jue

12

ene

2017

Navidad en San Juan de la Cruz

«El llanto del hombre en Dios»

 

P. Juan Manuel del Corazón de Jesús Rossi

(Monasterio "Nuestra Señora del Pueyo, Barbastro, ESPAÑA)

 

«Si no podemos contemplar todavía

al que fue engendrado por el Padre

antes que el lucero de la mañana,

tratemos de acercarnos al que nació de la Virgen

en medio de la noche».

 

(SAN AGUSTÍN, Sermón 194)

 

 

«Hemos sido hechos sacerdotes para multiplicar navidades»[1]. Así nos lo enseña el padre Carlos Buela, nuestro fundador y maestro.

 

La Navidad es una manifestación y un germen. En ella se celebra la aparición en el mundo exterior visible del «Hijo de Dios humanado»[2], y se comprometen las almas a realizar la vida que ese Hijo vino a traer y a desarrollar en el mundo, vida que es como una creación nueva y superior a la del inicio del tiempo, vida que no puede quedar inactiva pues Cristo mismo nace para hacer y morir según Voluntad de su Padre. Cuando con toda sencillez cristiana nos deseamos por Navidad que Jesús «nazca en nuestros corazones» estamos deseando que se desarrolle en ellos esa vida, que se imponga en nuestras almas Jesucristo, y que su gracia no quede en nosotros estéril. Que se multiplique en nuestro pecho su nacimiento y nos encienda y nos abrase con Él.

 

Hablando sobre Francisco de Asís dijo Chesterton que «todo el quid de su punto de vista estaba en mirar con ojos nuevos un mundo nuevo, que podría haber sido hecho aquella misma mañana. Aparte de las grandes cosas primigenias, la Creación y la historia del Edén, la primera Navidad y la primera Pascua, el mundo no tenía historia. Pero, ¿es cosa deseada o deseable que la entera Iglesia Católica no tenga historia?»[3]. La Iglesia de Jesucristo, en su realidad temporal, se identifica con su historia, del mismo modo que la Patria, según la enseñanza del inmolado profesor Jordán Genta «es la historia de la Patria»[4]. La historia de la Iglesia nace y vive del fiat, del Pesebre y del Calvario y atraviesa el tiempo completando en la carne de sus hijos «lo que falta a los padecimientos de Cristo» (Cl 1, 24). Por eso, así como decimos que en Belén se prueba todo el misterio de la Encarnación[5], y se cifra toda la obra redentora de la Pasión del Señor[6]; así también podemos decir que en aquel portal encuentran su cuna y su hosanna todos los frutos de santidad que vivifican la peregrinación en el destierro de la Esposa del Cordero (cf. Ap 19, 7-8).

 

Entiendo que es ésta la convicción que hizo de san Juan de la Cruz un tan peculiar devoto de la Navidad. Y es que toda su propuesta de perfección, que tiene en la Cruz su eje, en la Noche su paso, y su fin en la Unión plena; toda está ya iniciada por el Niño Jesús, con Voluntad perfecta, en el momento de su alumbramiento por su Madre la Virgen en un rincón oscuro de Belén.

 

* * *

 

«Juan de la Cruz tenía mucha devoción al misterio de la Santísima Trinidad y al del Hijo de Dios humanado»[7]. Una carmelita, que lo trató como director espiritual, testifica que hablaba «altísimamente del Dios humanado, porque a la persona del Verbo divino hecho hombre tenía particular afecto de amor, y hablaba de este Señor admirablemente y con gran ternura»[8]. Respecto de esta presencia devota constante para el santo de la naturaleza humana de Jesús, apostilla el beato Eugenio del Niño Jesús: «Volvemos a encontrar aquí el equilibrio que se manifiesta en el mismo Cristo: ha sido Dios, ha sido hombre, con toda verdad. Y si sucediera que un contemplativo se quedara en su contemplación, más allá de esta concepción, y, por así decir, siempre por encima de la tierra, podríamos decir que no ha alcanzado su meta, que no ha encontrado la verdadera caridad sobrenatural que brota de Dios por la humanidad de Cristo»[9].

 

De manera muy especial se manifestaba esta devoción a Cristo-hombre de Juan de la Cruz llegadas las fechas de la Navidad: «en aquellos días, parecía transformado y como fuera de sí. Él, tan serio de ordinario, exultaba y se dejaba llevar por una alegría exterior, que se expresaba con palabras, con cantos, con juegos espirituales»[10]. Las historias que se cuentan a este respecto parecen normalmente extrañas al resto de los acontecimientos de la vida del santo; y despiertan diferentes reacciones, al menos de primera lectura.

 

Quienes nos narran son testigos presenciales, para quienes aquellas fiestas pasadas en compañía suya habían quedado «bien presentes en la memoria»[11]. Así, nos dice, por ejemplo, de su etapa de Rector en el Colegio de Baeza, el fraile que allí ejercía como cocinero:

 

«... una noche del santo nacimiento, estando por rector del Colegio de esta ciudad, el dicho santo Padre fray Juan hizo que dos religiosos de él, sin mudar de hábitos, representasen uno a nuestra Señora y otro al señor San José, y que anduviesen por un claustro pequeño que había en el dicho convento buscando posada; y sobre lo que les respondían y decían a los dos que representaban María y José, sacaba el dicho padre pensamientos divinos que les decía de grande consuelo a los religiosos; y de esta manera celebraba las fiestas, porque así lo vio este testigo»[12].

 

De los años que pasó como superior del Convento de los Mártires de Granada, los recuerdos proliferan. Estos son algunos:

 

[La fiesta de la Navidad] «... vio [este testigo] la celebraba con mucha devoción muy al vivo, poniendo sobre un altar un portal tosco de unos maderos y tomizas y allí ponía al santo Niño y su santa Madre; y era cosa admirable ver la devoción que esto causaba»[13].

 

«Era muy agradable, especialmente las Pascuas de Navidad y Reyes; donde les man-daba a los novicios que así, de repente hiciesen alguna representación del misterio; donde si decían alguna simplicidad, sacaba conceptos del cielo»[14].

 

Y un testimonio de su último priorato, en Segovia:

 

«Era muy amigo del culto divino, y así en las fiestas bajaba a ayudar a componer los altares e iglesia; regocijábase en verlo todo muy adornado y curioso, y agradecíalo mucho a los sacristanes; holgábase de ver regocijar a sus religiosos en las Pascuas haciendo su altar del Nacimiento, o, cuando menos, poniendo por recuerdo en él alguna Virgen con su Santo Niño en los brazos, con que se enternecía y enternecía a sus súbditos»[15].

 

El mismo ejercicio que en Baeza hacía con representación de frailes, lo utilizó en una Nochebuena en Granada, pero echando mano a una imagen de Nuestra Señora, y haciendo en aquella ocasión gala no solamente de devoción y fervor, sino también de su llana y limpísima poesía:

 

«... hizo poner a la Madre de Dios en unas andas, y, tomada en hombros, acompañada del siervo del Señor y de los religiosos que la seguían caminando por el claustro, llegaban a las puertas que había en él a pedir posada para aquella señora cercana al parto y para su esposo, que venían de camino. Y llegados a la primera puerta pidiendo posada cantaron esta letra que el santo compuso:

 

Del Verbo divino

la Virgen preñada,

viene de camino,

¡si le dais posada!

 

Y su glosa se fue cantando a las demás puertas, respondiéndoles de la parte de adentro religiosos que había puesto allí, los cuales secamente los despedían. Replicábales el santo con tan tiernas palabras, así del explicar quien fuesen los huéspedes, de la cercanía al parto de la doncella, del tiempo que hacía y hora que era, que el ardor de sus palabras y altezas que descubría enternecían los pechos de quienes le oían y estampaba en sus almas este misterio y un amor grande a Dios»[16].

 

En referencia añade el p. José Vicente Rodríguez:

 

«El viejo sacristán del convento, Gabriel de la Madre de Dios, no ha podido olvidar una de esas nochebuenas en Granada celebrada también con representación y procesión que duró más de una hora por los corredores del convento. Llegó ya la procesión a la iglesia a medianoche. Al lado del evangelio habían montado un belén: pequeña cabaña con ramas, paja, tierra, con su mula y con su buey y la estatua de san José.

 

Se puso en la gruta a la Virgen María. Todos adoraron al Niño recién nacido»[17].

 

Y completa el relato ponderando el realismo en que se ejecutaban estas devociones, trayendo la cita de otro de los primeros biógrafos del santo:

 

«No parecía representación de cosa pasada, sino el mismo suceso que se veía presente, como si entonces pasara delante de los ojos»[18].

 

Se enfervorizaba como si estuviese allí, «muy al vivo». Las consideraciones que el santo hacía con motivo de estos actos levantaban los ánimos y estampaban en las almas el misterio, que es como multiplicarlo en los corazones. Su ejemplo de amor y la vivacidad con que lo exponía le daban un carácter de realidad y contemporaneidad que producía ese efecto. No era para él un hecho del pasado, sino un hecho actuante allí mismo donde se celebraba, como un punto de partida que impregna de su acción toda una línea de tiempo inagotable e inextinguible. Como si no fuera el Nacimiento sólo de Cristo, sino de todos nosotros también en él. Y es que la conciencia de la presencia de Dios en el alma, y del alma en Dios, es el inicio de todo el desarrollo de la vida de la gracia. Y es la conciencia de esa presencia el centro vital de la celebración del Nacimiento de Jesucristo, como largamente enseña el beato Eugenio del Niño Jesús:

 

«El movimiento esencial más íntimo del alma es el que san Juan de la Cruz capta aquí en estos recuerdos del Verbo en nosotros, con todo lo que él es y todo lo que posee.

 

En la Navidad se revela en su majestad infinita, con toda la trascendencia que hay en él, tanto como un alma humana la puede recibir; pero, al mismo tiempo, con suavidad a causa de su humanidad que le emparenta con nosotros y a nosotros con él.

 

Como el Verbo se ha encarnado, el infinito se ha quedado en una humanidad y este misterio lo percibe el alma por una cierta connaturalidad que se establece del Verbo a nosotros; la gracia emparenta al alma con el Verbo, y su humanidad le emparenta con la naturaleza humana de Cristo.

 

Esta fiesta de Navidad lleva a san Juan de la Cruz a las profundidades de su alma y le revela en ella la presencia del Verbo. Nosotros hacemos real esta presencia, como toda realidad sobrenatural, por la mirada del alma a través de experiencias que son las nuestras, a través de lo que somos, a través de lo que se nos ha dado de divino y de humano.

 

De esta experiencia, de este descubrimiento profundo, es de donde procedía la alegría de san Juan de la Cruz. En él –cuya mirada estaba tan purificada, era tan armoniosa–, estos recuerdos del Verbo, triunfantes o apacibles, unos y otros a la vez, infundían una unción de lo divino que invadía las profundidades de su ser y descendía a todo su cuerpo, hasta la yema de los dedos, hasta las antenas más exteriores de los sentidos. La alegría brotaba de esto»[19].

 

Experiencia, realismo, connaturalidad, impulso y desarrollo. Todo un tributo cristiano a la novedad redentora del Portal de Belén, condensado por el santo en tres versos de una frescura casi sacra: «Hallándose fray Juan en una Navidad durante la recreación, tratando de las finezas del amor que Cristo nos había mostrado, salió fuera de sí, y arrebatando un Niño Jesús que allí había, comenzó a bailar con grande fervor, y en medio de sus júbilos le cantó la siguiente copla:

 

Mi dulce y tierno Jesús,

si amores me han de matar,

agora tienen lugar»[20].

 

* * *

 

No deja de llamar la atención –al menos a mí– este salirse el santo tan de sí con ocasión de las fechas navideñas, en la contemplación del misterio del Pesebre. Más aún si recordásemos las licencias que él, siempre tan cabal y responsable, se permitía con esta ocasión y permitía a los que estaban a su cargo[21].

 

Una empática relación en mérito, muy personal, le podría generar ciertamente su propia experiencia de pobreza y desamparo. Gustaba de destacar, efectivamente, ambas circunstancias del Nacimiento de Cristo[22]. Una infancia ajustada de privaciones, y más que todo el ejemplo de su madre en medio de aquellas necesidades, le habían instruido precozmente en el valor del sufrimiento y le habían acercado afectivamente el hambre, el frío, el cansancio, el desprecio, la dependencia de la ayuda misericordiosa del prójimo. Él podía ver, en aquel niño que nacía en el Portal, un reflejo soberanamente libre de lo que en su propia niñez le había sido decretado por el designio providente de Dios. El hecho de ser una persona «extraordinariamente sensible a la noche cósmica con todos sus matices»[23] puede entroncarse con esta idea, pues el momento de la noche, que es el que elige Jesucristo para nacer, es un signo natural de la situación espiritual de todas aquellas instancias.

 

Eugenio del Niño Jesús aduce aquí, empero, «razones más profundas para explicar estos arrebatos»[24]. El Nacimiento, dice, le traía a Juan de la Cruz a memoria y corazón no solamente la Persona a la que se había entregado como contemplativo, sino también todos los demás misterios de Cristo, que, al decir de dom Columba Marmion, «son suyos tanto como nuestros»[25]. Ya señalamos su sensibilidad respecto de las grandes obras de la fe y el «santo realismo»[26] con que revivía en sí todos aquellos misterios cristianos.

 

Pero esto todavía parece a fray Eugenio «un motivo exterior [...] por más noble y sobrenatural que sea». En el verdadero fondo del gozo está lo que este autor llama «la “nada” de Belén»: «Juan de la Cruz, pues, abría los ojos, porque la realidad exterior que se le manifestaba entonces era tan simbólica, tan en armonía con la realidad interior que había descubierto; el frío, la desnudez, la pobreza, todo lo que veía de sencillo y oscuro en la noche de Belén se armonizaba con su experiencia espiritual, su ciencia mística... para descubrir al Verbo dormido, para penetrar hasta sus profundidades, fue necesario pasar por la pobreza, la renuncia, el despojo, la desnudez»[27].

 

De esta manera el santo encuentra en la Navidad el núcleo y el modelo de su Subida del Carmelo, que es la vía de la perfección que anda y quiere hacer andar. Las dos imágenes arquetípicas que utiliza para explicar el camino espiritual según su consideración, que son la imagen de la noche y la de la unión esponsalicia, están tipificadas en el Portal de Belén y consagradas por la unión de las naturalezas divina y humana en ese pequeño niño que rompe el silencio y la oscuridad de aquel ocaso con la música y el brillo de su primer llanto.

 

El desposorio en la noche. O si se quiere, decodificándolo, la unión de Dios con el hombre por medio de la cruz y del anonadarse. He aquí el alma sacramental de la Navidad. Y la vida de Cristo y de los cristianos en germen y typo profético. Aquí también, a mi ver, el fondo de la devoción de san Juan de la Cruz por la noche santa del Nacimiento.

 

* * *

 

La tradición de la Iglesia siempre ha entendido que el «admirabile commercium»[28] establecido por la Encarnación está signado por la necesidad de la cruz y el sufrimiento de Cristo (necesidad de medio, en el sentido que el propio Cristo le da: «¿no era necesario que el Mesías padeciera esto?»– Lc 24, 26). Este dolor siempre se lo ha entendido como una demostración amorosa del Verbo que elige hacerse hombre para poder morir. Así, por ejemplo, san León Magno:

 

«Al salvarse las propiedades de cada naturaleza y reunirse en una sola persona, la majestad se reviste de humildad; la fuerza, de debilidad; la eternidad, de caducidad; para pagar la deuda debida por nuestra condición, la naturaleza inviolable se une a una naturaleza pasible, verdadero Dios y verdadero hombre se asocian en la unidad de un solo Señor. De este modo, el solo y único Mediador entre Dios y los hombres (1Tim 2, 5) puede, como lo exigía nuestra curación, morir, en virtud de una de las dos naturalezas, y resucitar, en virtud de la otra»[29].

 

Por eso hay «intercambio». Porque la divina naturaleza no solamente da, sino que también recibe algo de la humana, que es la capacidad de sufrir. Dios da su vida en este consorcio tan inusitado, y recibe la muerte: «Quid enim illius pependit in ligno, nisi quod de nobis accepit?»[30]. Tal es la sombra de cruz que proyecta el Pesebre. Tal es el precio, la condición, del desposorio; y es la dote que le aporta la humanidad salida de sus manos. Más que su propia nada no le podía ofrecer, pero lo que tenía le dio, y Cristo abrazó esa nada perdido de deseos:

 

«Pregunto» –lo copio a Alfonso Torres– «¿Por qué? ¿Por qué viene el Señor a la tierra? ¿Por qué viene a morar entre los hombres? ¿Qué busca en el mundo? ¿Qué desea encontrar en este destierro? A estas preguntas hemos de responder que vino el Señor buscando la cruz, deseando la cruz. Ella le atrajo del cielo a la tierra, la cruz formó el centro de su vida terrena. En el fondo de la dulzura de los misterios amorosísimos de Navidad hay un deseo vivo de la cruz»[31].

 

«Así, la Navidad se convierte en un “misterio de amor” [san Juan Pablo II] que se transluce en el anonadamiento abismal del Hijo de Dios»[32]. Entonces Cristo empieza a experimentar, de cierta manera, las consecuencias de su Voluntad redentora y de esa «mística del Ecce venio», que es mística de renuncia y negación de todo, con justeza descrita por san Pablo como una asunción de lo que es «nada»: «se anonadó» (Flp 2, 7: ekenwsen Vulg.: exinanivit). Con justeza y con arte mística, como destaca santo Tomás al comentarlo:

 

«Dice entonces y no obstante se anonadó a sí mismo. ¿Quiere esto acaso decir que estando pleno de la divinidad se vació de su divinidad? No, porque permaneció lo que era y asumió lo que no era. Por eso esta expresión debe entenderse como que asumió lo que aún no tenía y no como que asumió lo que ya tenía. Porque así como descendió del cielo sin dejar de existir en el cielo, sino que de un modo nuevo empezó a existir en la tierra; de la misma manera se anonadó no deponiendo su naturaleza divina, sino asumiendo la naturaleza humana.

 

Y hermosamente dice se anonadó [Pulchre autem dicit exinanivit]. La nada o el vacío se oponen a lo pleno. La naturaleza divina es plena porque allí se encuentra toda la perfección de la bondad, como se ve en Ex 33, 19 donde Moisés manifiesta su deseo de ver a Dios; y Dios mismo le dice: Yo haré pasar toda mi bondad delante de tu rostro. Por el contrario, la naturaleza humana y el alma humana no es plena, sino que está sólo en potencia hacia la plenitud, porque fue creada como una tablilla sin escribir. Y por esto a la naturaleza humana se la llama nada o vacía. Y por eso dice se anonadó, porque asumió la naturaleza humana»[33].

 

San Juan de la Cruz toca con su ala de prodigio estas verdades en sus Romances sobre el evangelio «In principio erat Verbum». Quizás no sea la más famosa de sus poesías, pero es sin lugar a dudas uno de los más hermosos testimonios de su amor por el Verbo hecho carne. Dibuja el santo en es-tos versos –dicho de paso, con una hechura notabilísima y una profundidad teológica y espiritual con poca comparación– toda la historia del anonadarse de Cristo, desde el seno de la Trinidad Santísima, que resuelve, en palabras de san Ignacio de Loyola: «hagamos redempción del género humano»[34]; hasta el momento de ver por primera vez con sus ojos de hombre el mundo de los hombres y el rostro de su Madre. Aquí entresaco pasajes de estos Romances, pero no quiero dejar de recomendar la lectura completa de este poema que merecería un cuidado comentario cristológico[35].

 

La loa comienza en la eternidad de las Divinas Personas:

 

«En el principio moraba

el Verbo, y en Dios vivía,

en quien su felicidad

infinita poseía.

El mismo Verbo Dios era,

que el principio se decía;

él moraba en el principio,

y principio no tenía.

El era el mismo principio;

por eso de él carecía.

El Verbo se llama Hijo,

que del principio nacía;

hale siempre concebido

y siempre le concebía;

dale siempre su sustancia,

y siempre se la tenía.

Y así la gloria del Hijo

es la que en el Padre había

y toda su gloria el Padre

en el Hijo poseía».

 

En medio de aquella felicidad infinita e indecible, el Padre propone al Hijo, en quien tiene toda su complacencia (cf. Mt 3, 17), un enlace que ya se ve requerirá de su parte un redentor arrojo:

 

«– Una esposa que te ame,

mi Hijo, darte quería,

que por tu valor merezca

tener nuestra compañía

y comer pan a una mesa,

del mismo que yo comía,

porque conozca los bienes

que en tal Hijo yo tenía,

y se congracie conmigo

de tu gracia y lozanía».

 

La Esposa prometida es la Iglesia, y en ella, todos los que serán capaces de elevarse a la mesa de Dios en virtud del sacrificio valiente que deberá arrostrar el Hijo. La creación aparece como «palacio para la esposa», en el cielo y en la tierra; y la humanidad como la beneficiaria del abajarse de Dios que la elevará por sobre los ángeles («los de arriba»):

 

«Los de arriba poseían

el Esposo en alegría;

los de abajo, en esperanza

de fe que les infundía,

diciéndoles que algún tiempo

él los engrandecería

y que aquella su bajeza

él se la levantaría

de manera que ninguno

ya la vituperaría;

porque en todo semejante

él a ellos se haría

y se vendría con ellos,

y con ellos moraría;

y que Dios sería hombre,

y que el hombre Dios sería,

y trataría con ellos,

comería y bebería;

y que con ellos continuo

él mismo se quedaría,

hasta que se consumase

este siglo que corría,

cuando se gozaran juntos

en eterna melodía;

porque él era la cabeza

de la esposa que tenía,

a la cual todos los miembros

de los justos juntaría

que son cuerpo de la esposa,

a la cual él tomaría

en sus brazos tiernamente,

y allí su amor la diría;

y que, así juntos en uno,

al Padre la llevaría,

donde del mismo deleite

que Dios goza, gozaría;

que, como el Padre y el Hijo,

y el que de ellos procedía

el uno vive en el otro,

así la esposa sería,

que, dentro de Dios absorta,

vida de Dios viviría».

 

La esperanza de esta venida llena de deseo los trabajos de los hombres, en el tiempo que transcurre mientras Cristo se hace de rogar. Y ese deseo se hace aflicciones, porque de cruz tiene que estar hecha la espera amorosa del Mesías:

 

«... con suspiros y agonía,

con lágrimas y gemidos

le rogaban noche y día

que ya se determinase

a les dar su compañía».

 

Los ruegos de los hombres, y su penoso pasar por un mundo sin Jesucristo, le conmueven a Dios sus entrañas de Padre (cf. Jer 31, 20). Su corazón se vuelve en contra suya (cf. Os 11, 8) por-que como dice Ignacio Anzoátegui, «la sangre pide amor de sangre», y entonces une sus ruegos a los de los hombres, que traspasan las nubes, para que su Hijo les visite:

 

«– En los amores perfectos

esta ley se requería:

que se haga semejante

el amante a quien quería;

que la mayor semejanza

más deleite contenía;

el cual, sin duda, en tu esposa

grandemente crecería

si te viere semejante

en la carne que tenía».

 

La respuesta que pone Juan de la Cruz en labios del Verbo de Dios es realmente estremecedora, llena de toda su Voluntad salvífica y sacrificial, capaz de abrirnos el alma para hacernos enten-der cuánto valemos a los ojos de Cristo:

 

«– Mi voluntad es la tuya

–el Hijo le respondía–,

y la gloria que yo tengo

es tu voluntad ser mía,

y a mí me conviene, Padre,

lo que tu Alteza decía,

porque por esta manera

tu bondad más se vería;

veráse tu gran potencia,

justicia y sabiduría;

irélo a decir al mundo

y noticia le daría

de tu belleza v dulzura

y de tu soberanía.

Iré a buscar a mi esposa,

y sobre mí tomaría

sus fatigas y trabajos,

en que tanto padecía;

y porque ella vida tenga,

yo por ella moriría,

y sacándola del lago

a ti te la volvería».

 

Es la mística del «ecce venio», del anonadamiento y de la humillación. La mística que el ángel pone a juicio de María Santísima, en la que ella participa, y que se concreta en la Encarnación y el Nacimiento. Es la misma mística del Calvario, la única redentora, la de la cruz y de las «nadas»: la nada que asume Cristo y las nadas que dejamos nosotros para seguirle solamente a Él, porque en la cima del monte hay «nada», y la «honra y gloria de Dios»... y porque, en definitiva, nos dice el san-to que «para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada» y «para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres»[36]. Esa es la actitud de Cristo, la que nos enseña desde su cuna, en donde nos tiene a todos y nos vivifica a todos, porque ya está allí inmolándose por cada uno:

 

«Ya que era llegado el tiempo

en que de nacer había,

así como desposado

de su tálamo salía

abrazado con su esposa,

que en sus brazos la traía,

al cual la graciosa Madre

en un pesebre ponía,

entre unos animales

que a la sazón allí había.

Los hombres decían cantares,

los ángeles melodía,

festejando el desposorio

que entre tales dos había.

Pero Dios en el pesebre

allí lloraba y gemía,

que eran joyas que la esposa

al desposorio traía.

Y la Madre estaba en pasmo

de que tal trueque veía:

el llanto del hombre en Dios,

y en el hombre la alegría,

lo cual del uno y del otro

tan ajeno ser solía».

 

* * *

 

Brilla en todo el poema esa santa sensibilidad y realismo de los misterios de Cristo de que hablaba Edith Stein. Quien así canta no puede no estar interiormente transformado por la presencia de Dios-con-nosotros, y por sus sentimientos divino-humanos. San Juan de la Cruz nos avasalla aquí con toda la hondura de su percepción teológica. Según su propio testimonio, esto se lo ha enseñado la cruz. Al menos así parece inferirse del conocido texto en que comenta el tercer verso de la estrofa 37 del Cántico espiritual, en su segunda redacción:

 

«Y luego a las subidas

cavernas de la piedra nos iremos,

que están bien escondidas,

y allí nos entraremos,

y el mosto de granadas gustaremos».

 

«... están bien escondidas.» –declara el santo– «Tanto, que por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir, y aún por entender; y así hay mucho que ahondar en Cristo: porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá. Que, por eso, dijo san Pablo (Cl 2, 3) del mismo Cristo, diciendo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos. En los cuales el alma no puede entrar, ni puede llegar a ellos, si, como habemos dicho, no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría. Porque, aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella»[37].

 

La forma crucis que empapó el misterio hipostático desde el primero de sus instantes en la tierra es la que se busca en los misterios que se contemplan, la que se quiere alcanzar cuando se pide la «sabiduría de la cruz». Esta sabiduría se aprende en su ejercicio, y se aprende de Cristo, que en su ejercicio la aprendió primero. «Por eso la cruz estaba allí desde el principio» –nos decía el p. Nieto– «y proyectaba su sombra hacia su nacimiento, enseñándonos clamorosa y silenciosamente que todas las gracias que Dios nos quiere dar pasan necesariamente por la cruz. Es como si no nos hubiese podido enseñar la lección de la cruz como rescate por el pecado, si Él mismo no la tomaba incluso ya desde su nacimiento»[38].

 

Juan de la Cruz, por su parte, sanciona, en otro texto contundente, toda su idea sobre la fuerza del misterio ejemplar de Jesucristo, y lo modélico de su anonadamiento. La cita es un poco extensa:

 

«Y así querría yo persuadir a los espirituales cómo este camino de Dios no consiste en multiplicidad de consideraciones, ni modos, ni maneras, ni gustos (aunque esto, en su manera, sea necesario a los principiantes) sino en una cosa sola necesaria, que es saberse negar de veras, según lo exterior e interior, dándose al padecer por Cristo y aniquilarse en todo, porque, ejercitándose en esto, todo esotro y más que ello se obra y se halla en ello. Y si en este ejercicio hay falta, que es el total y la raíz de las virtudes, todas esotras maneras es andar por las ramas y no aprovechar, aunque tengan tan altas consideraciones y comunicaciones como los ángeles. Porque el aprovechar no se halla sino imitando a Cristo, que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él según él mismo dice por san Juan (14, 6). Y en otra parte (10, 9) dice: Yo soy la puerta; por mí si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no lo tendría por bueno.

Y porque he dicho que Cristo es el camino, y que este camino es morir a nuestra naturaleza en sensitivo y espiritual, quiero dar a entender cómo sea esto a ejemplo de Cristo porque él es nuestro ejemplo y luz.

 

Cuanto a lo primero, cierto está que él murió a lo sensitivo, espiritualmente en su vida y naturalmente en su muerte; porque, como él dijo (Mt 8, 20), en la vida no tuvo dónde reclinar su cabeza, y en la muerte lo tuvo menos.

 

Cuanto a lo segundo, cierto está que al punto de la muerte quedó también aniquilado en el alma sin consuelo y alivio alguno, dejándole el Padre así en íntima sequedad, según la parte inferior; por lo cual fue necesitado a clamar diciendo: ¡Dios mío! ¡Dios mío!, ¿Por qué me has desamparado? (Mt 27, 46). Lo cual fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida. Y así, en él [en el desamparo] hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios. Y esto fue, como digo, al tiempo y punto que este Señor estuvo más aniquilado en todo, conviene a saber: acerca de la reputación de los hombres, porque, como lo veían morir, antes hacían burla de él que le estimaban en algo; y acerca de la naturaleza, pues en ella se aniquilaba muriendo; y acerca del amparo y consuelo espiritual del Padre, pues en aquel tiempo le desamparó porque puramente pagase la deuda y uniese al hombre con Dios, quedando así aniquilado y resuelto así como en nada. De donde David (Sal 72, 22) di-ce de él: Ad nihilum redactus sum, et nescivi. Para que entienda el buen espiritual el misterio de la puerta y del camino de Cristo para unirse con Dios, y sepa que cuanto más se aniquilare por Dios, según estas dos partes, sensitiva y espiritual, tanto más se une a Dios y tanto mayor obra hace. Y cuando viniere a quedar resuelto en nada, que será la suma humildad, quedará hecha la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar. No consiste, pues, en recreaciones y gustos, y sentimientos espirituales, sino en una viva muerte de cruz sensitiva y espiritual, esto es, interior y exterior»[39].

 

Este aniquilarse de que habla aquí el santo es, evidentemente, el kenótico, y no el nirvánico. No es el hacerse nada por la nada, sino el tomar la nada como nada, para levantarla al Todo. Es un anonadamiento de redención y no secuestrador. Un tomar la nada de las creaturas como materia que ofrecer en sacrificio y no como ídolo al cual postrarse. Es el anonadamiento de Cristo y de los cristianos, el del Pesebre y el Gólgota, y el de cada una de las situaciones de nuestra vida. El anonadamiento en que la nada humana es la dote de compromiso del alma y Dios, a ejemplo de Nues-tro Señor Jesucristo, Niño envuelto en pañales y Hombre clavado de pies y manos, y corazón.

 

* * *

 

La espiritualidad de san Juan de la Cruz se nombra muchas veces así: «doctrina de las nadas»[40]. Aunque la palabra «nada» es usada por él en varios sentidos, podrían reducirse todos quizás a aspectos del sentido tomista: lo que no es Dios. Pero lo que define la actuación espiritual del santo no es tanto el sentido que da a la nada, sino la actitud que toma respecto de ella, y esta es, creo, la última implicancia de todo lo que dije hasta acá.

 

Hay una actitud ante la nada de la creatura que es la del apego, la que transforma al hombre carnal en la nada que ama, y menos que nada: «... todas las cosas de la tierra y del cielo, compara-das con Dios, nada son [...] y las aficiones de ellas menos que nada podemos decir que son, pues son impedimento y privación de la transformación en Dios; así como las tinieblas nada son y menos que nada, pues son privación de la luz. [...] De manera que todo el ser de las criaturas, comparado con el infinito ser de Dios, nada es. Y, por tanto, el alma que en él pone su afición, delante de Dios también es nada; porque, como habemos dicho, el amor hace igualdad y semejanza, y aun pone más bajo al que ama. Y, por tanto, en ninguna manera podrá esta alma unirse con el infinito ser de Dios, porque lo que no es no puede convenir con lo que es»[41].

 

La actitud al contrario nos pone ante una nada que es una actuación de negación. Es la nada que martillea por quintuplicado, equidistante en renunciar los bienes de imperfección «del cielo» y «del suelo»: «espíritu de perfección: nada, nada, nada, nada, nada, y aun en el monte nada»[42]. Para obrarla es preciso justipreciar las realidades del mundo siempre en relación con Dios, cuya honra y gloria moran en lo alto del monte junto con nuestro aporte, junto con nuestra nada, elevada y santificada por el camino de ascenso y de crucifixión.

 

Y es que Cristo decidió abajarse atraído por esa posibilidad de mostrarnos su amor muriendo por nosotros. Si a nosotros nos atrajese como a Él la posibilidad de inmolarnos y de ofrecerle algo en dote; si deseásemos como Él ese bautismo que había (y habremos) de recibir (cf. Mc 10, 38); si como Juan de la Cruz, cristiano hasta el tuétano, pudiésemos dar a nuestra alma aviso de que «ame mucho los trabajos y los tenga en poco por caer en gracia al Esposo, que por ella no dudó en morir»[43]; entonces seguramente sabríamos gloriarnos de nuestras flaquezas, y de nuestros fracasos, y de las pruebas interiores y exteriores, y de las terribilísimas y tremebundas humillaciones con que somos diariamente afligidos por quienes nos rodean; porque nos daríamos cuenta de que esto es justamente lo que atrae la mirada de Dios, y que esto es lo que, vivido en el espíritu del anonadamiento, nos va a llevar al encuentro con el que primero se anonadó por nosotros, para morar entre nosotros. Seguramente tendríamos, en este caso, una visión diferente de las cruces y de los sacrificios, de los reveses y entuertos de la vida, y más de los que nos vienen por nuestra siempre frágil (sólo fuerte en Cristo) fidelidad. Tendríamos la visión del Portal, la que Cristo tuvo en el Portal y para elegir el Portal, la que nada juzga mucho si es medio de desposarse con Aquel que es el fin y única razón de nuestra vida.

 

«Las virtudes del anonadamiento que tanto deseamos vivir [cf. Const., 11], brillan en el misterio de la Navidad»[44]. Si nuestra alma logra tener esa mirada transformada con que se asomaba al Pesebre san Juan de la Cruz, entonces «tiene todo lo que necesita: a Cristo mismo, que es la eterna sabiduría, y en Él al Dios incomprensible»[45]. Y en ellos y allí, se ahonda el misterio:

 

«Viene el Señor al mundo, traído en alas de su amor a la cruz; sabe que en ella está la redención de las almas, y para buscarnos a nosotros busca la cruz. ¿Por qué nosotros, que deseábamos buscar a Jesús, no le buscamos en la cruz? Porque si, materialmente, no se levanta la cruz sobre la gruta de Belén, no deja de estar allí; es la cruz de la pobreza, la cruz del olvido, la cruz del abandono y de la soledad del corazón. ¡Ay, son tantas las cruces que hay en el corazón de Jesús niño! ¿Por qué, pues, no ir a buscarle por donde Él vino a buscarnos a nosotros?»[46].

 

Notas

[1] BUELA, CARLOS M., I.V.E., Sacerdotes para siempre, IVE Press (New York 2011), 619.

 

[2] Así gozaba de llamarlo san Juan de la Cruz, tal como afirma una dirigida suya (testimonio cit. en RODRÍGUEZ, JOSÉ V., San Juan de la Cruz. La biografía, San Pablo [Madrid 20152], 493; con referencia a Biblioteca mística carmelitana [BMC], vol. 25 [Burgos], 488).

 

[3] CHESTERTON, G. K., San Francisco de Asís, Bibliotheca Homo Legens (Madrid 2006), 120.

 

[4] Guerra Contrarrevolucionaria, Biblioteca del pensamiento nacionalista argentino (Santa María de los Buenos Aires 1976), 459.

 

[5] «Así como el nacimiento virginal de Cristo es prueba de la realidad de su divinidad, el hecho de que ese nacimiento haya sido hecho de una mujer –la Virgen María– es prueba de la realidad de su humanidad, como enseña santo Tomás: “no puede tener carne sino de mujer” [C. Gent., IV, 45]» (BUELA, CARLOS M., I.V.E., El Arte del Padre, LPPress [Jerusalén 2015], 180).

 

[6] «Egli provò di essere il Solo che fosse venuto al mondo per morire. La Croce non sopravvenne alla fine della Sua vita: fin dal principio d’ogni cosa era sospesa sopra di Lui» (SHEEN, F. J., Vita di Cristo, Ed. Richter [Nápoles 1963], 118. Trad. de Augusto Do-naudy).

 

[7] RODRÍGUEZ, J. V., San Juan de la Cruz..., 493.

 

[8] Testimonio de María de la Cruz en BMC, 25, 488. Cit. en RODRÍGUEZ, J. V., San Juan de la Cruz..., 493.

Respecto de esta sensibilidad del santo (y de los santos en general) de frente al misterio, hay un texto extraordinario de santa Teresa Benedicta de la Cruz: «Hay signos reconocibles naturalmente que indican que la naturaleza humana, tal como realmente es, se encuentra en un estado de corrupción. Entre ellos está la incapacidad de comprender el estado de las cosas conforme a su verdadero valor interior y de responder. Esta incapacidad puede estar fundamentada en una “estupidez” congénita (entendida literalmente), o en un embotamiento que a lo largo de la vida se ha ido formando; por último, en un embotamiento frente a ciertos estímulos determinados como consecuencia de una rutinaria repetición. Lo que se ha escuchado a menudo, lo que ya resulta conocido “nos deja fríos”. Además, se añade a esto, en muchas ocasiones, un excesivo estar absorbido interiormente por intereses personales, que nos hace inaccesibles a otras cosas. Sentimos nuestra propia insensibilidad interior como inadecuada y sufrimos por ello. De nada nos sirve el que se corresponda a una “ley psicológica”. Por otro lado, nos sentimos felices cuando a través de la experiencia nos convencemos que aún somos capaces de una auténtica y profunda alegría; e incluso un profundo y auténtico dolor nos resulta como una gracia en comparación con la rigidez del no-poder-sentir-nada. La insensibilidad nos resulta especialmente dolorosa en el campo religioso. Muchos creyentes se sienten oprimidos por el hecho de que los acontecimientos de la historia de la salvación nunca (o ya no) les han impresionado como es debido, y no muestran en su vida la fuerza formadora que debían. El ejemplo de los santos les muestra como tendría que ser: donde hay auténtica fe viva, allí la doctrina de la fe y las “grandes Obras” de Dios son contenido de vida, todo lo demás queda postergado y adquiere sentido por ellas. Esto es el “realismo del santo”: la receptividad interior original del alma renacida en el Espíritu Santo; lo que en ella entra, lo acoge en la forma adecuada y en la correspondiente profundidad; y encuentra en ello –no impedida por ningún falso entumecimiento ni entorpecimiento– la fuerza viva, móvil y dispuesta a ser formada, y que se deja dirigir y moldear fácil y alegre por lo recibido. Cuando la fuerza de un alma santa acoge de esta manera las verdades de la fe, entonces ella llega a la “ciencia de los santos”. Cuando el misterio de la cruz se convierte en su “forma interior”, entonces alcanza la “ciencia de la cruz”» (STEIN, EDITH, Ciencia de la Cruz, Monte Carmelo [Burgos 20115], 48-49).

 

[9] MARÍA-EUGENIO DEL NIÑO JESÚS, Juan de la Cruz. Presencia de luz, EDE (Madrid 2003), 314. Trad. de Juan Montero.

 

[10] M.-EUGENIO DEL NIÑO JESÚS, Juan de la Cruz..., 313.

 

[11] RODRÍGUEZ, J. V., San Juan de la Cruz..., 389.

 

[12] Testimonio de Juan de Santa Eufemia en BMC, 14, 25. Cit. en RODRÍGUEZ, J. V., San Juan de la Cruz..., 390.

 

[13] Testimonio de Agustín de San José en BMC, 23, 79-80. Cit. en RODRÍGUEZ, J. V., San Juan de la Cruz..., 463.

 

[14] Testimonio de Luis de San Ángel en BMC, 23, 492. Cit. en RODRÍGUEZ, J. V., San Juan de la Cruz..., 468.

 

[15] Testimonio de Lucas de San José en BMC, 14, 282. Cit. en RODRÍGUEZ, J. V., San Juan de la Cruz..., 625.

 

16 ALONSO DE LA MADRE DE DIOS, Vida, virtudes y milagros del santo Padre Fray Juan de la Cruz, EDE (Madrid 1989), 402. La edición es moderna (del P. Fortunato Antolín) pero el texto es de 1625; su autor era entonces el postulador de la Causa de canonización de san Juan de la Cruz, a quien conoció personalmente en Segovia.

 

17 RODRÍGUEZ, J. V., San Juan de la Cruz..., 480.

 

18 JERÓNIMO DE SAN JOSÉ, Historia del Venerable Padre Fr. Juan de la Cruz, primer descalzo carmelita, por Diego Díaz de la Carrera (Madrid 1641), 428 (IV, 11, 2). Existe una edición moderna, de 1993.

 

19 M.-EUGENIO DEL NIÑO JESÚS, Juan de la Cruz..., 319-320.

 

20 SEPICH, JUAN R., San Juan de la Cruz. Místico y poeta, s/sello (Buenos Aires 1942), 130. Hace algunos años glosé esta copla en tres décimas octosílabas, a las que di el título de Oración ante el Niño Dios. Podría ser un buen anexo poético para estas líneas.

 

21 Quepan de ejemplo la vez en que aceptó, contrariamente a su costumbre unas cajas de conserva, a fin de regocijar «a los frailes en las fiestas navideñas» (BMC 23, 363); y aquella otra vez en que la Madre del Convento de carmelitas de Granada le preguntó si podrían retrasar las Completas por no obligar en Navidad tanto el silencio, y él le respondió sonriéndose, «que, así como así, habían de hablar por ser el tiempo que era y se habían de regocijar, que fuesen las Completas temprano o tarde» (BMC 25, 494).

 

22 «... especialmente el siervo de Dios se enterneció, y encendió de manera, que prorrumpiendo en afectuosos sentimientos, decía mil regalos, y lindezas a la Virgen, y a su esposo, y levantaba pensamientos, y consideraciones del cielo sobre su pobreza, y desamparo» (JERÓNIMO, Historia del Venerable Padre..., 427-428 [IV, 11, 2]).

 

23 STEIN, E., Ciencia de la Cruz, 85.

 

24 M.-EUGENIO DEL NIÑO JESÚS, Juan de la Cruz..., 315-318. Las citas de este autor que siguen son de estas páginas.

 

25 Jesucristo en sus misterios, Edibesa (Santa María de los Buenos Aires 2000), 17.

 

26 Así lo llama E. STEIN (Ciencia de la Cruz, 49). Hace referencia al texto que puse en la nota 8.

 

27 M.-EUGENIO DEL NIÑO JESÚS, Juan de la Cruz..., 321.

 

28 Esta tradicional expresión del misterio del anonadamiento del Verbo la proclamamos en la primera antífona del año natural, la de las I Vísperas de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios: «¡Qué admirable intercambio!».

 

29 «Homilía 1 sobre la Natividad del Señor», n. 2. En SAN LEÓN MAGNO, Homilías sobre el año litúrgico, BAC (Madrid 2014), 30-31.

 

30 «¿Qué colgaba de Él en la cruz sino aquello que recibió de nosotros?» (SAN AGUSTÍN, Enarraciones sobre los salmos, 140, 5. En Obras completas de san Agustín, t. XXII, BAC [Madrid 1967], 640).

 

31 Obras completas del p. Alfonso Torres, S. I., t. VIII: «Los caminos del espíritu», BAC (Madrid 1972), 411.

 

32 Así nos lo remarca el P. GUSTAVO NIETO, Superior general del Instituto, en su «Carta circular con motivo de las celebraciones de Adviento y Navidad de 2016» (5/2016), del pasado 27 de noviembre, en pág. 3.

 

33 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Comentario a la carta a los filipenses [S. Ep. Pauli ad Philipp. Lect.], n. 57; Ed. del Verbo Encarnado (San Rafael 2008), 129. Allí puede verse también el texto latino.

 

34 EE, 107.

 

35 En San Juan de la Cruz. Obras completas, Monte Carmelo (Burgos 2007-2ª reimpr.), 64-74.

 

36 Monte de perfección – transcripción [Obras, 136-139].

 

37 Cántico espiritual – segunda redacción, canción 37, 4 (CB 37, 4) [Obras, 918].

 

38 «Carta circular...», 4-5.

 

39 Subida al Monte Carmelo, libro II, capítulo 7, 8-11 (2S 7, 8-11) [Obras, 251-253].

Refiriendo a este pasaje, así glosa santa Teresa Benedicta de la Cruz: «La fe le presenta [al alma] a Cristo ante sus ojos: el pobre, humillado, crucificado, incluso abandonado en la cruz por el Dios-Padre. En su pobreza y abandono se encuentra a sí misma. Sequedad, náusea y aflicción son la “pura cruz espiritual” que se le ofrece. Si la acepta, experimenta que es un yugo suave y una carga ligera. Le sirve como bastón que le conduce rápidamente a lo alto del monte. Si reconoce que, en la más extrema humillación y anonadamiento en la cruz Cristo realizó la obra más grande, la reconciliación y la unión de la humanidad con Dios, entonces se despierta en ella la comprensión de que el ser anonadada, la “viva muerte de cruz sensitiva y espiritual”, la conduce a la unión con Dios. Así como Jesús en su abandono en la muerte se entregó en las manos del Dios invisible e incomprensible, así ella tiene que entrar en la oscuridad de la media noche de la fe, que es el único camino hacia el Dios incomprensible» (STEIN, E., Ciencia de la Cruz, 170-171).

 

40 Así, por ejemplo, A. ROYO MARÍN, en Los grandes maestros de la vida espiritual, BAC (Madrid 1973), 349.

 

41 1 S 4, 3-4 [Obras, 171-172].

 

42 Monte de perfección – transcripción [Obras, 138].

 

43 Avisos espirituales, 94 [Obras, 104].

 

44 P. NIETO, G., «Carta circular...», 3.

 

45 STEIN, E., Ciencia de la Cruz, 172.

 

46 Obras completas del p. Alfonso Torres, S. I., VIII, 415.

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