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02

nov

2016

Una Madre              Misericordiosa

 P. Gustavo Lombardo, IVE3 mayo, 2016Familia ReligiosaVida religiosaVocación

Afirma el Doctor Angélico:

“Debemos obedecer sin vacilar un momento y sin resistir por ningún motivo, las voces interiores con que el Espíritu Santo mueve al alma”[1].

De ahí que “nuestro” Marcelo Morsella pueda haber dicho: “en el Cielo se nos mostrarán todas las infidelidades a la gracia y vamos a temblar”.

Hace exactamente 35 años, es decir, un 3 de mayo del año 1981, un sacerdote, párroco en Buenos Aires, recibió una de esas voces interiores, con la particularidad de que por medio de ella el Espíritu Santo no estaba moviendo sólo su alma, sino muchas otras más, ya que se trataba del carisma fundacional de nuestra Familia Religiosa. Dirá el Catecismo:

“Los carismas son gracias del Espíritu Santo… que están ordenadas a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo”. (n. 799)

 

Gracias a la fidelidad del P. Carlos Miguel Buela, susceptor primus –el primer receptor– del carisma, muchos otros hemos recibido innumerables Gracias de lo alto, y, como diría el Quijote: “de gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben”. Es por esto que, una vez más, hago público mi agradecimiento a Dios, al P. Buela y a tantos y tantas (sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos) que forman parte de “mi familia grande”, como la llamara a la Congregación el P. David Ramírez en la acción de gracias de su primera Misa, un par de días atrás.

También podríamos llamar a la Congregación “Iglesia chica”, ya que no pocas son sus semejanzas con nuestra Madre la Iglesia, sobre todo la que hace referencia justamente a su maternidad. Y así como una vez concebido en su seno, la madre le da a su hijo todo, así también, una vez que Dios infundió en nuestros corazones el germen de la vocación, fue nuestra querida Congregación del Verbo Encanado la que nos prodigó todo lo necesario para que podamos llevarla adelante y ser lo que hoy somos: religiosos, sacerdotes, misioneros, contemplativos… cada uno donde Dios nos ha querido, allí donde debemos permanecer, según aquel mantente en tu puesto (Eclo 11, 22). Y en no pocos casos –yo diría en la gran mayoría–, ese germen vocacional no surgió sino al contacto con quien es ahora nuestra gran familia.

Hace años, una persona que no sabía en qué congregación ingresar, recibió el consejo que tocara a nuestras puertas porque “tienen misericordia”. Al enterarse el P. Buela dijo que si eso era cierto, era lo mejor que podían decir de nosotros.

Por supuesto que misericordia hay en todas las órdenes religiosas, pero a mí hoy me toca hablar de mi Congregación, y puedo entonces decir, con ya 17 años nutriéndome de su savia, compartiendo sus penas y alegrías, y justamente en este año de la misericordia, que ésta, mi Madre, es una Madre Misericordiosa.

En la Bula del Papa Francisco para este año de la misericordia podemos leer:

“«Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia»[2]. Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios”. (n. 6)

Esta omnipotencia divina se muestra tal porque está contrarrestando y poniendo remedio al mal más grande: el pecado; y, a su vez, porque está “produciendo” el bien mayor: la Gracia. Es en este sentido en que he podido percibir, vivir, entender, y también realizar para otros, el hecho de que la Congre sea una Madre Misericordiosa.

San Alberto Hurtado afirma que el espíritu de San Ignacio era el de “Preferir la Gracia del Señor a todas las cosas”[3]; y creo que de eso se trata, eso se nos han enseñado y, a pesar de nuestras debilidades, eso tratamos de vivir día a día. El criterio que nos rige fue, es y será: la mayor Gloria de Dios (Constituciones 1, 4, 9, 10, 14, etc…) y el bien integral del hombre, que coincide plenamente con la gloria de Dios y que no puede darse sin su Gracia, ya que, como dirá Chesterton:“Quitad lo sobrenatural y sólo quedará lo que no es natural”.

Así lo afirma nuestro Directorio de Espiritualidad:

“Contemplando que el Verbo Encarnado es «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial con el Padre»[4], queremos dejar de lado toda postura de puro humanismo (humanismo sin trascendencia) que termina aniquilando al hombre, y todo falso kenotismo (anonadamiento) que con excusa de ir a lo inferior se vacía de lo superior”. (n 23)

Es ese bien del hombre, que se identifica, por supuesto, con la salvación de su alma y con gloria de Dios[5]; es esa misericordia que viene de lo alto que sana tanto las almas como los corazones; es ese poner siempre por encima el Reino y su justicia, para que todo lo demás venga por añadidura (Mt 6,33)[6]; son todas estas cosas –y cuántas más que se podrían citar–, las que hemos vivido –y vivimos– en primera persona y, a la medida de nuestras fuerzas, tratamos de entregar a los demás.

Es esta primacía de la Gracia, que se traduce en misericordia, la que hace que los 1100 miembros de la rama femenina y los 800 de la rama masculina estén entregando día a día su vida en los más de 35 países de misión alrededor del mundo; países o lugares, muchos de ellos, donde, por su dificultad, no se estaría sino fuese para ser fieles a lo que profesamos de: no ser esquivos a la aventura misionera[7].

Es hasta ver a Cristo formado en las almas que nuestros religiosos sufren, como San Pablo, dolores de parto (Gal 4,19), porque no hay misericordia si no hay compasión. Es esto lo que hace que se atienda a tantísimos enfermos y se ayude a bien morir a quienes están en su última agonía. Por este motivo también se imparten los sacramentos, canales de la misericordia de Dios: el P. Diego Cano, misionero en Tanzania, solo el año pasado dio a luz para Cristo, por el bautismo ¡a 1000 almas![8]. Esto lleva a tener capillas de Adoración Perpetua, a multiplicar (en cientos y cientos) los Sagrarios por todo el mundo, a confesar en toda hora y en todo lugar, a tener hogares de caridad y atender a los pobres, a escribir y editar libros, y a predicar, sabiendo que “una de la formas de caridad, quizás la primera, es no esconder la verdad”. (Juan Pablo II)

Es la caridad, que ante la miseria se vuelve misericordia, la que hace que algunos de nuestros religiosos y religiosas consagren sus vidas al retiro, en penitencia y oración, buscando el bien de las almas y la primacía de Dios:

“…monasterios de clausura, que constituyen una llamada visible al primado de Dios en nuestra existencia y nos recuerdan que la primera forma de caridad es precisamente la oración”[9]. (Benedicto XVI)

Es tanto el bien que nos ha rodeado y tantos los buenos ejemplos que hemos recibido, que si no somos lo que deberíamos ser –hablo a título personal– es por aquello que afirmaba Franz Kafka: “No nos ahogamos por falta de oxígeno, sino por falta de capacidad en los pulmones”.

No todo lo que estoy diciendo será entendido por todos y tampoco es lo que pretendo. En esto entran en juego, a mi modo de ver, dos cosas: la fe y la caridad.

El amor de caridad influye demasiado en la profundidad con la cual conocemos una realidad, según aquello de “ningún bien es perfectamente conocido sino es perfectamente amado”[10]; y lo mismo digamos de las personas: “Sólo quien ama al hombre puede entender al hombre y a la palabra que sale de él”[11]. (Romano Guardini).

Y en lo que respecta la fe, siguiendo con la semejanza de la Iglesia y la Congregación, digamos que la Iglesia es obra de Dios, nacida del costado abierto de Cristo, y quien quiera entenderla desde el punto de vista solamente humano, puede dar por perdida su tarea. Así también nuestra Familia Religiosa: con ojos puramente humanos es incomprensible, y creo que quien solo la focalice desde ese punto de vista, caerá fácilmente en lo que San Juan de la Cruz llama, citando a 3Re 22, 22,“espíritu de entender al revés”[12], con todo lo que esto trae consigo.

Le pertenecemos a Ella a título personal y en cuanto Familia Religiosa; por nuestro cuarto voto en lo primero, y por ser nuestra principal Patrona en lo postrero. Patrona bajo la advocación de Luján, por voto unánime de todos y todas, pero causado por esa primera devoción de nuestro fundador que a sus pies fue a implorarle, muchas veces, por numerosas y santas vocaciones… Virgencita de Luján: ¡Ruega por nosotros!

 

[1] Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión, 83.

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 30, a. 4.

[3] San Alberto Hurtado, San Ignacio Maestro de la Vida Espiritual Revista Mensaje, Julio 1953, pp. 213-215 (póstumo).

[4] Misal Romano, Credo; Dz 64.

[5] “La gloria de Dios es que el hombre viva”, San Ireneo, Adversus Haereses, IV, 20, 7: “Gloria Dei, vivens homo. Vita autem hominis, visio Dei”. Citado en: Directorio de Espiritualidad del Instituto del Verbo Encarnado, n 23.

[6] Constituciones, n 9.

[7] Constituciones, n 254.

[8] Crónica: Somos privilegiados de estar aquí

[9] Concelebración Eucarística Homilía Del Santo Padre Benedicto XVI, Valle Faul – Viterbo – Domingo 6 de septiembre de 2009.

[10] Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre el estudio de los Padres de la Iglesia en la formación Sacerdotal, 10/11/89, n. 34,3

[11] Romano Guardini, La conversión de San Agustín, Agape Libros, Buenos Aires, 2008, p. 22.

[12] San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, 2, 21.

 

 

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