Salgamos a ver a Jesucristo crucificado por nosotros

Salgamos a ver a Jesucristo Crucificado por nosotros.

                                                               Hermanas del Monasterio

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Un jueves Santo de 1563 San Juan de Ribera exclamaba: "Limpia Jesucristo Nuestro Señor con el paño de su humanidad los pecados, dejándola pisada de afrentas y manchada de gotas de sangre. Salgan todos a ver a Jesucristo crucificado por mí. Espántense las criaturas de ese espectáculo. De gran ejemplo fue para los vecinos de Samaría ver al rey vestido de cilicio. Pues ¿qué hará ver a Dios vestido de una cruz?” y pedía: “¡Oh Señor, plega tu misericordia que sepamos este pueblo y yo conocer el tiempo de nuestra visitación pues la conocen los milanos y las golondrinas! ... que consintamos ser lavados de Ti ...Que lleguemos a bañarnos en tu sangre; que nos pongamos en tus llagas; que conozcamos la oportunidad como el bueno de los ladrones por donde mereció ser oído y llevado al cielo.”

 

El tiempo de cuaresma y de Semana Santa, es un tiempo propicio para contemplar la mirada del Hijo de Dios, crucificado por nosotros, salgamos todos a ver a Jesucristo, a verle con los ojos del alma.

Dios creó al hombre con un alma inteligente y libre, incorruptible e inmortal, con una inteligencia más basta y anchurosa que lo cielos, con un corazón más ardoroso que los volcanes y con una libertad tan sumamente eficaz y poderosa que deposita en nuestras manos y deja a nuestra merced la encomienda importantísima de labrarnos nuestra grandeza y felicidad, así en esta vida temporal, como en la otra eterna. Con un alma a la cual no hay cosa alguna en el mundo que iguale o se le parezca, ya que es un destello y un reflejo viviente de la divinidad, expresión bellísima de su pensamiento y de su voluntad creadoras. [1]  

Sólo con los ojos del alma podemos percibir lo que expresan los ojos de Jesús, la realidad misma del amor de Dios.

  

 

Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.[2]

 

 

Misericordia que se muestra hasta el extremo en su Pasión y Cruz; allí hallaremos la manifestación de amor más espléndida y acabada del corazón de Cristo hacia los hombres, de ese fuego de abrasado amor y de ese afán nobilísimo de perdón e indulgencia para el hombre que devoran el alma y el corazón del Hijo de Dios. Y es que Jesucristo nos amó con la sobreabundancia del amor infinito.

 

La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo. Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene. [3]

Pidamos la gracia en esta Semana Santa:

Que me alcance su amor y misericordia, que pueda reconocer su visita, que al mirarle entienda cuánto me ama y cuánto está dispuesto a dar por salvarme, que me deje lavar en su sangre y purificado de mis pecados, por la recepción del Sacramento de la misericordia, recobre la vida de la gracia. Que recibiendo su Cuerpo y su Sangre deje que more en mi alma, que habite en mí y así pueda dar a los demás el amor que Él me tiene.

 

 

 

 

 

Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijámonos a ella, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.[4]

 

 



[1] Sermones, Beato Ricardo Plá Espí.

[2] Misericordiae Vultus, S.S. Francisco.

[3] Misericordiae Vultus, S.S. Francisco.

[4] Misericordiae Vultus, S.S. Francisco.

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