Las religiosas contemplativas de clausura del Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará participamos en la misión apostólica de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado con nuestra vida de oración, silencio, trabajo y penitencia. 
Como lo expresa nuestra Regla Monástica, “toda contemplativa se ofrece a Dios para que por ella todos los miembros de la Iglesia crezcan en santidad”.
 
Consagramos nuestras  vidas a contemplar y a vivir el misterio del Verbo Encarnado, impregnando toda nuestra jornada de la actitud orante propia de los hijos de Dios.
 
La oración litúrgica, enriquecida con la rica tradición del canto gregoriano y la oración privada se aúnan para ofrecer a Dios el verdadero sacrificio de alabanza, el de los adoradores en espíritu y verdad. La celebración del Oficio Divino cantado y la participación diaria en la Santa Eucaristía son el alma, la fuente la cumbre de toda nuestra vida.
 
Desde los inicios, nuestra vida monástica ha llevado en armonía este espíritu de oración a todas las actividades propias de nuestra jornada, en el trabajo ya sea intelectual como material, pues la experiencia de los santos nos enseña que cuando estos dos medios –la oración y el trabajo– han sido más florecientes, es cuando se han producido los frutos más copiosos de santidad.
 
 
En el silencio y la soledad de nuestra vida, en el Coro y en la celda, en medio de nuestros  trabajos, ponemos en el Corazón abierto del Sagrado Corazón, las necesidades espirituales, físicas y materiales de todas las personas e intenciones que se nos confían. Y tenemos mucha confianza en ser escuchadas porque está la dulcísima promesa del Salvador, que donde están dos o tres reunidos en Su nombre –es decir, cumpliendo de corazón Su voluntad– allí está Él, que nos acoge.
 
Nuestro monasterio tiene además una gran misión que le ha sido confiada por la mano amorosa de Dios Padre: rezar, sacrificarse, para que todos los pueblos de Europa, y todas las almas de esta querida tierra, redescubran sus raíces cristianas y vivan según el Evangelio.
 
La intensa vida de fraternidad propia de nuestra Familia religiosa, favorece el que cada hermana encuentre en las demás la necesaria ayuda para entregarse íntegramente a Dios: “ésta es la más alta vocación del hombre: entrar en comunión con Dios y con otros hombres, sus hermanos” (Vida Fraterna en Común, 9).
Haciendo todo por María, con María, en María y para María, queremos prolongar la presencia de Aquella que acogió y dio a luz al Salvador del mundo, seguras de que por María, Madre del Verbo Encarnado, debemos ir a Él, y que Ella ha de formar grandes santos. (Cf. Constituciones [84]).