Vocación y práctica de la vida religiosa según la doctrina y ejemplo de San Juan de la Cruz (II)

 

 

III. El Magisterio espiritual de la Reforma (1)

 

Con justicia se considera a san Juan de la Cruz junto con santa Teresa de Jesús como reformadores de la Orden del Carmen. De todas formas, no puede decirse que sean reformadores en el mismo sentido, o al menos no son reformadores iguales; sí encabezan una reforma «conjunta», con papeles personales y diversos. Teresa es la fundadora, la que recibe la moción o carisma para la inauguración y el espíritu de la descalcez; y Juan es –además del primero de los frailes incorporados oficialmente a ella– quien cumple el «oficio de maestro espiritual de la Reforma»[1], el dueño de «las primicias, las riquezas y el valor del espíritu carmelitano».

Para la santa era un «padre», y en verdad lo fue de ella y de todo el movimiento de retorno al primer ideal, que era también el suyo[2]. «En Juan de la Cruz pudieron contemplar la imagen viva del carmelita descalzo cuantos y cuantas de la Orden le conocieron y trataron de cerca» [3].

Del punto de vista jerárquico jamás ocupó el primer puesto de la Orden reformada, aunque sí tuvo diferentes cargos de autoridad a lo largo de 23 años, desde que se descalzase en noviembre de 1568, hasta su muerte en diciembre de 1591: fue el primer Maestro de novicios en Duruelo y Mancera, y luego en Pastrana, Rector de los colegios de Alcalá de Henares y Baeza (éste último el único Convento directamente fundado por él), Vicario del Convento del Calvario en Jaén, Prior del Convento de los Mártires en Granada y luego del Convento de Segovia, Vicario provincial por algún tiempo de Andalucía, y al establecer el p. Nicolás Doria el gobierno de la Consulta, Presidente de ésta en ausencia del Superior General. Pocos meses antes de morir, el Capítulo de Madrid lo despojó de todo cargo y lo destinó a Nueva España (Méjico), a donde no pudo partir por su ya debilitada salud, siendo trasladado primero a La Peñuela, en Jaén, y luego al Convento de Úbeda, en el que murió. Fue además, en muchas ocasiones, capellán y director espiritual de los conventos de monjas reformadas.

Cumplió pues una misión directriz pero no principalmente gubernativa, sino más ejemplar y magisterial, por medio de la renovación de los principios y tradición del Carmelo en los monasterios y casas en que estuvo, y por la educación de los carmelitas a su cargo en el auténtico ideal contemplativo y crucificado de la Orden.

Relata el p. Crisógono un periodo que en sí cifra toda la actividad de Juan de la Cruz como formador espiritual de los descalzos[4]. Es el año 1570. Un año antes había fundado santa Teresa en Pastrana el segundo Convento de descalzos, en el cual había colocado a dos ermitaños italianos, fray Ambrosio Mariano de San Benito y fray Juan de la Miseria, a quienes los príncipes de Éboli habían donado una ermita que transformaron en Carmelo, incorporándose a la Reforma encabezada por la santa. La cercanía de este eremitorio con Alcalá, ciudad universitaria, floreciente entonces y llena de juventud animada, hizo que pronto se multiplicasen las vocaciones. Se transformó Pastrana en un Noviciado mayor que el de Mancera de Abajo, a donde se había trasladado la primitiva comunidad de Duruelo, y donde en octubre de aquel 1570 habían profesado ya los dos primeros novicios de la descalcez, en manos de su Maestro, que firma el acta, fray Juan de la Cruz. Pero Teresa de Jesús teme que los fervores de los nuevos ermitaños puedan «desfigurar la vida descalza» y considera «necesaria una dirección auténticamente carmelitana» (110), que los encauce. «La madre Teresa estima urgente la presencia de fray Juan de la Cruz, gran reformador de espíritus, poseedor del secreto de la auténtica vida carmelitana descalza» (111); así lo comunica al p. Antonio de Jesús, superior de Mancera, y éste hace poner en camino al santo, que se llega a Pastrana y «organiza el Noviciado al estilo del de Duruelo y Mancera. Da normas, establece prácticas de mortificación común y deja de viva voz documentos de perfección espiritual» (113).

Pasado un mes, retorna a su Convento pero pronto es nombrado Rector del primer Colegio de descalzos, en Alcalá de Henares, «que promete ser de gran trascendencia para la descalcez» (114).Es abril de 1571. Su rectorado da frutos a poco comenzar; él da ejemplo y «gana muchos estudiantes para la Reforma». A los que están a su cargo les imprime un lema: «Religioso y estudiante, religioso delante», con el cual busca enseñarles que los años de estudio no son vacaciones de la vida religiosa y carmelita. «Y les encarga que, aunque mueran en el empeño, sigan armonizando el estudio con aquellos fervores monásticos» (118). Sus súbditos extasían a todo Alcalá pero al mismo tiempo, y enardecido por la afluencia grande de vocaciones, un novel Maestro de novicios, en Pastrana, está produciendo un descalabro: penitencias extraordinarias y extenuantes, apostolados multiplicados inopinadamente y que hacen que los novicios «no paren en el convento» (119) y un ambiente de misticismo que rayana lo ridículo hacen que corra peligro el modelo de la Reforma (implantado poco ha por fray Juan y querido por santa Teresa) y que muchos de los jóvenes se sientan intranquilos y en su docilidad y humildad crean que han elegido el camino equivocado. Entonces nuevamente se llega fray Juan, esta vez por su cuenta propia, seguramente a primeros de 1572, e interviene moderando salidas, penitencias y ejercicios de prematuro celo. El maestro de novicios escribe entonces a santa Teresa, criticando este proceder del santo, y la santa envía su carta al dominico p. Domingo Báñez, cuya respuesta fue «la más cálida y rotunda confirmación de los procedimientos de fray Juan de la Cruz»; allí escribe Báñez: «El fraile y monje no tiene necesidad de buscar ejercicios ajenos; siga su profesión y calle, que sin que el mundo vea sus mortificaciones será santo...» y más adelante, refiriéndose a fray Ángel, el imprudente Maestro: «Muy resuelto está para ser, como dice, tan nuevo y sin experiencia. Si busca mortificación, ésta lo es de veras: creer que se engaña» (120-121).No nos llegó lo que por entonces dijo Juan en Pastrana, pero su doctrina no era diferente que la del dominico Báñez. Es la misma doctrina que utiliza para deshacer una vez más el entuerto y regresar a su puesto: «El fervor, el retiro, las penitencias razonables, las santas costumbres establecidas por fray Juan de la Cruz, hacen de aquel Noviciado el gran plantel de la Reforma» (121).

Con detenimiento seguimos este proceso de casi dos años por lo iluminador y en parte paradigmático del caso, y por ser de los inicios, donde se fragua mucho del espíritu de las realidades carismáticas que el Espíritu sopla en la Iglesia. Fray Juan de la Cruz forjaba entonces a los descalzos en su propio «estilo», que es el espíritu (carisma) aplicado y vivido, y luego transmitido como particular y propio, y que implica una tensión particular y propia y una distensión también particular y propia, que no son la misma tensión y distensión que se viven y aplican en otras realidades carismáticas distintas. Por esa razón había querido santa Teresa que en 1568, antes de fundar los frailes, viajase fray Juan con ella y con las monjas que fueron a fundar en Valladolid, «para que llevase bien entendidas todas las cosas, ansí de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos»[5]. Porque sabía la Madre que una vez aprendido por fray Juan ese estilo de «tanta moderación», «históricamente arraigado en la tradición de la Iglesia» [6], cobraba por el vigor del alma de aquel monje una tendencia a lo máximo que la misma letra de la Regla no podía mostrar mejor: él era «para los demás, como Regla viva» [7], y una Regla exigente, por cierto.

En todos sus años como superior y director espiritual de religiosos y religiosas carmelitas se entregó a continuar la promoción de este mismo espíritu, que informaba todos los actos de su observancia, y que antes que con la palabra promovía con su propia vida [8]. Según oficio y situaciones su intento fue siempre que quienes vivían con él, y súbditos y dirigidos, se informasen del mismo modo de ese espíritu, seguro de que en ello iba más fruto que en tantas otras prácticas personales y privadas[9].

Habría que utilizar muchas más páginas para describir acabadamente toda su obra en el gobierno material y espiritual de los monjes: basta con decir que su acción abarca desde los oficios más humildes, en los que se implicaba con toda naturalidad, trabajando incluso en la edificación y adorno de las iglesias y Conventos[10], hasta las alturas a que remontaba a los suyos con instrucciones casi diarias, en pláticas espirituales, sermones, correcciones personales, y consejos ocasionales [11]. En cada acto era el primero, y exigía que se le siguiese el paso según la Regla[12]. Para recibir nuevos candidatos prestaba mucha atención a su capacidad de humillación, probando a algunos de manera aparentemente irracional, pero obteniendo siempre buenos frutos, con la convicción de que no había carmelita si no aprendía tenerse en nada, y a servir él a la Orden y no a servirse de ella[13]. Sabía, de todas maneras, cuando no ceder y cuando sí, y se mostraba muy paternal con quienes atravesaban dificultades, y eran interior o exteriormente probados: no ahorraba gastos para regalar a los enfermos y él mismo se ponía a su servicio[14]; no tenía tampoco problema en sacar a pasear a un fraile que veía estaba triste, para conocerle el alma, y lo mismo hacía periódicamente con toda la comunidad, «para evitar que, si les deja mucho en el Convento, tengan ganas de salir de él»[15]; sabía en sus conversaciones enseñar y distraer y traía a los religiosos en torno de sí siempre[16].

 

 

 



[1]Crisógono, «Vida», 105. Santa Teresa fundó el Convento de San José contando casi 50 años, y casi 30 de religiosa, mientras que san Juan de la Cruz no era por entonces ni siquiera novicio carmelita. Como se señaló antes, una vez ganado éste para la Reforma, hizo la santa, y con razón, para que fuese el primero, con lo cual se le confería una autoridad agregada a la que ya él mismo se procuraba con su práctica radical de la vida profesada: «El título de primer descalzo, por voluntad de Dios y querer de santa Teresa, con todas las dimensiones y matices de la expresión explica todas sus actividades en la Reforma. Como a cabeza de un movimiento espiritual, que ha de tener una sucesión e influjo notabilísimo en la Iglesia, Dios le confiere las primicias, las riquezas y el valor del espíritu carmelitano» (Rodríguez, J., Cien fichas..., 304).

[2] «Certifícolas que estimara yo tener por acá a mi padre fray Juan de la Cruz, que de veras lo es de mi alma, y uno de los que más provecho le hacía al comunicarla» (Carta a las carmelitas de Beas, fin de octubre de 1578. En S. Teresa, Obras completas, 943); «En gracia me ha caído, hija, cuán sin razón se queja, pues tiene allá a mi padre fray Juan de la Cruz, que es un hombre celestial y divino [...] Miren que es un gran tesoro el que tienen allá en ese santo, y todas las de esa casa traten y comuniquen con él sus almas y verán que aprovechadas están y se hallarán muy adelante en todo lo que es espíritu y perfección; porque le ha dado nuestro Señor para esto particular gracia» (Carta a la M. Ana de Jesús, mediados de noviembre de 1578. En ídem).

[3]Rodríguez, J., Cien fichas..., 304.

[4] Cf. Crisógono, «Vida», c. VI: «Formador de los descalzos» (109-123).

[5]Fundaciones, 13, 5. En S. Teresa, Obras completas, 555.

[6] «Y Fr. Juan inventaba un tipo de vida históricamente arraigado en la tradición de la Iglesia, y juntamente vivido al unísono por él como por la M. Teresa. Fr. Juan había entrado en la madurez espiritual el día de su Primera Misa; con ello desterraba de su idiosincrasia todo tipo de servilismo; mientras la M. Teresa no había alcanzado tales alturas místicas hasta más tarde, aunque Dios la llevaba siempre infundiendo en ella el Espíritu de la Reforma del Carmen. Por ser común la fuente interior, tenían que se comunes las aguas que corrían de ella» (Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 239).

[7]Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 151.

[8] «Era, para sus novicios y para los demás, como regla viva, porque lo que la escrita ordena lo veían puesto en ejecución en su persona» (Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 151).

[9] En Baeza la gente llamaba a los carmelitas «santos», por su «vida ejemplar de virtud, penitencia y recogimiento»; y dice Crisógono(«Vida», 231) que «a ellos contribuye, sobre todo, el prestigio de fray Juan de la Cruz, animador y mantenedor de aquella vida».

[10] En el Calvario «es el primero en los oficios más humildes [...] Cristóbal de la Higuera le ha sorprendido algunas veces en la cocina fregando los platos en unos lebrillos. Y al comentar después con los frailes la humildad del Prior, éstos le dicen que siempre es el primero que acude a estos ministerios» (Crisógono, «Vida», 212); en Baeza «es el primero en los actos de comunidad; el primero también en barrer, fregar, en adornar los altares del templo, porque le gusta que estén bien limpios y aderezados. Se preocupa de las obras de ampliación del Convento, y para el decorado de la iglesia llama a Juan de Vera, pintor y escultor de Úbeda. Muchos ratos, mientras el artista trabaja, fray Juan está a su lado» (Crisógono, «Vida», 234).

[11] «Una temporada que está achacoso y no puede asistir a los actos de comunidad, le basta ir por la noche al refectorio para hacer el capítulo de faltas; les hace algunas reflexiones, un día sobre el silencio, otro sobre el retiro, otro sobre la mutua caridad, y los religiosos se conservan fervorosos, observantes» (Crisógono, «Vida», 295); «Si sorprende en falta a alguno, le llama a solas y le reprende en particular, evitando que los demás lleguen a enterarse de la falta cometida» (Crisógono, «Vida», 293); «Por las noches llama sus súbditos, cada noche a uno, y le examina el espíritu, el camino que lleva en la oración, los progresos que hace en ella, las tentaciones que le acosan, las virtudes que practica. Y les va dando normas de vida interior según la particular disposición de cada uno [...] No se olvida en ellas de preguntarles por el estado de su salud, por su bienestar corporal, examinándoles hasta “en el sustento”» (Crisógono, «Vida», 296). Son testimonios de su época de Prior en Granada.

[12] «En los actos de comunidad, por ocupaciones que tuviese no faltaba, y cuando oía la campanilla que hacía señal para ellos, decía que era la voz de Dios y que no se podía dejar de acudir a donde Él llamaba, aunque faltase a otras cosas, y particularmente al coro y al refectorio: en aquellos para hallarse presente a las alabanzas divinas y procurar se celebrasen con gravedad y devoción, y en éstos, para seguir la vida común, igual a súbditos y prelados, y procurar la siguiesen todos» (Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 151).

[13] Pongo un ejemplo de su Rectorado en Baeza, que refiere a Juan de San Pablo, jurista de Salamanca, admitido al hábito por el p. Juan de la Cruz y que comienza allí su Noviciado: «Un poco aburrido de los libros espirituales que tiene en la celda, solicita del Maestro de novicios algún libro de derecho para repasar las materias cursadas en la Universidad de Salamanca. El Maestro lo consulta con el Rector, y fray Juan de la Cruz, que se da cuenta del espíritu de suficiencia que esta actitud implica, le quita todos los libros de devoción y le da una cartilla de la doctrina cristiana y un puntero, como a los niños, para que haga todos los días oración. El novicio obedece y su compañero de celda, fray Jerónimo de la Cruz, le ve pasar largos ratos, como un párvulo, con el puntero en una mano y la cartilla en la otra, derramando lágrimas de devoción y ternura, porque Dios premia su humildad y su obediencia llenándole el alma de espirituales dulcedumbres. Así curó fray Juan aquellos primeros brotes de altivez del jurista salmantino. Otra relación asegura que, además, “le puso en la cocina buena parte del año, ejercitándole en varias mortificaciones”. Fray Juan de San Pablo salió un descalzo cabal» (Crisógono, «Vida», 233).

[14] «Cuando la enfermedad es grave, organiza la vela del enfermo entre todos los religiosos, que se turnan por horas. Él se levantará a medianoche o a las dos de la madrugada para hacer el mismo oficio o para ver cómo sigue el paciente» (Crisógono, «Vida», 236); el año de 1580, que fue el del catarro universal, volvía el santo a Baeza desde Beas y encontró a todo el convento en cama, dieciocho religiosos sin atención: «Su primera disposición es que se traiga un cuarto de carne; lo hace condimentar y él mismo se lo sirve a los enfermos, animándoles a comer y si es preciso, mandándoselo. A ratos les habla de cosas espirituales, a ratos de cosas indiferentes y de honesta recreación; hasta cuentos graciosos le oyen los enfermos. Y para que no se escandalicen, les advierte que todo aquello es necesario para alivio de la enfermedad» (Crisógono, «Vida», 237).

[15] Fray Agustín de la Concepción, súbdito del santo en Granada, testimonia esta razón, oída de él mismo (Cf. Crisógono, «Vida», 296). «Fray Juan, muy humano, espíritu afectuoso para sus frailes, les saca de paseo para que se huelguen, merienden y descansen. Hasta permite que vayan con ellos algunos seglares, amigos y bienhechores del Convento» (Crisógono, «Vida», 212); «No puede ver tristes a sus frailes. Cuando lo está alguno, le llama, sale con él a la huerta o se le lleva incluso al campo para distraerle y consolarle; ya no para hasta que logra trocar la tristeza en alegría» (Crisógono, «Vida», 301).

[16] «En vez de alejarse de fray Juan, los religiosos le rodean, oyen sus charlas, espirituales unas veces, indiferentes y de distracción otras, haciéndose después lenguas de su amenidad» (Crisógono, «Vida», 235).

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