La vida consagrada consiste…

En la imitación y el seguimiento de Cristo virgen, pobre y obediente, en la búsqueda de la caridad perfecta. Esta configuración con Cristo adquiere su tinte peculiar en conformidad con el propio carisma y, por tanto, testimoniando alguno de los aspectos del misterio de Cristo.

 

 

Esto significa para nosotros, que en el seguimiento y la imitación de Cristo en la práctica de los consejos evangélicos, debemos esforzarnos en vivir con plenitud el radicalismo del anonadamiento de Cristo y de su condición de siervo, y de este modo “transfigurar” el mundo. Pues “el centro de nuestra vida debe ser Jesucristo”[1] y si bien “todo cristiano debería pasar por la tierra a imitación del Dios encarnado, con mucha mayor razón debemos vivir nosotros esta realidad como religiosos de la familia del ‘Verbo encarnado’”[2]. De modo particular esto se manifiesta en nuestra devoción al misterio de la Encarnación y de la Pasión.

 

Nuestro modo peculiar de imitar al Dios encarnado se ilumina a partir del misterio de la transfiguración. Como decía San Juan Pablo II en la exhortación Vita consecrata, “la Transfiguración no es sólo revelación de la gloria de Cristo, sino también preparación para afrontar la cruz. Ella implica un ‘subir al monte’ y un ‘bajar del monte’: los discípulos que han gozado de la intimidad del Maestro... vuelven de repente a la realidad cotidiana, donde no ven más que a ‘Jesús solo’ en la humildad de la naturaleza humana, y son invitados a descender para vivir con Él las exigencias del designio de Dios y emprender con valor el camino de la cruz”[3]. Es decir, el misterio de la transfiguración –que nos recuerda nuestro fin específico de evangelizar la cultura– ilumina nuestra actitud espiritual ante el misterio del Dios hecho hombre.

 

En primer lugar, ilumina nuestra actitud ante el misterio de la divinidad de Jesús, de vivir a fondo las virtudes de la trascendencia, y la urgencia de la oración y de la adoración incesantes. Con la viva conciencia de que la expresión del puro amor vale más que cualquier obra. Por eso nos parece imprescindible tener gran fidelidad a la oración litúrgica y personal, a los tiempos dedicados a la oración mental y a la contemplación, a la adoración eucarística. La asidua y prolongada adoración de la Eucaristía nos permite revivir la experiencia de Pedro en la Transfiguración: Bueno es estarnos aquí.

 

En segundo lugar, ilumina nuestra actitud ante la humanidad de Jesús, nos enseña a practicar con intensidad las virtudes del anonadamiento: humildad, justicia, sacrificio, pobreza, dolor, obediencia, amor misericordioso..., en una palabra tomar la cruz. Esta actitud deja su impronta, de modo particular, en el modo de practicar los votos de pobreza y obediencia en el marco de la redención y del amor redentor de Cristo. Es decir, en el marco del anonadamiento de Cristo en su encarnación redentora: “Su fidelidad al único Amor (de la persona consagrada) se manifiesta y se fortalece en la humildad de una vida oculta, en la aceptación de los sufrimientos para completar lo que en la propia carne falta a las tribulaciones de Cristo (Col 1, 24), en el sacrificio silencioso, en el abandono a la santa voluntad de Dios, en la serena fidelidad incluso ante el declive de las fuerzas y del propio ascendiente. De la fidelidad a Dios nace también la entrega al prójimo”.

 

La imitación del anonadamiento de Cristo informado por su amor redentor, tiende a configurar también nuestro modo de vivir la vida fraterna en común y nuestro apostolado: en el servicio humilde y la entrega generosa, en la donación gratuita de sí mismo mediante un amor hasta el extremo.En la lógica de nuestra devoción a Jesucristo en el misterio de la encarnación y de su segundo anonadamiento en la Pasión, se fundamenta nuestro amor por la Misa que prolonga la Encarnación bajo las especies de pan y de vino y hace presente sacramentalmente el sacrificio de la cruz. Y también se fundamenta nuestra devoción a la Virgen, que mediante su fiat revistió de carne y sangre al Verbo eterno de Dios.

 

Al comenzar un nuevo Año, pidamos a María Santísima que nos conceda la gracia de profundizar en nuestra consagración religiosa, para que demos un testimonio convincente del amor de Dios.

 

¡Que Ella los bendiga a todos y escuche vuestras intenciones!

 

 

[1] Nuestras Constituciones, 12.

[2] Nuestro Directorio de Espiritualidad, 29.

[3] Vita Consecrata, 14

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