mié

27

jul

2016

Vocación y práctica de la vida religiosa según la doctrina y ejemplo de San Juan de la Cruz

III. El Magisterio espiritual de la Reforma (2)

 

Fue un verdadero padre, que «gobernaba con toda su persona, viviendo de lleno lo que componía su vocación»1, y por eso fue también un verdadero maestro. Dijimos que el tema pleno de sus obras escritas es la vida religiosa, porque este era el tema pleno de toda su vida. Los destinatarios de sus obras eran los religiosos, porque eran su máxima preocupación. Los ejemplos en su obra se aplican a religiosos (apego a libros, celdas, modos de devoción y penitencias, tipos de amistades, etc.2) y se destaca que son ellos los que están puestos en este camino, por su propio género de vida y la obligación de su estado de perfección. La génesis de sus escritos delata lo mismo, pues se originaron en la instrucción religiosa que hacía a carmelitas frailes y monjas. Hasta el Dibujo del Monte fue hecho con este fin.

Naturalmente su adoctrinamiento oral no ha quedado del todo registrado, aunque sí hay testimonios de haber sido siempre el mismo, conciso, espiritualmente recio, y completo desde el inicio3: fundado en el desasimiento de todo lo que no es Dios con el único objeto de unirnos a Él. Este es también el eje y mensaje único de todas sus obras escritas, que nacían de esas explicaciones y canciones orales: la unión, el matrimonio con Dios, por medio de las nadas. No otro es el compromiso irrecusable del carmelita, y de todo religioso, en definitiva: dejarse redimir hasta el más profundo centro del alma, dejarse desposar. Este era su magisterio cotidiano, con el que formó el espíritu de la Descalcez, un magisterio vivo, siempre haciéndose desde el mismo punto de partida y con el mismo punto de arribo, digamos que profundizándose y casi accidentalmente detenido en un papel.

Para explicar la esencia de ese magisterio sanjuanista podemos recaer en el ya citado opúsculo titulado Avisos a un religioso, que contiene una visión general del santo sobre el estado religioso, y un muy filoso concepto de la perfección a que debe levantarse quien lo profesa. «Cualquiera de sus cuatro Avisos contiene virtualmente toda su doctrina» dicen Efrén-Steggink4. En ellos está concentrada la sustancia de la respuesta que ha de dar el religioso a Dios que lo llama y que le depara todo un modo de vida en el cual santificarse, según el ejemplo y manera de Jesucristo. Son implicancias de la vocación, o avisos de fidelidad, a ejercitar «con grandísimo cuidado» (n. 1)5.

 

El primero es resignación (2), o «santa indiferencia», como le llama el p. J. V. Rodríguez6. Propiamente es indiferencia santa respecto de lo que sucede por la libertad de los demás miembros de la propia Religión, o el propio Convento, al punto de estar «como si otra persona en él no viviese». En la segunda y tercera de las Cautelas contra el mundo, cuyo tema general es el desasimiento, recoge la misma argumentación, y alerta: «jamás te escandalices ni maravilles de cosas que veas ni entiendas, procurando tú guardar tu alma en el olvido de todo aquello»7. La resignación consiste fundamentalmente en la actitud interior de no juzgar a la comunidad ni a religioso en particular, si no se tiene el oficio para ello; y no proferir el propio juicio «ni con color de celo ni de remedio, sino a quien de derecho conviene, decirlo a su tiempo»8. Su fruto es «el sosiego y quietud del alma, con mucho aprovechamiento delante de Dios y de los hombres» (2), y la prevención de muchas caídas. El silencio interior (y también exterior) sirve como termómetro de la práctica de este consejo.

 

El segundo de los Avisos ya se comentó arriba, y es el que hace referencia a la mortificación propia de la vida consagrada que es el dejarse labrar por Dios y sus oficiales, que en definitiva son todas aquellas cosas que nos mortifican, y que están permitidas y en cierto sentido queridas por Dios para nuestra penitencia interior, que es la más valiosa. Se manifiesta en la serenidad y alegría («quietud interior y gozo en el Espíritu Santo») con que se vive toda situación en cada día. «Por no entender muchos religiosos que vinieron a esto, sufren mal a los otros; los cuales al tiempo de la cuenta se hallarán muy confusos y burlados» (4).

 

El tercero de los Avisos es ejercicio de virtudes, que consiste en la perseverancia y fidelidad en cada una de las acciones del consagrado, sin poner «ojos en el gusto o disgusto que se le ofrece en la obra para hacerla o dejarla de hacer, sino la razón que hay de hacerla por Dios» (5). Procede de la conciencia que se tiene de haber inmolado la propiedad de todas sus obras en el acto de profesar y en este sentido abre a la posibilidad de una inmolación siempre mayor, no sólo aceptando sino queriendo «más a lo dificultoso que a lo fácil, a lo áspero que a lo suave, y a lo penoso de la obra y desabrido que a lo sabroso y gustosos de ella, y no andar escogiendo lo que es menos cruz, pues es carga liviana (Mt 11, 30); y cuanto más carga, más leve es, llevada por Dios» (6)9.

 

En cuarto lugar señala el santo la obligación de la soledad que nace en el desasimiento total «de las cosas de allá fuera, pues Dios te ha ya sacado y descuidado de ellas» (8), y en el olvido de todo lo que no sea Dios mismo, porque es Dios quien se ha elegido y separado al religioso para sí, para que sus obras las haga no para ser visto sino por Él «y se las ha de pedir todas el día de su cuenta» (8). La continuidad y el progreso en la oración son la muestra del camino de la soledad, que siempre es necesaria a quien quiera vacar en Dios, aun en medio de muchas ocupaciones que le imponga la obediencia (9), en todas las cuales no buscará «saber cosa, sino sólo cómo servirá más a Dios y guardará mejor las cosas de su Instituto» (9). La primera acepción de «guardar» es «tener cuidado de algo o de alguien, vigilarlo y defenderlo».

Juan de la Cruz sabía que guardaba a su Instituto con estos consejos y con la doctrina que en él vivía y en ellos enseñaba, porque más hace por su propia casa quien se santifica en obediencia que quien quiere encaramarla con el ejercicio de sus dones por propia voluntad y por propio bien. A éste tal mejor le era no «venir a la Religión, sino estarse en el mundo buscando su consuelo, honra y crédito y sus anchuras»10.

 

 

 

Procesión del Corpus Christi – monjes del Pueyo – Barbastro (España)

1Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 564.

2 Se puede cf. especialmente 1S 11.

3 Cf.Crisógono, «Vida», 217-219.

4Tiempo y vida..., 642.

5 El texto en Obras, 127-131. Cierto que mejor que cualquier glosa sería la transcripción directa de la letra sanjuanista, inmejorable de todo punto de vista. Pero por estar tan a mano, me atengo a unas notas y extractos, para incitar a la lectura y meditación completa de cada uno.

6Cien fichas..., 172.

7Cautelas, 8 [Obras, 121].

8Cautelas, 8 [Obras, 121].

9 Añade Eulogio Pacho en nota a este párrafo (Obras, 130): «Síntesis de lo que dice el santo en el Montecillo de perfección, en el cap. 13 del lib. 1º de la Subida y en los nn. 16-17 de las Cautelas».

10 Avisos, 3 [Obras, 129].
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