Rezamos por los sacerdotes

Hace unos meses tuvimos una visita del todo especial. Uno de los neo-sacerdotes de la Arquidiócesis, nos celebró la Santa Misa y luego pudimos compartir con él un rato de amena conversación, dejando algunas intenciones de su próximo ministerio sacerdotal para que rezásemos por ellas. Es parte de nuestro apostolado específico y cualificado, la oración silenciosa y constante por los sacerdotes.

 

            Así dice nuestra Regla monástica: nuestras contemplativas consagrarán sus vidas, de manera particular, en orden a la santificación de los sacerdotes y vocaciones sacerdotales de nuestra familia religiosa y de toda la Iglesia, ya que como dice Juan XXIII: “…vosotras ofrecéis al ministerio sacerdotal y a toda la jerarquía una ayuda generosa y olvidada de sí misma, sobre todo por medio de la oración” [1] (Regla monástica, 135)

 

Compartimos el sermón que nos predicó el Padre José, donde resplandece la frescura y la alegría de haber sido llamados por Dios para estar con él y para cooperar en la salvación de los hombres.

 

 

“Vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo”. ¿Qué vio Jesús en Mateo? ¿Vemos a los demás con los mismos ojos con los que los ve el Señor? El nombre de Mateo significa Don de Dios. Jesús vio en él lo que realmente es. Porque cada uno es literalmente un don de Dios para los demás.

 

Jesús sabe ver en lo profundo de nuestro ser, sabe ver la verdad para la que hemos sido creados y a la que estamos llamados. Somos un don de Dios.

 

Jesús no ve sólo a un publicano, a un cobrador de impuestos sentado en su mostrador. Claro que Mateo lo era. Pero eso no le impide a Jesús ver quién es realmente Mateo, es decir, quién quiere Dios que sea Mateo. Saber ver como Jesús es algo a lo que debemos intentar acostumbrar nuestros ojos. No ver sólo lo que se muestra. Ver el plan de Dios para cada persona.

 

Pero Jesús no se queda sólo en el ver, en la mirada. El Señor le dirige la palabra. Sólo una palabra, pero qué palabra. “Sígueme”. ¡Qué fuerza tiene esa palabra! ¡Qué autoridad la de Jesús! Porque no le da más explicaciones. No le da argumentos ni razones para que le siga. Sólo “sígueme”. Y es que el Señor no nos va dando explicaciones, porque él es el Señor. En su seguimiento no podemos incluir condiciones de ningún tipo.

 

Seguirle significa fiarse absolutamente de él. El seguimiento de Cristo no es un contrato en el que quedan delimitadas las obligaciones de cada parte, en la que se ponen las condiciones de lo que se debe hacer. No es un contrato en el que hay que leer la letra pequeña para que no nos engañen. Sólo hay una palabra: “Sígueme”. Una palabra que implica toda la vida. Porque cuando el Señor nos dice “sígueme”, y los que estamos aquí se lo hemos oído decir, entendemos perfectamente que lo que nos pide es todo. Su llamada es a la totalidad, no es una llamada temporal, a seguirle a tiempo parcial mientras hacemos otras cosas.



[1] Juan XXIII, Discurso a las religiosas de Roma, 29/01/1960.

Ordenación sacerdotal del IVE en USA
Ordenación sacerdotal del IVE en USA
Exposición del Santísimo en el Monasterio del Pueyo, IVE, España
Exposición del Santísimo en el Monasterio del Pueyo, IVE, España

 

“Sígueme” es para toda la vida, todo nuestro tiempo, todo lo que somos. Es una llamada a la totalidad. Ahí no hay ambigüedades. Seguir al Señor y punto. Con una confianza plena en él, sin poner condiciones.

 

¿Puede alguien pedir tanto? ¿Puede alguien en este mundo exigir un seguimiento de este tipo? ¿Y además, para toda la vida? ¿Sin seguridades, sin condiciones, sin garantías?

 

Para Mateo sí pudo. Porque vemos que él se levantó y lo siguió. El evangelio nos dice que Jesús vio a Mateo, y vería en él algo más que lo que se veía a simple vista. Pero, ¿qué es lo que vio Mateo en Jesús? ¿Qué vio Mateo, un hombre acomodado, en ese otro hombre que le llamaba a seguirle sin darle explicaciones? ¿Qué sabía Mateo de Jesús? Todo eso lo calla el evangelio que el mismo Mateo escribió. Y si lo calla será porque no es necesario saberlo. Pero es fácil comprender que Mateo vería algo en Jesús.

 

Mateo supo ver también en Jesús más de lo que se veía a simple vista. Porque a simple vista lo que se veía era un maestro itinerante, acompañado por unos discípulos poco instruidos, sin medios ni recursos. Un predicador que no tenía dónde reclinar la cabeza. Pero Mateo supo ver más allá.

 

Supo ver en Jesús al Señor. Y si pudo verlo es porque le habría escuchado ya antes, tal vez incluso le habría visto obrar algún milagro. Mateo ya habría intuido que Jesús era el Señor, y seguramente habría anhelado seguirle. Pero no se habría considerado digno. Él era un publicano, un recaudador de impuestos. ¿Cómo iba Jesús a aceptarle como discípulo? No era digno de seguirle, porque él era un pecador.

 

Tal vez incluso estaba pensando eso mismo cuando estaba sentado al mostrador de los impuestos al ver pasar a Jesús. Por eso el “sígueme” del Señor obtuvo respuesta inmediata. Porque ese “sígueme” también lo había intuido Mateo, aunque no se había atrevido a pedirlo.

 

Ese “sígueme” respondía al anhelo de Mateo. Y es que el Señor sabe ver el plan que Dios tiene previsto para cada persona. El Señor sabe ver el corazón del hombre. Él conoce nuestros anhelos más profundos, incluso aquellos que nosotros mismos ignoramos. Por eso, seguir al Señor en nuestra vida, sea donde sea que nos llama, es aquello para lo que hemos sido creados. Eso es lo que Dios tiene pensado para nosotros. Porque nos ha llamado a que le sigamos, para que estemos con él.

 

¡Qué sorpresa se llevaría Mateo al escuchar ese “sígueme”! ¡Y qué alegría! No nos cuesta mucho entenderlo, porque alguna vez le hemos oído al Señor decírnoslo. El descubrimiento personal de la vocación a la que nos llama el Señor siempre es un momento único en nuestra vida, que recordaremos siempre. Entendemos fácilmente esa alegría de Mateo. Esa alegría que le hace brincar del mostrador de los impuestos y dejarlo todo sin preocuparse. Esa alegría que tiene su origen en el Señor. Esa alegría a la que somos llamados. Esa alegría que produce el seguimiento de Cristo.

 

Ojalá siempre conservemos esa alegría que viene del Señor, esa alegría profunda que nace de estar con él, de seguirle con una confianza plena, fiándonos absolutamente de él, sin pedirle explicaciones, ni garantías, ni ponerle condiciones. Sabiendo que el camino del cristiano es el camino de Cristo, y que la cruz está muy presente, pero viviendo la alegría de la resurrección en el seguimiento del Señor. Ojalá siempre respondamos igual que hizo Mateo. Que así sea”.

 

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