Vocación y práctica de la vida religiosa según la doctrina y ejemplo de San Juan de la Cruz (I)

Como explica santa Teresa Benedicta de la Cruz, el «espíritu humano, en cuanto espíritu, está hecho conforme al modelo de un ser imperecedero, inmutable» y manifestación se ve de esto «en la inmutabilidad que atribuye a sus propios estados anímicos», lo cual no deja de ser «una ilusión, puesto que el espíritu en su existencia temporal se halla sujeto a mudanzas»[1]. Del mismo modo tiende el hombre a considerar inmutables y eternos sus propios criterios, y las decisiones que toma. Y cuando la realidad de sus propios límites lo desencanta de esa ilusión de ser necesario, la tendencia entonces es a aplicar a Dios su propia volubilidad, para convencerse de que quien cambie es Él y no tener que aceptar la propia contingencia: «muchos de éstos querrían que quisiese Dios lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios, de donde les nace que, muchas veces, en lo que ellos no hallan su voluntad y gusto, piensen que no es voluntad de Dios; y por el contrario, cuando ellos se satisfacen, crean que Dios se satisface, midiendo a Dios consigo, y no a sí mismos con Dios, siendo muy al contrario lo que él mismo enseñó en el Evangelio (Mt 16, 25), diciendo que el que perdiese su voluntad por él, ése la ganaría, el que la quisiese ganar, ése la perdería»[2].

Cuando el alma del religioso logra purificarse (con la ayuda de Dios) de estos criterios naturales, hechos de razones y juicios tan razonablemente humanos, y adquiere la visión o criterio sobrenatural de toda su vida, «entonces verá claro cómo, aunque le parecía que acá se movía Dios en ella, en sí mismo no se mueve»[3]. Y verá que puede no moverse, siempre y cuando se enraíce en Dios [y echar raíz debería ser toda profesión religiosa] y sea fiel, con Su favor: «Quien busca radicalmente el bien, es decir, el que está dispuesto a hacerlo en todo momento, ha tomado ya su partido y ha depositado su voluntad en la voluntad divina» [4].

Juan de la Cruz era consciente de que su estado religioso en el Carmelo lo había «prometido a Dios» y no a los hombres[5], y por tanto no había manera de abandonarlo por las imperfecciones o pecados de los demás hombres, ni por los propios, y no había dolo ni engaño que valiese, porque «Dios no se mueve»[6] y nadie ni nada podía quitarle ni su vocación trascendente ni la capacidad de su entrega sin reserva, porque todas las cosas (incluidas imperfecciones, relajaciones, malos tratos, pecados y manifiestas injusticias), juzgadas desde Dios, y según el sentir de Dios, espiritualmente (cf. 1Cor 2, 15), no son peso suficiente para hacer mudanza en quien estaba convencido «de que todo lo que por él pasare, próspero o adverso, viene de Dios» [7] y se mide con Dios, dado que «los bienes no van del hombre a Dios, sino vienen de Dios al hombre»[8].

Quien siendo religioso no comprenda que su vocación es perdurable, porque al profesar manifestó una voluntad inmutable de estarse en el servicio de Jesucristo, con su ayuda y gracia, sin defeccionar del carisma y lugar particular que Él le ha pensado de antes de los siglos, para ese tal «no había para qué venir a la Religión, sino estarse en el mundo buscando su consuelo, honra y crédito y sus anchuras»[9].

 


Monasterio Nuestra Señora del Pueyo, encomendado a los monjes del Verbo Encarnado – Barbastro.

 

 



[1]Ciencia de la Cruz, 241.

[2]Noche oscura, l. I, c. 7, 3 (1N 7, 3) [Obras, 560]. Hago notar la traducción bien propia del santo: «el que perdiese su voluntad».

[3] 3Ll 11 [Obras, 1046].

[4]Stein, E., Ciencia de la Cruz, 220.

[5]Avisos, 1 [Obras, 127].

[6] 3Ll 11 [Obras, 1046].

[7]Grados de perfección, 15 [Obras, 133].

[8] 2N 16, 5 [Obras, 647].

[9]Avisos, 3 [Obras, 129].

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