San Benito nació en Nursia (Italia) hacia el año 480.  Después de haber recibido una esmerada formación en Roma, comenzó a practicar la vida eremítica en Subíaco, donde reunió algunos discípulos; más tarde se trasladó a Casino.  Allí fundó el célebre Monasterio de Montecasino y escribió la Regla de la vida monástica, cuya difusión le valió el ser llamado “Padre de los monjes de Occidente”.  Influyó y sigue ejerciendo su influencia en muchas Constituciones de vida religiosa.  Murió en Montecasino el 21 de marzo del año 547, pero ya desde fines del siglo VIII comenzó a celebrarse su fiesta en muchos lugares en el día 11 de Julio.  Pablo VI, en la Carta Apostólica Pacis nuntius (24-X1964), proclamó a San Benito Patrón de Europa por el extraordinario influjo que ejerció personalmente y a través de sus monjes en establecer las raíces cristianas de este viejo continente.

 

 

Santos Cirilo y Metodio

La ciudad que vio nacer a los dos santos hermanos es la actual Salónica, que en el s. IX era un importante centro de vida comercial y política en el Imperio bizantino y ocupaba un lugar de notable importancia en la vida intelectual y social de aquella región de los Balcanes. 

Metodio era el hermano mayor y verosímilmente su nombre de pila era Miguel.  Nace entre los años 815 y 820.  Menor que él, Constantino —posteriormente más conocido con el nombre religioso de Cirilo— vino al mundo el año 827 u 828.

 

Su padre era un alto funcionario de la administración imperial.  La situación social de la familia abría a los dos hermanos una similar carrera que, por lo demás, Metodio emprendió, alcanzando el cargo de arconte, o sea de gobernador en una de las provincias fronterizas, en la que vivían muchos eslavos.  Sin embargo, hacia el año 840 la abandona para retirarse a uno de los monasterios situados en la falda del monte Olimpo —en Bitinia—, conocido entonces bajo el nombre de Sagrada Montaña.

Su hermano Cirilo siguió con particular provecho los estudios en Bizancio, donde recibió las órdenes sagradas, después de haber rechazado decididamente un brillante porvenir político.  Por sus excepcionales cualidades y conocimientos culturales y religiosos le fueron confiadas, siendo todavía joven, delicadas tareas eclesiásticas, como la de bibliotecario del Archivo contiguo a la gran iglesia de santa Sofía en Constantinopla y, a la vez, el prestigioso cargo de secretario del Patriarca de aquella misma ciudad.  Bien pronto, sin embargo, dio a conocer que quería substraerse a tales funciones, para dedicarse al estudio y a la vida contemplativa, lejos de toda ambición.  Y así, se refugió a escondidas en un monasterio en las costas del Mar Negro.  Encontrado seis meses más tarde, fue convencido a aceptar la enseñanza de las disciplinas filosóficas en la Escuela Superior de Constantinopla, ganándose por la calidad de su saber el calificativo de Filósofo con el que todavía es conocido. 

El hecho que debía decidir totalmente el curso de su vida, fue la petición hecha por el príncipe Rastislao de la Gran Moravia al Emperador Miguel III, para que enviara a sus pueblos “un Obispo y maestro, ...  que fuera capaz de explicarles la verdadera fe cristiana en su lengua”.

Son elegidos los santos Cirilo y Metodio, que rápidamente aceptan la misión.  Seguidamente se ponen en viaje y llegan a la Gran Moravia —un Estado formado entonces por diversos pueblos eslavos de Europa Central, encrucijada de las influencias recíprocas entre Oriente y Occidente— probablemente hacia el año 863 comenzando en aquellos pueblos la misión, a la que ambos se dedican durante el resto de su vida, pasada entre viajes, privaciones, sufrimientos, hostilidades y persecuciones, que en el caso de Metodio llegan hasta una cruel prisión.  Soportan todo ello con una gran fe y firme esperanza en Dios.  En efecto, se habían preparado bien a la tarea que les había sido encomendada; llevaban consigo los textos de la Sagrada Escritura indispensables para la celebración de la sagrada liturgia, preparados y traducidos por ellos mismos a la lengua paleoeslava y escritos con un nuevo alfabeto, elaborado por Constantino Filósofo y perfectamente adaptado a los sonidos de tal lengua.  La actividad misionera de los dos hermanos estuvo acompañada por un éxito notable, pero también por las comprensibles dificultades que la precedente e inicial cristianización, llevada por las Iglesias latinas lindantes, ponía a los nuevos misioneros.

 

En Roma, el Papa Adriano II aprueba los libros litúrgicos eslavos y dispone que sus discípulos sean ordenados sacerdotes.  Esta fase de sus trabajos se concluye de un modo muy favorable.  Metodio, sin embargo, debe continuar solo la etapa sucesiva; pues su hermano menor, gravemente enfermo, apenas consigue emitir los votos religiosos y vestir el hábito monacal, ya que muere poco tiempo después el 14 de febrero del 869 en Roma.

 

Metodio es consagrado obispo para el territorio de la antigua diócesis de Panonia y nombrado legado pontificio “ad gentes” para los pueblos eslavos, toma el título eclesiástico de la restaurada sede episcopal de Sirmio. Dedica los últimos años de su vida sobre todo a ulteriores traducciones de la Sagrada Escritura y de los libros litúrgicos, de las obras de los Padres de la Iglesia y también de una recopilación de las leyes eclesiásticas y civiles bizantinas, conocida bajo el nombre de Nomocanon.

Preocupado por la supervivencia de la obra que había comenzado, designa como sucesor a su discípulo Gorazd.  Muere el 6 de abril del año 885 al servicio de la Iglesia instaurada en los pueblos eslavos.

 

En honor a la verdad, la obra de los santos hermanos, después de la muerte de Metodio sufrió una grave crisis, y la persecución contra sus discípulos se agudizó de tal modo, que se vieron obligados a abandonar su campo misional; no obstante esto, su siembra evangélica no cesó de producir frutos y su actitud pastoral, preocupada por llevar la verdad revelada a nuevos pueblos  —respetando en todo momento su peculiaridad cultural—, sigue siendo un modelo vivo para la Iglesia y para los misioneros de todas las épocas.

 

(de la Carta Encíclica Slavorum Apostoli de Juan Pablo II).

Brígida nació en una familia aristocrática el año 1303 en Finsta, en la región sueca de Uppland.  Es conocida sobre todo como mística y fundadora de la orden del Santísimo Salvador.  Pero no se ha de olvidar que vivió la primera parte de su vida como una laica felizmente casada con un cristiano piadoso, con el que tuvo ocho hijos. 

Al proponerla como patrona de Europa, pretendo que la sientan cercana no solamente quienes han recibido la vocación a una vida de especial consagración, sino también aquellos que han sido llamados a las ocupaciones ordinarias de la vida laical en el mundo y, sobre todo, a la alta y difícil vocación de formar una familia cristiana.

Sin dejarse seducir por las condiciones de bienestar de su clase social, vivió con su marido Ulf una experiencia de matrimonio en la que el amor conyugal se conjugaba con la oración intensa, el estudio de la sagrada Escritura, la mortificación y la caridad.  Juntos fundaron un pequeño hospital, donde asistían frecuentemente a los enfermos.  Al mismo tiempo, fue apreciada por sus dotes pedagógicas, que tuvo ocasión de desarrollar durante el tiempo en que se solicitaron sus servicios en la corte de Estocolmo.  Esta experiencia hizo madurar los consejos que daría en diversas ocasiones a príncipes y soberanos para el correcto desempeño de sus tareas.  Pero los primeros en beneficiarse de ello fueron, como es obvio, sus hijos, y no es casualidad que una de sus hijas, Catalina, sea venerada como santa.

Este período de su vida familiar fue sólo una primera etapa.  La peregrinación que hizo con su marido Ulf a Santiago de Compostela en 1341 cerró simbólicamente esta fase, preparando a Brígida para su nueva vida, que comenzó algunos años después, cuando, a la muerte de su esposo, oyó la voz de Cristo que le confiaba una nueva misión, guiándola paso a paso con una serie de gracias místicas extraordinarias.

Brígida, dejando Suecia en 1349, se estableció en Roma, sede del Sucesor de Pedro y se hizo partícipe de la construcción de la comunidad eclesial con el sentido profundo del misterio de Cristo y de la Iglesia, en un momento ciertamente crítico de su historia.  En efecto, la íntima unión con Cristo fue acompañada de especiales carismas de revelación, que hicieron de ella un punto de referencia para muchas personas de la Iglesia de su tiempo.

 

No hay duda, sin embargo, de que, al reconocer la santidad de Brígida, la Iglesia, aunque no se pronuncia sobre cada una de las revelaciones que tuvo, ha acogido la autenticidad global de su experiencia interior.  Aparece, así como un testimonio significativo del lugar que puede tener en la Iglesia el carisma vivido en plena docilidad al Espíritu de Dios y en total conformidad con las exigencias de la comunión eclesial.  Por eso, al haberse separado de la comunión plena con la sede de Roma las tierras escandinavas, patria de Brígida, durante las tristes vicisitudes del siglo XVI, la figura de la santa sueca representa un precioso “vínculo” ecuménico, reforzado también por el compromiso en este sentido llevado a cabo por su orden.

Nacida en Siena en 1347, fue favorecida desde la primera infancia por gracias extraordinarias, que le permitieron recorrer, sobre la senda espiritual trazada por santo Domingo, un rápido camino de perfección entre oración, austeridad y obras de caridad.  Tenía veinte años cuando Cristo le manifestó su predilección a través del símbolo místico del anillo nupcial.  Era la culminación de una intimidad madurada en lo escondido y en la contemplación, gracias a su constante permanencia, incluso fuera de las paredes del monasterio, en aquella morada espiritual que ella gustaba llamar la “celda interior”.  El silencio de esta celda, haciéndola docilísima a las inspiraciones divinas, pudo compaginarse bien pronto con una actividad apostólica extraordinaria.  Muchos, incluso clérigos, se reunieron en torno a ella como discípulos, reconociéndole el don de una maternidad espiritual.  Sus cartas se propagaron por Italia y hasta por Europa entera.  En efecto, la joven sienesa entró con paso seguro y palabras ardientes en el corazón de los problemas eclesiales y sociales de su época.

Catalina fue incansable en el empeño que puso en la solución de muchos conflictos que laceraban la sociedad de su tiempo.  Su obra pacificadora llegó a soberanos europeos como Carlos V de Francia, Carlos de Durazzo, Isabel de Hungría, Luis el Grande de Hungría y de Polonia, y Juana de Nápoles.  Fue significativa su actividad para reconciliar Florencia con el Papa.  Señalando a los contendientes a “Cristo crucificado y a María dulce”, hacía ver que, para una sociedad inspirada en los valores cristianos, nunca podía darse un motivo de contienda tan grave que indujera a recurrir a la razón de las armas en vez de a las armas de la razón.

Catalina, no obstante, sabía bien que no se podía llegar con eficacia a esta conclusión si antes no se forjaban los ánimos con el vigor del Evangelio.  De aquí la urgencia de la reforma de las costumbres, que ella proponía a todos sin excepción.

Era preciso —decía— arrancar del jardín de la Iglesia las plantas podridas sustituyéndolas con “plantas nuevas”, frescas y fragantes.  La santa sienesa, apoyándose en su intimidad con Cristo, no tenía reparo en señalar con franqueza incluso al Pontífice mismo, al cual amaba tiernamente como “dulce Cristo en la tierra”, la voluntad de Dios, que le imponía librarse de los titubeos dictados por la prudencia terrena y por los intereses mundanos para regresar de Aviñón a Roma.

 

Con igual ardor, Catalina se esforzó después en evitar las divisiones que se produjeron en la elección papal que sucedió a la muerte de Gregorio XI.  También en aquel episodio recurrió, una vez más, a las razones irrenunciables de la comunión.  Éste era el valor ideal supremo que había inspirado toda su vida, desviviéndose sin reserva a favor de la Iglesia.  Lo dirá ella misma a sus hijos espirituales en el lecho de muerte: “Tened por cierto, queridísimos, que he dado la vida por la santa Iglesia”.

“Edith no proviene de una familia cristiana.  En ella, todo expresa el tormento de la búsqueda y la fatiga de la “peregrinación” existencial.

Aun después de haber alcanzado la verdad en la paz de la vida contemplativa, debió vivir hasta el fondo el misterio de la cruz.

Nació en 1891, en una familia judía de Breslau, por entonces territorio alemán.  El interés desarrollado por la filosofía y el abandono de la práctica religiosa en la que, no obstante, había sido iniciada por su madre, más que un camino de santidad hacían presagiar una vida bajo el signo del puro “racionalismo”.

Pero la gracia la esperaba precisamente en las sinuosidades del pensamiento filosófico: orientada en la línea de la corriente fenomenológica, supo tomar de ella la exigencia de una realidad objetiva que, lejos de reducirse al sujeto, lo precede y establece el grado de conocimiento, debiendo ser examinada con un riguroso esfuerzo de objetividad.  Es preciso ponerse a la escucha de la realidad, captándola sobre todo en el ser humano por esa capacidad de “empatía” — ­ palabra que tanto le gustaba— que permite en cierta medida hacer propia la experiencia del otro.

En esta tensión de la escucha fue donde ella se encontró, por un lado, con los testimonios de la experiencia espiritual cristiana ofrecidos por santa Teresa de Jesús y otros grandes místicos, de los cuales se convirtió en discípula e imitadora, y por otro, con la antigua tradición del pensamiento cristiano consolidada en el tomismo.

Por este camino llegó primero al bautismo y después a la opción por la vida contemplativa en la orden carmelita.  Todo se desarrolló en el marco de un itinerario existencial más bien convulso, marcado, además de por la búsqueda interior, por el compromiso de estudio y de enseñanza que desempeñó con admirable dedicación.  Para su tiempo, es particularmente apreciable su militancia a favor de la promoción social de la mujer, y resultan verdaderamente penetrantes las páginas en las que ha explorado la riqueza de la femineidad y la misión de la mujer desde el punto de vista humano y religioso.

El encuentro con el cristianismo no la llevó a renegar de sus raíces judías, sino que más bien se las hizo redescubrir en plenitud.  No obstante, esto no la libró de la incomprensión por parte de sus familiares.  El desacuerdo de su madre, sobre todo, le causó un dolor indecible.

Edith hizo suyo el sufrimiento del pueblo judío a medida que éste se agudizó en la feroz persecución nazi, que sigue siendo, junto a otras graves expresiones del totalitarismo, una de las manchas más negras y vergonzosas de la Europa de nuestro siglo.  Sintió entonces que en el exterminio sistemático de los judíos se cargaba la cruz de Cristo sobre su pueblo, y vivió como una participación personal en ella su deportación y ejecución en el tristemente famoso campo de Auschwitz-Birkenau.  Su grito se funde con el de todas las víctimas de aquella inmensa tragedia, pero unido al grito de Cristo, que asegura al sufrimiento humano una misteriosa y perenne fecundidad.  Su imagen de santidad queda para siempre vinculada al drama de su muerte violenta, junto a la de tantos otros que la padecieron con ella.  Y permanece como anuncio del evangelio de la cruz, con el que quiso identificarse en su mismo nombre de religiosa.

 

Contemplamos hoy a Teresa Benedicta de la Cruz, reconociendo en su testimonio de víctima inocente, por una parte, la imitación del Cordero inmolado y la protesta contra todas las violaciones de los derechos fundamentales de la persona y, por otra, una señal de ese renovado encuentro entre judíos y cristianos que, en la línea deseada por el concilio Vaticano II, está conociendo una prometedora fase de apertura recíproca.” (Carta Apostólica en forma de “motu proprio” para la proclamación de Santa Brígida de Suecia, Santa Calina de Siena y Santa Teresa Benedicta de la Cruz, copatronas de Europa.  De San Juan Pablo II.)