IV. El ejercicio de la cruz (2)

El gran engaño que el demonio teje al religioso es el de hacerle creer que mayor será el bien que haga de sí y de las almas si obra por sí y no por la autoridad de su superior, sea este quien sea, loco o perverso, mientras no le mande pecar: «jamás mires al prelado con menos ojos que a Dios, sea el prelado que fuere, pues le tienes en su lugar; y advierte que el demonio mete mucho aquí la mano [...] Si esto no haces con fuerza, de manera que vengas a que no se te dé más que sea prelado uno que otro, por lo que a tu particular sentimiento toca, en ninguna manera podrás ser espiritual ni guardar bien tus votos»[1].

Es notorio como san Juan de la Cruz da a la práctica de la obediencia religiosa un valor insustituible respecto de los engaños del enemigo, es decir, de las maneras en que él intenta hacerle creer al alma que es bueno lo malo y malo lo bueno, o más bueno lo menos bueno y menos lo más. Para el santo la obediencia ilumina la obra, no en su consideración objetiva pero sí en su valoración moral. Por eso el p. Rodríguez la relaciona directamente con la fe. Porque en cuanto objeto la obra se reconoce naturalmente y tiene una valoración natural, pero para unirse a Dios hay que morir al conocimiento natural y adquirir una consciencia sobrenatural, para valorar las acciones sobrenaturalmente, según la fe oscura: «... la fe es el camino a través de la noche hacia la meta de la unión con Dios, en ella se gesta el nuevo nacimiento doloroso del espíritu, su transformación de ser natural en sobrenatural [...] La fe exige la renuncia de la actividad natural del espíritu. En esta renuncia consiste la noche activa de la fe, el seguimiento activo y personal de la cruz [...] Por otra parte, la fe prueba, con su propia existencia, la posibilidad de un ser espiritual y una actividad que supera la natural [...] Ante una mirada superficial puede parecer como una contradicción y una incoherencia. En realidad se trata de una necesidad objetiva» [2].

 

Se sigue de aquí que el santo no valore las obras propias tanto por lo que valen en sí sino más por el sometimiento de razón en que se obran. Hablando de los golosos espirituales marca esta diferencia y da una definición precisa de lo que es la obediencia máxima (y más difícil), la del entendimiento o juicio: «atraídos [los que caen en este vicio espiritual de la gula] del gusto que hallan, algunos se matan a penitencias, y otros se debilitan con ayunos, haciendo más de lo que su flaqueza sufre, sin orden y consejo; antes procuran hurtar el cuerpo a quien deben obedecer en lo tal; y aun algunos se atreven a hacerlo aunque les han mandado lo contrario» –lo que aquí se dice de la mortificación puede aplicarse a las demás prácticas: apostolados, estudios, trabajos, etc.– «Estos son imperfectísimos, gente sin razón, que posponen la sujeción y obediencia, que es penitencia de razón y discreción [= buen juicio], y por eso es para Diosmás acepto y gustoso sacrificio que todos los demás, a la penitencia corporal, que, dejada estotra parte, no es más que penitencia de bestias, a que también como bestias se mueven por el apetito y gusto que allí hallan»[3].

 

Al considerarla penitencia de razón y discreción, y en relación con la fe, san Juan de la Cruz pone a la obediencia en un plano superior que el humano (natural). La coloca como criterio sobrenatural, de una nueva vida, incapaz de ser comprendido por aquel que no se dispone a educar su voluntad y entendimiento y a desasirse de la actividad de éstos en el plano natural, mundano, en el que se mueven a sus anchas. El impulso es de Dios, que conduce a entrar en la noche por la fe, pero requiere la colaboración activa del hombre. La obediencia se ubica espiritualmente en este punto, en dependencia de la purificación que obra la fe, para librar el alma del propio gusto y del propio juicio, y abrirla a la obra de la verdadera libertad, la de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 21)[4].

La obediencia de juicio, por tanto, no destruye la inteligencia, pero mata su uso meramente humano: «La destrucción del entendimiento natural es profunda, horrible y dolorosa» –dice E. Stein[5]; es penitencia de la razón. A su vez es discreción, porque lo eleva a un criterio superior, del que participa por fe. El acto de obediencia es psicológicamente igual al acto de fe, y solamente adquiere valor ex fide, en el contexto de la fe.Por este acto de obediencia el religioso sustituye sus valoraciones humanas y sus criterios y puntos de vista humanos, no en sí, sino como directores de sus operaciones, por un criterio único, más seguro pero de otro ámbito, que le excede y al cual debe saltar ciegamente (penitencia, y discreción: discreción ganada con penitencia de la razón): ese criterio es que la voluntad del superior manifestada, mientras no constituya pecado, es la Voluntad de Dios para mí[6]. Y hacer la voluntad de Dios es siempre más razonable que hacer la propia... razonable sobrenaturalmente, porque para el mundo es locura, la locura de la cruz.

La fe exige, por ser vida del espíritu, no sólo un convencimiento sobrenatural sino también una entrega confiada. Recién ahí el obrar se hace realmente sobrenatural y es la fe el criterio; «como consecuencia práctica, también se realiza el abandono de la propia voluntad en la divina, y la regulación de las acciones y pasiones de la propia voluntad se conforma con la divina. Supone, también, una mayor elevación del espíritu sobre las condiciones naturales de su ser»[7]. «Por ello debemos dejar tras nosotros todas las criaturas y todas las potencias con las que captamos y comprendemos a las criaturas, para elevarnos por la fe a Dios, el inaprensible e incomprensible. Para ello no sirven ni los sentidos, ni el entendimiento, si por ello entendemos la facultad de pensamiento conceptual. En la entrega confiada al Dios incomprensible, somos puro espíritu, desligados de imágenes y conceptos –por ello a oscuras, porque el mundo de nuestro conocimiento ordinario está edificado sobre imágenes y conceptos–, desligados también del múltiple mecanismo de las diversas potencias, unidos y simples en una vida, en la que el conocer, el recordar y el amar están en uno [...] Juan habla también en este contexto de la sustancia del alma»[8].

Es la sustancia del alma la sede de la unión con Dios, y es en ella donde se actúa la libertad radical. Allí la conciencia se sobrenaturaliza con cada acto de fe y también con cada acto de obediencia, porque actualiza su entrega de las potencias espirituales, que es el sacrificio más agradable que se puede dar a Dios según san Juan de la Cruz y según santo Tomás: «nada mejor puede darle el hombre a Dios que el sometimiento de su voluntad a la voluntad de otro por Él»[9]. El p. Carlos Pereira, en un trabajo titulado La virtud de la obediencia en santo Tomás: su naturaleza volitiva e intelectual señala cómo la voluntad es señora también de la inteligencia y desempeña un rol fundamental sobre su juicio práctico, tanto en la fe como en la obediencia[10]. La obediencia de voluntad es de la voluntad en su acto formal, dependiente del juicio, en cambio la obediencia del entendimiento es mayor, porque corresponde a la voluntad en su función existencial, en su querer-querer previo al ejercicio de todas las potencias, en su libertad más plena y más trascendente, en lo más propio que tiene que es su propio movimiento: «La posibilidad de “moverse” en sí misma se funda en la “posibilidad de formación del Yo” del alma. El yo es en el alma aquello por lo que ella se posee a sí misma y lo que en ella se mueve como en su propio “campo”. El punto más profundo es al mismo tiempo el lugar de su libertad: el lugar, donde puede concentrar todo ser y puede decidir. Decisiones libres de menor importancia podrán, en cierto modo, ser tomadas desde un punto situado “mucho más al exterior”; pero serán decisiones “superficiales”; será pura “casualidad” el que una decisión así sea la adecuada, porque únicamente partiendo desde el centro más profundo se tiene la posibilidad de medir todo con la regla última; y, tampoco ser finalmente una decisión libre, porque el que no es dueño absoluto de sí mismo, no puede disponer con verdadera libertad, sino que “se deja determinar”»[11]. Al fin la propia entrega es el ejercicio supremo de la libertad.

Y esta es la paradoja, que el que se deja determinar por la voluntad de otro en razón del amor de Dios es totalmente libre en sí, aunque se deje matar, porque es dueño de lo suyo, y de su Yo, y de su vida, para darse y para darla, con todas sus potencias y todas sus virtualidades; pero el que quiere hacerse independiente, y estima que es inconsciencia abandonar de antemano sus puntos de vista o sus propios criterios, ése al fin es superficial y determinado, por sus propias inclinaciones, su propio gusto y su propio juicio; para éste tal «no había para qué venir a la Religión, sino estarse en el mundo buscando su consuelo, honra y crédito y sus anchuras» [12].

 

San Juan Pablo Magno rodeado de los Monjes del Pueyo – Barbastro

 


[1]Cautelas, 12 [Obras, 123-124]. Dice santa Teresa que «Dios permite algunas veces que se haga este yerro de poner personas semejantes [malos superiores], para perficionar la virtud de la obediencia en los que ama» (Fundaciones, 23, 9. En Obras completas, 586).

[2]Stein, E., Ciencia de la Cruz, 161.

[3] 1N 6, 1-2 [Obras, 555-556]. En el mismo punto 2 y los dos siguientes refuerza lo que se dijo, que este espíritu procede del demonio, que a ello empuja, y que es contrario a la humildad (4: «tienen tan poco conocida su bajeza y propia miseria y tan echado aparte el amoroso temor y respeto que deben a la grandeza de Dios»).

[4] Cf. Stein, E., Ciencia de la Cruz, 165. También 1S 13, 4 [Obras, 214].

[5]Ciencia de la Cruz, 179.

[6] «Al entrar a un Instituto hacemos un pacto de alianza con Dios y con los hermanos en religión, mediante el cual, y en cierto modo, renunciamos anticipadamente a nuestras visiones, valoraciones en relación a los contingentes singulares y preferencias cuando no concuerden con las del superior, e incluso cuando fuesen mejores que las del mismo. Este es uno de los criterios principales e inefables para la formación de la recta conciencia» (P. Carlos Walker, IVE, La obediencia y la autoridad en la vida religiosa, 4; cf. Gambari, Elio, Vita Religiosa secondoil concilio e ilnuovoDirittoCanonico, EdizioniConfortane [1984], 331).

[7]Stein, E., Ciencia de la Cruz, 167.

[8]Stein, E., Ciencia de la Cruz, 168.

[9]S. Th., II-II, 186, 5, ad 5um: «nihil maius homo potest Deo darequamquodpropriamvoluntatempropteripsumalteriusvoluntatisubiiciat».

[10] http://biblia.verboencarnado.net/2015/10/19/la-virtud-de-la-obediencia-en-santo-tomas-su-naturaleza-volitiva-e-intelectual/.

[11]Stein, E., Ciencia de la Cruz, 213.

 

[12]Avisos, 3 [Obras, 129].

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