La Humildad

La lengua del Señor, trompeta de justicia y verdad, elevándose como en un concurso del género humano, llama y dice: "Venid a mí todos los que os fatigáis y estáis cargados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es suave y mi carga ligera."

 

Quien no esté fatigado, no escuche;

quien, en cambio, esté fatigado del trabajo, escuche: Venid a mí todos los que os fatigáis y estáis cargados. Quien no vaya cargado, no escuche; pero quien va cargado, escuche: Venid a mí todos los que trabajáis y vais cargados. ¿Para qué? Y yo os aliviaré. Todo el que trabaja y va cargado, busca alivio, desea el descanso. ¿Y quién no se fatiga en este siglo? Que me digan quién no trabaja, ya de obra, ya de pensamiento. Trabaja de obra el pobre y trabaja de pensamiento el rico; el pobre quiere tener lo que no tiene, y trabaja; el rico teme perder lo que tiene, y queriendo

aumentar lo que tiene, trabaja más. Además, todos llevan sus cargas, todos sus pecados, que gravitan sobre la cerviz soberbia. Con todo, la soberbia se yergue bajo tan gran mole y aun abrumada de pecados se infla.

Por eso, ¿qué dijo el Señor? Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí.

¿Qué, Señor, qué aprendemos de Ti? Sabemos que eres Verbo en el principio, Verbo en Dios y Dios Verbo. Sabemos que fueron creadas por Ti todas las cosas, visibles e invisibles.

¿Qué aprendemos de Ti? ¿A suspender el cielo, a consolidar la tierra, a extender el mar, a difundir el aire, a distribuir todos los elementos apropiados a los animales, a

ordenar los siglos, a gobernar los tiempos? ¿Qué aprendemos de Ti? ¿Acaso quieres que aprendamos esas mismas cosas que hiciste en la tierra? ¿Quieres enseñarnos

eso? ¿Aprendemos de Ti a curar a los leprosos, a arrojar los demonios, a cortar la fiebre, a mandar en el mar y en las olas, a resucitar muertos? No es eso, dice.

Entonces, ¿qué? Que soy manso y humilde de corazón.

 

¡Avergüénzate ante Dios, soberbia humana! El Verbo de Dios dice, lo dice Dios, lo dice el Unigénito, lo dice el

Altísimo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Tan gran excelsitud descendió a la humildad, y ¿el hombre se yergue? Recógete, refrénate, hombre,

conforme al humilde Cristo, no sea que, al estirarte, te rompas.

(San Agustín)

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