II. El Carmen o la Cartuja (2)

En este contexto hay que entender el suceso que relata la misma santa Teresa, acaecido en Medina del Campo en septiembre del año 1567: «Poco después acertó a venir allí un padre de poca edad, que estaba estudiando en Salamanca, y él fue con otro por compañero, el cual me dijo grandes cosas de la vida que este padre hacía. Llámase Fray Juan de la Cruz. Yo alabé a Nuestro Señor, y hablándole, contentóme mucho y supe de él como se quería también ir a los cartujos. Yo le dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio, y el gran bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma Orden y cuanto más serviría al Señor. El me dio la palabra de hacerlo con que no se tardase mucho»[1].

El encuentro tuvo lugar en los días posteriores a la Primera Misa de san Juan de la Cruz en Medina, después de ser ordenado sacerdote en Salamanca y haber hecho profesión solemne para el Carmen. Teresa de Jesús estaba allí comenzando la segunda fundación de su Reforma de descalzas, que había dado inicio con la inauguración del Convento de San José, en Ávila, el 24 de agosto de 1562. Tras la reciente visita a España del Superior General de la Orden, fray Juan Bautista Rubeo, había obtenido de él permisos para fundar tantos monasterios de monjas reformadas «cuantos pelos tenía en la cabeza»[2]. Pero más le preocupaba iniciar reforma de los frailes y a mucho porfiar, e incluso siendo el p. Rubeo partidario, a su modo, del retorno a la observancia primera, alcanzó licencias para solos dos conventos, y sujetos a los Provinciales «calzados». Necesitaba ahora casa y monjes, y en esas estaba cuando Dios le preparó este encuentro decisivo[3].

Diferente era la situación de Juan[4]. Acababa de ser ordenado sacerdote carmelita, con el convencimiento pleno de estar obrando el plan divino para él. Ha vivido en Salamanca una vida de mayor austeridad y oración que la de sus pares, con la debida autorización, y esto le ha dado como rédito humano un notable ascendiente (antes de ser ordenado ya había sido nombrado Prefecto de los estudiantes, tarea de gran responsabilidad religiosa e intelectual). Pero halla que sus deseos de recogimiento no se pueden ver del todo satisfechos de continuarse así su vida. Al menos duda de eso, y no descarta, entonces, un futuro paso a la cartuja: «Anhela vida más retirada de la que ofrece el Carmen. Espíritu contemplativo, busca el retiro del mundo para entregarse a Dios en una vida de penitencia, oración y místico recogimiento» [5]. En el Carmen vive según el espíritu desnudo del Carmen, pero constituye una excepción, y está sujetado por la voluntad de quien debe autorizarlo.

Por Constitución apostólica del Papa Martín V, dada el 29 de julio de 1418, los trámites de paso desde cualquier Orden mendicante a la Cartuja estaban facilitados al máximo; solamente bastaba el deseo explícito del religioso y el convenio de los respectivos superiores. Muchos recorrían este camino en busca de mayor estado de perfección.

Esta realidad estaba tan a su vista como la verdad enseñada por santo Tomás de Aquino de que en ciertos casos «puede ser loable el paso de una religión a otra»[6]. Porque para él estaba claro que el ideal del Carmelo era, vivido en plenitud, tan esforzado como el de la Cartuja[7]; pero tenía ante sus ojos la defección a nivel general de aquel espíritu primero, oficializada por una nueva Regla, mitigada, aplicada a todos los miembros, de la cual había que «exceptuarse» para vivir en todo rigor las exigencias contemplativas que presentaban el Speculum y la Institutio.

Creo se trata de una purificación de su vocación. Ciertamente no era una decisión tomada, porque de lo contrario no se explica que esté matriculado ya en octubre para un nuevo curso en la Universidad, y tampoco sería propio suyo el no haber comunicado con sus superiores lo que luego dijo de primeras a santa Teresa. Efrén-Steggink hablan de sus inquietudes en base a la precariedad de la permisión personal que recibe para el ejercicio de la vida eremítica carmelitana: buscaba una solución más radical y no particular, y no descubría la posibilidad de hallarla tal cual estaba el Carmen convertido casi en una Orden mendicante. Pero, por otra parte, Dios no se manifestaba de otra manera; no le indicaba de ningún modo el paso que barruntaba dar como solución a sus desasosiegos. «Fr. Juan pensaba y pensaba, se angustiaba y lo encomendaba a Dios, que no pide imposibles, y si aquella era su vocación tenía que realizarse. No lo podía dudar en fe. Pero aquello, por entonces, parecía de todo punto imposible, según razón y según ley» [8].

El paso al desierto cartujano aparecía, pues, como la salida natural, pero se topaba conel escollo de su compromiso carmelita, y en el fondo con la prioridad del plan de Dios y la llamada de María Santísima: «... aquella solución facilona era imposible, le sonaba como a traición, se había consagrado muy a sabiendas a la Sma. Virgen en su Orden, y estaba marcado con aquel ideal. Era carmelita hasta los tuétanos, y todas sus actitudes, desde la toma de hábito, eran pasos hacia la meta final, revestirse definitivamente de la “forma de la Virgen María” y llegar a ser como ella, “que no tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo”. Es una frivolidad comparar su caso con el de la mayoría, que sólo aspiraba a un cambio de actitudes canónicas, sin la profundidad teológica que atañe al ser: los espíritus triviales podían cambiar de hábito o de Regla, como se cambia de camisa, porque “el hábito –decían– no hace al monje”. Para Fr. Juan aquel cambio era como si un escultor que ha esculpido una imagen de San Antonio Abad tiene que hacer de ella un Niño Jesús de cuna. Algo así, pero más aún»[9].

Visto así se comprende que este santo de decisiones tan meditadas y personalísimas haya pasado en un instante del deseo de «ir a los cartujos» a la confirmación de su persona para dar inicio a la reforma de los carmelitas descalzos. El conocimiento de los propósitos de santa Teresa (ya comenzados a poner en obra en las monjas) y la sorpresa de las patentes con licencia para dos conventos de «carmelitas contemplativos» (así los denominaba el p. Rubeo), hicieron lo suyo, como señales del austro eterno, que le recordaba los amores de su profesión inmutable. Pero más hizo su perseverancia en medio de la desazón y la unicidad irrompible de su amor y fe. Dios le había probado[«el que no ha sido tentado, ¿qué sabe?» (Sir 34, 9)], y en la experiencia del cierzo muerto de la inquietud y el abandono, de esa angustia espiritual en que se debatía por su ideal contemplativo, había encontrado un criterio superior.

Y es que la voluntad de Dios seguía siendo su único motivo, pero pasada la prueba se le clarificaba en una visión totalmente sobrenatural, y soberanamente realista (y tomista) de sí y de cualquier circunstancia que le pudiera atañer. Ahora se veía y veía todo desde Dios, con la mirada de Dios, asumiendo místicamente la verdad que en las aulas había aprendido en el plano especulativo: que «Dios ve todo simultáneamente, porque lo ve todo en uno, que es su propia Esencia»[10]. «La pureza de la sabiduría divina hace que, viéndose una, se vean otras muchas cosas en ella»[11].

 

 

 

Procesión día de Corpus Christi, Monasterio Nuestra Señora del Pueyo, IVE

 

 



[1]Libro de las fundaciones, 3, 17. En S. Teresa, Obras completas, 528.

[2] El p. Domingo Báñez testifica haber oído al p. Rubeo decir estas palabras a la santa (cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 221).

[3] Tenía la santa apalabrado a fray Antonio de Heredia, prior del Convento carmelita de Medina del Campo, y futuro compañero de san Juan de la Cruz en la primera fundación de la Reforma. Este fraile tenía tomada la decisión de pasar a la Cartuja, pero optó por su Orden una vez conocidos los planes y licencias con que contaba santa Teresa. Ella no se fiaba del todo de él, pues con ser bueno, notaba le faltaba arrojo, y por ser demasiado prolijo «parecía uno de los que autorizaban la Religión más con autoridad de mundo que con menosprecio y bajeza». Por eso se alegró sobremanera al dar con Juan de Santo Matías, de quien no tuvo dudas, e hizo de su parte por lograr se descalzase primero (cf. Fundaciones, 3, 16; 13, 1-4; 14, 1. En S. Teresa, Obras completas, 528; 554-556. También cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 213-214).

[4] Puede verse a todo este respecto Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., cc. 11-13 (168-218); en especial el c. 11, titulado «En una noche oscura», en el cual se da una muy apropiada idea del estado existencial de san Juan de la Cruz antes de unirse a la Reforma.

[5]Crisógono, «Vida», 89.

[6]S. Th., II-II, 189, 8, c.: «Potesttamenaliquislaudabiliter de una religionetransire ad aliam». Recojo aquí ideas de un escrito breve del p. Miguel Ángel Fuentes, IVE, titulado Relativo a los votos religiosos, que está a disposición y del que he sido hecho partícipe, donde aclara especialmente el recto sentido de la segunda de las causas que pone a este respecto santo Tomás: «propterdeclinationemreligionis a debita perfectione».

[7] Cf. Crisógono, «Vida», 285-287.

[8]Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 196.

[9]Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 197. La cita interior, referida a la Virgen, es del santo: 3S 2, 10 [Obras, 410].

[10] «Deus omnia simul videt, quia omnia videt per unum, quod est essentia sua» (S. Th., I, 85, 4, c.). El entendimiento entiende todo por partes, y tiende naturalmente a darle más entidad a las partes que al todo (es el criterio humano, natural, recto hasta cierto punto). Cuando se considera a Dios, y a todas las cosas estrictamente desde Dios, en la medida en que nos está dado aquí, entonces las partes, «lo finito» digamos, lo que no es Dios, se desdibuja en sí y se clarifica en unidad y dependencia, se comprende mejor a la luz del todo ordenado, del plan original y eterno (es el criterio verdaderamente realista, y tomista, sobrenatural). «Por este principio pretendía Fr. Juan llegar al “punto de vista” de los místicos, que para recibir la luz de Dios sobrenatural, a la cual se ordena la contemplación, hay que abandonar las semejanzas del conocimiento natural, que va por partes, para remontarse por ellas a la causa suprema» (Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 198).

[11]Stein, E., Ciencia de la Cruz, 265.

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