II. El Carmen o la Cartuja (1)

De entre los jóvenes egresados del Colegio de la Compañía en Medina del Campo el año 1563, ocho eligieron la vida religiosa, cuatro en la Orden de Predicadores, 1 para la Orden de Frailes Menores y tres en el Carmen, de entre los cuales Juan de Yepes, que contaba 21 años (23 según Efrén-Steggink), y recibió en la Orden el nombre de Juan de Santo Matías[1].

Crisógono califica de «pura leyenda» algunas hablillas según las cuales Dios le habría revelado a Juan que ingresase en la Orden «más caída de observancia», para reformarla. Tampoco acepta «detalles milagrosos» en su elección, ni revelaciones expresas [2]. No tienen fundamento: «ni hubo revelación ni entra en el Carmen con propósitos reformadores». Los testimonios contemporáneos al santo apuntan, por otra parte, una motivación mucho más sencilla (y hasta más propia del modo que tiene Dios de mostrar su Voluntad[3]): el amor que el joven sentía por la Santísima Virgen, que dos veces le había liberado en persona de la muerte: «... la elección de la Orden de la Virgen del Carmen fue por pura devoción personal a la Sma. Virgen, una vez sabido que tenía que ser religioso»[4]; «se determinó a dedicarse todo al servicio de su Criador y de esta Señora, para gastar su vida sirviendo a la que se le mostraba tan Madre y dos veces le había conservado tan milagrosamente»[5].

Así se determinó, y él mismo dio testimonio de ello en muchas ocasiones. Pero su hermano Francisco añade que también le atrajo al Carmelo su deseo de «apartarse más y apretarse más»[6], es decir, que vio allí oportunidad de dar al servicio de Nuestro Señor y de su Madre toda su persona.

En el «ideal» carmelitano encontró un modo de llevar adelante sus aspiraciones interiores y sobrenaturales. Lo conocía, pero lo profundizó, siendo novicio, en la lectura y meditación de un volumen llamado Speculum ordinis, dentro del cual se incluía la Institución de los primeros monjes (Institutio), donde se consignaba el auténtico espíritu del Carmelo y el modo de vivirlo de los antiguos ermitaños de la Orden [7].

El presentado en estas obras era un ideal eremítico-contemplativo, presente en la Regla primitiva del Patriarca Alberto de Jerusalén, según las costumbres de los solitarios del Carmelo y el ejemplo de Elías y Eliseo (Cf. 2Re 6), aprobado en última instancia por el Papa Inocencio IV, que le había introducido algunos elementos cenobíticos. Estos textos primitivos habían caído en desuso tras la promulgación de una adaptación mitigada de la Regla, dada por el Papa Eugenio IV. Pero el ideal permanecía intacto, y no eran poco los carmelitas que aspiraban a la vida primitiva sin lenitivos. Por otra parte, la «mitigación» no dejaba de ser exigente y la Orden, bajo la segunda Regla, no sólo no se arruinaba, sino que se fortalecía y daba frutos[8].

 


 

Monjes del Verbo Encarnado, comunidad de Nuestra Señora del Pueyo (Barbastro), a la que pertenece el P. Juan Manuel Rossi, autor del presente artículo.

 

A Juan, empero, le había tocado el corazón aquel primer ideal, que hizo suyo. Cuando años más tarde, en 1581, dirija la redacción de las Constituciones de la descalcez, quedará claro el modo en que había asimilado aquella primitiva observancia rezada en el Speculum, desde la indicación fundamental de vacar día y noche en «conversación celestial y sancta penitencia», hasta los detalles más sencillos, referentes a modo de vestir y de trabajar, a los momentos y lugares de soledad, al orden litúrgico (según el rito jerosolimitano), a la abstinencia perpetua, etc.

Al completar su año de Noviciado y profesar, fue trasladado para su formación teológica al Colegio de San Andrés que los carmelitas tenían en Salamanca, donde asistían a las clases de la Universidad. Por aquellos años, y quizás ya desde Medina, Juan obtenía permiso personal para ejercitarse en la observancia primera, sin dejar de formar parte de la comunidad, que se ejercitaba según la «mitigación». Cuenta el p. Jerónimo de San José que, por entonces, «le dieron licencia para que ajustado a la exterior vivienda de la Comunidad, siguiese y ejercitase en lo demás las observancias primitivas [...] Con esta licencia comenzó fray Juan a entablar y disponer su vida en tal forma, que, siendo en el hábito y ejercicios regulares de comunidad igual y semejante a todos, era en la perfección y rigor de ellos singularísimo y parecido a ninguno [...] Donde principalmente puso la mira y el cuidado fue en aquel capítulo de Regla en que se manda orar día y noche recogidos en la celda, y lo asentó en lo íntimo de su corazón, donde echó desde entonces tan hondas raíces, que vino a producir soberanos frutos de altísima contemplación»[9]. Sabemos también que esta elevada práctica de vida religiosa dio frutos inmediatos entre los que vivían con él: «sólo mirarla componía a otros, que se guardaban de hacer delante de él imperfecciones, viéndose como reprendidos de aquella imagen viva de modestia religiosa; y si desde lejos le veían que venía a pasar por junto a ellos, se mesuraban hasta que él pasaba»[10].

Tenemos pues que Juan de la Cruz –según aquellos que lo biografiaron– no hizo ingreso en los carmelitas con pretensiones de establecer una Reforma en cuanto tal y tampoco tomó escándalo de la generalizada mitigación de los miembros de la Orden; antes se enamoró de tal modo de la perfección a que lo alentaba el ideal en ella presentado (el espíritu del Carmelo), que buscó vivirlo de manera radical, para redimirlo en sí y redimir por medio de su fidelidad a sus compañeros de profesión: «no hay fraile que no diga bien de él» –afirmaba Teresa de Jesús refiriéndose a este tiempo– «porque ha sido su vida de gran penitencia»[11].

 

 

 



[1] Cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 109-113. Estos autores se apartan de la opinión general de haber nacido el santo el año de 1942, y ponen esta fecha en 1940 (24 de junio), con respetables argumentos, no decisivos (Cf. Tiempo y vida..., 53-54).

[2] Cf.Crisógono, «Vida», 57-58.

[3] Cf. 3S 32, 3 [Obras, 497]: «... cuanto Dios es más creído y servido sin testimonios y señales, tanto más es del alma ensalzado. Pues cree de Dios más que las señales y milagros le pueden dar a entender».

[4]Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 109.

[5]Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 52.

[6] Cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 110.

[7] Cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 123-126. El autor del Speculumy de la Institutiofue, según la crítica, el catalán Felipe Ribot, muerto en 1391. El texto de que disponían san Juan de la Cruz y sus contemporáneos era una codificación hecha en Venecia en 1507, en base a los varios manuscritos de este autor. Del Speculumha dicho el beato Tito Brandsma (Dictionnaire de Spiritualité, Beauchesne [París 1932], «Carmes»): «Jamás Orden religiosa ha tenido un libro que, como éste, ofrezca a sus súbditos una norma y un fin de vida tan explícito, anunciando formalmente la vocación a la vida mística».

[8] Cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 194.

[9]Historia del Venerable Padre..., I, 5, 5-6.

[10] P. José de Jesús María Quiroga, Historia de la vida y virtudes del Venerable P. Fr. Juan de la Cruz, Imprenta de Iván Meerbeeck (Bruselas 1628), l. I, c. 3. De las primeras biografías del santo, preparada por el p. Quiroga, que fue cronista oficial de la Reforma.

[11]Carta a d. Francisco de Salcedo, fines de septiembre de 1568. En Santa Teresa de Jesús, Obras completas, BAC (Madrid 1979), 681.

Escribir comentario

Comentarios: 0