En el silencio y la soledad de nuestra vida, en las alabanzas del Coro y en la celda, en medio de nuestros  trabajos, ponemos en el Corazón abierto del Sagrado Corazón y bajo el manto de la Santísima Madre de Dios, las necesidades espirituales, físicas y materiales de todas las personas e intenciones que se nos confían.

También realizamos trabajos manuales, uniendo en la vida, la oración y el trabajo silencioso. Confeccionamos ornamentos litúrgicos, rosarios e imágenes, y hacemos distintas tareas en la casa y el jardín.

Un aspecto peculiar de nuestros Monasterios es el deseo de vivir la pobreza perfecta, viviendo de la limosna, de modo que no emprendemos obras con fines de lucro. Su santidad, Pablo VI, exhortaba a las religiosas: “Un aspecto esencial de vuestra pobreza será, pues, el de atestiguar el sentido humano del trabajo, realizado en libertad de espíritu y restituido a su naturaleza de medio de sustentación y de servicio” (cf. Pablo VI, Evangelica Testificatio, 20).

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