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26

sep

2016

IV. El ejercicio de la cruz (1)

Entresacando de diversos elementos ya señalados podemos decir que para san Juan de la Cruz la vida espiritual de cada cristiano consiste en un proceso de unión del alma y Dios. Esta unión la compara el santo a un desposorio, en el cual intiman la Voluntad salvífica de Dios, y específicamente de Jesucristo, y la cooperación del hombre (que aún es don), basada en la renuncia de todo lo que no sea Él. La unión mística es el fin pleno de la redención, y el ejercicio de la cruz el medio privilegiado en el cual y por el cual el matrimonio transformante se realiza.

La vida religiosa, en la mente del santo, no se diferencia de este camino, pero constituye el modo limpio de transitarlo, por la renuncia incluso práctica («actual» en vocabulario ignaciano) de los obstáculos para ella; y el modo privilegiado, por lo total del compromiso que se adquiere sobre todo en relación con la persona de Cristo, el gran actuante de la redención que es unión personal por medio de la cruz[1]Si redimir es desposar, profesar la vida religiosa es dar a la redención una plenitud dentro de las dimensiones del misterio de Cristo, que, en su realidad eclesial es un misterio nupcial» [2]. De aquí que se le llame, como en promesa, «estado de perfección, que consiste en perfecto amor de Dios y desprecio de sí»[3].

 

El religioso tiende irrecusablemente a este estado de ser perfecto y por esto debe afrontar las noches activas y pasivas como momentos propios de su vida consagrada. En este sentido la cruz, y el ejemplo de Cristo puesto en ella, resumen la doctrina de los Avisos: en cada uno de ellos se contiene potencialmente «todo» Juan de la Cruz, porque en todos ellos se contiene la cruz, y la cruz es el Aviso, por excelencia, de la enseñanza sanjuanista. La vida religiosa es para él un ejercicio in voto de la cruz, como la Encarnación lo fue para Jesucristo (cf. Heb 10, 7-9). Que sea un medio de unión querido por Dios (se entiende así la expresión vocación) pone a la vida religiosa en contacto íntimo con la práctica purificadora de las virtudes teologales. Y el hecho de ser un ejercicio de crucifixión le ubica en ambiente de combate sobrenatural, contra los tres enemigos del alma, que quieren atarla y quitarle su propósito unitivo; en el documento titulado Cautelas refiere el santo tres advertencias contra estos tres enemigos: al mundo opone el desasimiento de la pobreza, al demonio el sacrificio de la obediencia y a la carne la mortificación de sí y de su sensualidad[4]. José Vicente Rodríguez esquematiza de esta manera: «El cumplimiento de los votos y de todas las demás obligaciones a través y en función de las virtudes teologales hace de la vida religiosa el camino más expedito, derecho y breve que lleva a la cima de la perfección, unión, comunicación, comunión con Dios, y hace posible la victoria sobre todos los enemigos. Las relaciones son éstas: fe-obediencia-demonio; esperanza-pobreza-mundo; caridad-castidad-carne»[5].

Para Juan de la Cruz las virtudes teologales son oscuras y en su oscuridad purifican las potencias, matándolas en su obrar natural. Dios las usa a este fin, para purgar en la noche al alma, después de que, en cierta manera, «ella misma se aniquile y deshaga, según está ennaturalizada»[6], hasta en su mismo centro, «dejando a oscuras el entendimiento, y la voluntad a secas, y vacía la memoria, y las afecciones del alma en suma aflicción, amargura y aprieto, privándola del sentido y gusto que antes sentía» y así «se introduzca y una en él la forma espiritual del espíritu, que es la unión de amor»[7]. La fe, la esperanza y la caridad son camino de unión, pero lo son en la medida en que se viven a oscuras, que es decir crucificadamente, en «pobreza, desamparo y desarrimo de todas las aprensiones de mi alma, esto es, en oscuridad de mi entendimiento y aprieto de mi voluntad, en afición y angustia acerca de la memoria, dejándome a oscuras en pura fe»[8].

Siendo la vida religiosa una práctica cualificada de la vida teologal, se comprende que en ella se deba vivir de un modo especial la crucifixión que allí se implica.

Al comentar la canción del Cántico que dice:

 

«Buscando mis amores,

iré por esos montes y riberas;

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras»[9];

 

explica el santo que Dios se da a quien lo busca esforzadamente y «por la obra, por no se quedar sin hallarle, como muchos que no querrían que le costase Dios más que hablar, y aun eso mal; y por Él no quieren hacer casi cosa que les cueste algo» [10]. E incluye como parte fundamental de esa «obra» que ha de hacerse en la búsqueda de Dios, el enfrentamiento contra fieras, fuertes y fronteras, que son imágenes de los enemigos del alma, y están ahí «haciéndole amenazas y fieros» para dificultarle el camino[11].

La vida de los votos es para el religioso un elemento de purificación subordinado a la vida teologal, y su arma en el combate espiritual. Por eso su cumplimiento es holocausto y martirio. No solamente porque «mudar costumbre es muerte»[12], sino en un sentido místico, porque la práctica de los votos coloca al religioso en ambiente sobrenatural y le obliga a vivir en la libertad radical del criterio sobrenatural, que es el criterio de la cruz y de la noche como camino de unión.

Hay ejemplos de sobra en la vida de san Juan de la Cruz.

Uno de sus súbditos en el Convento del Calvario relató una anécdota que nos pinta nítidamente todo su sentido de la pobreza. Era su primer priorato y no contaba aun 40 años: «Algunas veces, cuando iban a comer, no habían qué. Una particularmente, entrando la comunidad en refectorio, no había en las mesas pan alguno. Preguntó el padre fray Juan de la Cruz por qué no se ponía pan, y respondiéndole que porque no lo había, mandó que se buscase algún mendrugo de pan, y hallaron uno, y puesto, se bendijeron las mesas, y en lugar de la comida les hizo el padre fray Juan de la Cruz una plática de gran espíritu, animándolos a llevar con hacimiento de gracias aquella pobreza, pues era lo que habíamos venido a buscar para la imitación de Cristo. Y con esto se fueron cada uno a su celda. A eso de las dos llegó a la portería un hombre con una cabalgadura, y dio al hermano fray Brocardo una carta para el padre fray Juan de la Cruz, el cual se la llevó, y en comenzándola a leer el padre, se le comenzaron a caer las lágrimas de los ojos, y preguntándole el hermano qué nuevas le había traído aquella carta, que le causaba aquel sentimiento, respondió: “Lloro, hermano, que nos tiene el Señor por tan ruines que no podemos llevar por mucho tiempo la abstinencia deste día, pues ya nos envía la comida”. Porque en la carta le decían que le enviaban una fanega de pan cocido y otra de harina. El mismo día, a la tarde, vino de Úbeda un esclavo de doña Felipa, madre del padre fray Fernando, con dos cabalgaduras cargadas de bastimento, que lo enviaba esta señora para los religiosos de Calvario»[13].

Siendo confesor de las monjas de la Encarnación en Ávila demostró también una probada castidad, y aquella no fue la única vez. Vivía entonces el santo junto a un compañero en una casita al lado del Convento, y estando un día solo, después de su cena frugal, se presentó a él «una doncella de buen parecer y bien nacida y en la opinión común virtuosa» que tenía su casa vecina a la de los frailes: «saltó la tapia y se le puso delante, estando él bien descuidado de tal suceso. Comenzó con palabras también modestas a quejarse de la violencia de su afición, pues la había traído a aquel estado de saltar paredes para procurar o su deshonra o su muerte; porque estaba tan resuelta a no salir de allí sino deshonrada, o para echarse con desesperación en un pozo, y por camino de piedad trabajaba por moverle al pecado. Fue terrible batería ésta, a no estar tan defendido de virtudes y de auxilios divinos; porque la hora, el lugar, el buen parecer de la mujer, la buena fama que tenía, con que se aseguraba el secreto, la modestia con que representaba su pasión y la desesperación que mostraba si no hallaba satisfacción de ella, y otras buenas cualidades que tenía, estaba todo junto haciendo en favor de su tentación contra la pureza del combatido»[14]. Pero con el socorro de la gracia evitó caer y liberó también de tentación a aquella alma, que acabó diciendo luego: «Ningún tiro es bastante, según Dios tiene fuerte esta roca, a batirla»[15].

Señalados estos ejemplos como muestras, debemos decir con toda seguridad que es en el campo de la obediencia donde dio Juan cuenta del concepto decidido que tenía del ser religioso. Para él obedecer es cruz, pero cruz meritoria como ninguna, y cruz particular e irremplazable del estado abrazado en profesión.

En el pasaje del Cántico que se refirió recién, señala Juan de la Cruz que a los demonios se los llama allí fuertes por la grande fuerza que emplean contra el alma «y porque también sus tentaciones y astucias son más fuertes y duras de vencer y más dificultosas de entender que las del mundo y carne», y da como remedios, aludiendo citas de la Escritura, la oración y la cruz, en la cual está la humildad y mortificación, porque «el alma que hubiere de vencer su fortaleza no podrá sin oración, ni sus engaños podrá entender sin mortificación y sin humildad»[16]. En las Cautelas profundiza la idea al declarar, en una línea claramente ignaciana, que «entre las muchas astucias de que el demonio usa para engañar a los espirituales, la más ordinaria es engañarlos debajo de especie de bien y no debajo de especie de mal; porque sabe que el mal conocido apenas lo tomarán»[17]. Este opúsculo está dirigido directamente a los religiosos y por eso apunta tentaciones más sutiles, pero cuyo engaño no se resuelve sino con las mismas armas: mortificación y humildad, que en el caso particular del consagrado se traducen en obediencia (santo Tomás dice que la obediencia es el «modo de la humillación y el signo de la humildad» [18]), y de hecho a la obediencia refieren las advertencias contra el demonio: «siempre te has de recelar de lo que parece bueno, mayormente cuando no interviene obediencia [...] jamás, fuera de lo que de orden estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad, ahora para ti, ahora para otro cualquiera de dentro y fuera de casa, sin orden de obediencia [...] pues Dios más quiere obediencia que sacrificios (1Re 15, 22), y las acciones del religiosos no son suyas, sino de la obediencia, y si las sacare de ellas se las pedirán como perdidas» [19].

 

 



[1] «... los consagrados confiesan que Jesús es el Modelo en el que cada virtud alcanza la perfección. En efecto, su forma de vida casta, pobre y obediente, aparece como el modo más radical de vivir el evangelio en esta tierra, un modo –se puede decir– divino, porque es abrazado por Él, Hombre-Dios, como expresión de su relación de Hijo Unigénito con el Padre y con el Espíritu Santo. Este es el motivo por el que en la tradición cristiana se ha hablado siempre de la excelencia objetiva de la vida consagrada» (San Juan Pablo II, Exh. ap. Vita consecrata, 18); «... la profesión de los consejos evangélicos está íntimamente relacionada con el misterio de Cristo, teniendo el cometido de hacer de algún modo presente la forma de vida que Él eligió, señalándola como valor absoluto y esjatológico» (29).

[2]Rodríguez, J., Cien fichas..., 302.

[3] 2N 18, 4 [Obras, 659].

[4]Obras, 119-126.

[5]Rodríguez, J., Cien fichas..., 303.

[6] 2N 6, 5-6 [Obras, 607].

[7] 2N 3, 3 [Obras, 597].

[8] 2N 4, 1 [Obras, 598].

[9]CB 3 [Obras, 722].

[10] CB 3, 2 [Obras, 723].

[11] Cf. CB 3, 6-10 [Obras, 726-728].

[12]S. Teresa, Carta a Dº. Luisa de la Cerda, 7 de noviembre de 1571. En S. Teresa, Obras completas, 700.

[13] Declaración del propio fray Brocardo en el documento titulado Fragmentos historiales para la vida de nuestro santo padre fray Juan de la Cruz (Manuscrito 8.568 de la Biblioteca Nacional de Madrid, f. 310).

[14]José de Jesús María, Historia de la vida y virtudes..., l. I, c. 54.

[15]Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 186.

[16] CB 3, 9 [Obras, 727-728].

[17]Cautelas, 10 [Obras, 122-123].

[18]S. Tomás de Aquino, Comentario a la Carta a los filipenses, c. 2, l. II, 65, Ediciones del Verbo Encarnado (San Rafael 2008), 137.

[19]Cautelas, 10-11 [Obras, 123].

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