"El motivo, principio y fin de la vida religiosa está en el entregarse a Dios sin límite alguno y en el olvido de sí mismo, en el no contar con la propia vida a fin de darse espacio para la vida de Dios. Cuanto más plenamente se realiza esto, tanto más rica y divina vida siente el alma. Pero la vida divina es amor sobreabundante, sin indigencia, regalado libremente, inclinado misericordiosamente a toda realidad menesterosa, amor que sana lo enfermo y vuelve a la vida a lo muerto, amor que protege y cuida, que alimenta, enseña y educa, amor que con los tristes se entristece y con los alegres se alegra, que para todo ser es servicial, a fin de que llegue a ser aquello para lo que el Padre le ha creado; en una palabra, amor del corazón divino.

 

Entregarse amando así, llegar a ser totalmente propiedad de otro y poseer totalmente a ese otro, todo eso constituye el deseo profundo del corazón femenino.(...)

 

Cuando esta entrega ocurre frente a un ser humano, es un sacrificio de sí desencaminado, una esclavización y a la vez una aspiración injustificada que ningún ser humano puede llevar a cabo.

 

Sólo Dios puede aceptar en su totalidad la entrega de un ser humano, y aceptarla de tal manera que el ser humano no pierda su alma, sino que la gane.  Y sólo Dios puede regalarse a sí mismo a un ser humano de tal modo que llene todo su ser, sin perder nada de sí a la vez."

 

(E. STEIN, "La mujer. Su misión según la naturaleza y la gracia". Ed. Palabra, S.A., 2006, págs. 37-38).