la promesa de un falso espejismo, llamado el cielo, visión beatífica, etc.» [20].

Creo que es esta la razón teológica más profunda del odio inverosímil que se desató en España contra todo lo religioso en la pasada década del 30. La lucha que el «intrínsecamente perverso» pensamiento comunista establecía contra la esperanza como «alienación religiosa» tenía en España a su enemigo más antagónico en el plano de los pueblos… si se imponía allí, el mundo entero se podría poner –al menos ideológicamente– bajo su hoz y su martillo. Pero para eso había que aniquilar el testimonio español, había que hacer a España «desesperar», en el sentido estricto de hacerla abandonar su destino sobrenatural, ése que la había crucificado y que constituye su ser auténtico. Si, como expresaba en su deseo Manuel Azaña, España dejaba de ser católica, entonces dejaba de ser España, traicionaba su misión trascendente.

 

Todo el aparato destructivo que se montó en el terror de la primavera de 1936 tenía este objeto: desanimar a España, apocarla, quitarle los motivos de su espera, con los que alimenta la verdadera espera del mundo. El aniquilamiento de todo signo de esperanza es el móvil del holocausto de las personas y las cosas, y con ello se quiso hacer incurrir a España en una especie de «acedia» histórica, desde la cual se le pudiese hacer desistir de su vocación («quia acedia est tristitia quædam deiectiva spiritus, ideo per hunc modo desperatio ex acedia generatur» –dice santo Tomás). Es un objeto específicamente marxista («Solamente en Rusia y en España vio el mundo la profanación organizada de los templos») y produjo las funestas consecuencias que sabemos, porque un español sin esperanza es una corrupción de lo óptimo:

 

«El español desanimado se vuelve apocalíptico, más aún, anhela el fin del mundo. Porque desea catástrofes, las prevé (…) Hay un nihilismo español como hay un nihilismo ruso y como no lo hay en ninguna otra parte. Es la forma en que pecan los servidores desesperados de Dios. Indica el término de un camino que de la melancolía conduce al furor y a la locura. Con salvaje destrucción se descarga el dolor de las culturas de fin, por tener todavía que vivir en un mundo sin sentido, en una nada»[21].

 

*  *  *

 

Pero el comunismo no contaba con el corazón de la vieja España. Millares de mártires se alzaron contra la persecución, como un «resto» que confiaba en su Dios y halló «su refugio en el nombre del Señor» (cf. Sof 3, 12). No hubo dos Españas, ni una España partida en dos… los mártires constituyen la única y verdadera España, pues son los depositarios de su vocación.

 

Enseña Pieper que el primer paso de la desesperación es no querer ser uno mismo, para evitar así las exigencias del propio destino (la «desesperación de la debilidad» de Kierkegaard):

 

«… el hombre no quiere ser lo que Dios quiere que sea, es decir, que no quiere ser lo que realmente es»[22].

Cuando no se lleva a cabo la propia misión se carga de todos modos con ella, pues no puede negarse la propia mismidad. Los enemigos de España, pasados los combates, siguen empeñados en hacerla desistir de su destino. Se cierne todavía la herencia del comunismo en un halo de desesperación que invade a muchísimos de los españoles. Piensan sólo en este mundo, y es para ellos una auto-negación lo que es para otros pueblos una de tantas tentaciones.

 

El mundo no quiere reconocerlo pero oculta siempre un reclamo a España. En el fondo le está pidiendo a gritos que le hable de Dios y de la trascendencia divina. Pero para hacerlo España debe reencontrarse y refundar su alma sobre sus fundamentos perennes. España debe recuperar la esperanza para brindarla al mundo, y lo hará en la medida en que tome conciencia de sus mártires y héroes, especialmente de los más cercanos, de los últimos. Mediante ellos España puede volver a ser la nación de la humanidad de Cristo. Mediante los mártires España puede volver a ser enseñoreada por el Sagrado Corazón, esperanza de los que han muerto y objeto de confianza de los que aún vamos en la vía.

 

La destrucción de la imagen del Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles fue «como una estampa de las miles de víctimas que morían por serle fieles»[23]; allí mismo,  en 1919, «España, en un arranque genial» –son palabras del Card. Isidro Gomá– «se consagró oficialmente a Jesucristo, teniendo a gala servir de escabel a la gloria del Sagrado Corazón». Cuando se le disparó en 1936 se disparó al corazón de España. Fue destruido pero luego de la guerra reconstruido y vuelta a realizar la Consagración en las bodas de plata (1969) por medio del Generalísimo Franco, Jefe del Estado. Al respecto son muy acertadas unas reflexiones del joven sacerdote José María Lamamié de Clairac, quien anotó en su diario luego de la visita al monumento aun en ruinas:

 

«Me ha impresionado la visita. Queda entero el altar. Una inscripción dice: “España, al Sagrado Corazón”, y los nombres de los donantes. El reinado de Jesús en España no era una realidad, y por eso le faltaba una base sólida al monumento. En el nuevo monumento estarán escritos con letras invisibles los nombres de tantos mártires. Los cruentos y los incruentos también… Estará hecho con piedras vivas, labradas unas con sangre y otras con lágrimas».

En la muerte de sus fieles y en el martirio de sus representaciones, nuestro Señor vivió un real Via crucis en las tierras de España. Es un testimonio que no debe ser olvidado. Es el fundamento de la restauración española y la esperanza de volver a ser, según el plan de Dios sobre esta tierra bendita. Lo reza Pemán en su Poema de la Bestia y del Ángel, a la vista del monumento roto: 

 

«Y viendo tal destrozo, revestido

de luz, y de rocío la alta frente

coronada, va un ángel con quejido

de árbol sin flor, cantando amargamente:

“Señor, Señor, los hombres han partido

tu Corazón…” Y El, dulce y blandamente,

le responde en la luz de esta manera:

“¿Es acaso esta vez la vez primera?”

Y mirando entre nubes la porfía

que a España enluta de odios y rencores,

y mostrando su mano la alegría

de un soldado navarro que, entre flores,

con la Salve en los labios se moría,

mira al ángel y añade con fulgores

de victoria su rostro iluminado:

“¡Sí, ahora empieza de veras mi reinado!”».

 

*  *  *

 

El Sagrado Corazón de El Pueyo también está hoy restaurado y con apostura gobierna hacia el oriente, mirando a la ciudad de Barbastro. Pero debajo del nuevo revoque aguardan redención las huellas de los disparos de los que también fue objeto. Esas señales acompañarán a las llagas gloriosas de pies, manos y costado hasta el día de la victoria final de nuestro Rey, y serán siempre testimonio del sacrificio de fragancia suavísima de aquellos que completaron en su carne lo que faltaba a la Pasión de su Señor.

 

Por esas llagas y esas heridas, por la sangre y las lágrimas de tantos españoles fieles, por la llama de amor que consume tu Corazón y en la cual confiamos, Sagrado Corazón de Jesús, vuelve a reinar sobre España, porque el mundo y tu Iglesia la necesitan para volver a esperar en Ti, que eres el único que tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68):

 

«Ven: tuya es España entera,

tuyo su invicto blasón.

Ven y vence. ¡Reina, impera,

Oh Sagrado Corazón».

 



[1] Martín Ibarra Benlloch, La persecución religiosa en la diócesis de Barbastro-Monzón (1931-1941), t. II, Fundación Teresa de Jesús (Zaragoza 2011), 690.

[2] Plácido Ma. Gil  Imirizaldu, Un adolescente en la retaguardia, Encuentro (Madrid 20076), 77.

[3] P. Jorge López Teulón, El mártir de cada día, t. I, Edibesa (Madrid 2013), 250.

[4] Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España, BAC (Madrid 1961), 648.

[5] J. M. Pemán, La historia de España contada con sencillez, Homolegens (Madrid 2009), 305.

[6] Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 21, 2.

[7] P. Julio R. Meinvielle, El comunismo en la revolución anticristiana, Cruz y Fierro ed. (Santa María de los Buenos Aires 19824), 68.

[8] Zacarías de Vizcarra, La vocación de América, Gladius (Santa María de los Buenos Aires 1995), 81.

[9] Id., 97.

[10] S. Th., II-II, 129, 6, ad 2um.

[11] Josef Pieper, Sobre la esperanza, Patmos-RIALP (Madrid 19613), 40.

[12] Id., 53.

[13] S. Th., II-II, 17, 1, c.

[14] Josef Pieper, Sobre la esperanza, 51.

[15] P. Miguel Á. Fuentes, IVE, ¿En dónde dice la Biblia que…?, Ed. del Verbo Encarnado (San Rafael 2005), 59.

«Para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios. Debe por tanto acuñar en fórmulas significativas lo que en sí mismo es inefable. Ahora bien, el arte posee esa capacidad peculiar de reflejar uno u otro aspecto del mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien contempla o escucha. Todo esto, sin privar al mensaje mismo de su valor trascendente y de su halo de misterio… Cristo mismo ha utilizado abundantemente las imágenes en su predicación, en plena coherencia con la decisión de ser Él mismo, en la Encarnación, icono del Dios invisible» (San Juan Pablo II, Carta a los artistas, 4 de abril de 1999, n. 12).

[16] P. Ramón J. de Muñana Méndez, SJ, Las letanías del Sagrado Corazón de Jesús, Ed. El mensajero (Bilbao 1952), 30.

[17] Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España, 649. Previamente opina ser este un «caso absolutamente inédito en los anales persecutorios de la Iglesia (…) la furia iconoclasta más fuerte que conocemos desde los tiempos de León Isáurico».

[18] P. Jorge López Teulón, El mártir de cada día, 66.

[19] Cit. por Héctor H. Hernández, Sacheri. Predicar y morir por la Argentina, Vórtice (Santa María de los Buenos Aires 2007), 517.

[20] Id., 566-567.

[21] P. Alfredo Sáenz, Rusia y su misión en la historia, vol. 1, Gladius (Santa María de los Buenos Aires 2011), 186.

[22] Josef Pieper, Sobre la esperanza, 72.

[23] P. José Caballero, SJ, Corazón de España, ed. Fe Católica (Madrid 1977), 95.

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