I. Vocación

Royo Marín resume el sistema místico de san Juan de la Cruz con un principio fundamental y único, tan sencillo como elocuente en su interpelación, que es el siguiente: Dios es Todo; la criatura, nada. De aquí siguen «dos grandes consecuencias»: que hay que desprenderse absolutamente de lo que es nada, y que hay que unirse íntimamente al que es el Todo[1].

Este esquema se aplica de modo especial a la doctrina sanjuanista sobre la vida religiosa, e implica una doble consideración: la prioridad absoluta de la Voluntad de Dios en la vocación personal y la necesidad de una cooperación propia por medio de un seguimiento que ha de ser fundamentalmente crucificado.

De joven tenía Juan de Yepes «pasión por lo heroico» [2], que es una natural inclinación (roborada en la escuela familiar y en especial por el ejemplo de su madre) a dar más y a darse más, a «dedicarse» en la atención del prójimo y en el servicio de Dios. Pero no fue esta aptitud para la entrega y prestación de sí la que lo decidió al ingreso en religión[3]. Tampoco puede atribuirse esta decisión, en última instancia, a la formación religiosa que había recibido como niño de la Doctrina y en su juventud con los jesuitas de Medina del Campo, con los cuales es muy probable que haya practicado los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Ni al entorno familiar (su hermano estaba muy cristianamente casado allí mismo, en Medina, por consejo de su madre[4]) ni humano (su protector Alonso Álvarez de Toledo, fundador del Hospital en el que Juan trabajaba como enfermero, lo quería para cura capellán[5]).

Todos estos factores fomentaron en él un deseo de mayor perfección, pero el motivo determinante fue el convencimiento de que era esta la Voluntad de Dios, manifestada en la oración. Había aprendido que es Su Divina Majestad el único que puede elegir y recibir en la «tal vida y estado»[6] y se lo pidió: «Rogaba con ansias al Señor fuese servido de encaminarle al estado de vida que más le hubiese de agradar» [7]. Y tuvo la respuesta también en la oración: «Andando el Siervo del Señor con continuos deseos de perfeccionar cada día más sus ejercicios en el servicio de Dios, absorto un día en la oración pidiéndole a Dios le encaminase en su servicio, oyó en su alma esta voz del Señor: habiendo tú abrazado la vida monástica, levantarás una nueva perfección» [8].

«Juan, por temperamento, era incapaz de tomar decisiones mediocres ni calculadas por razones oportunistas. En él era todo absoluto y llevado hasta sus últimas consecuencias»[9]. Una vez vio con claridad que Dios le tenía preparada la vida religiosa en el Carmen, la abrazó sin demoras ni lenitivos. Y en esa inmediatez del seguimiento de Cristo mostraba su primera convicción sobre la vocación: era la obra de Dios en él.

Todo el ejercicio de vida consagrada de san Juan de la Cruz hay que verlo con esta perspectiva: el santo es consciente de estar cooperando con el plan divino[10]. Esta afirmación puede parecer trillada si se la mira superficialmente, pero considerada en profundidad es apta para forzar en el alma del religioso un empeño radical. Porque lo hace ver que Dios trabaja por él no solamente al llamarlo e inspirarle su separación del mundo, sino también aparejándole una religión concreta, y las dificultades y las gracias concretas que en ella ha de encontrar, y los compañeros, y superiores, y destinos, y oficios, y todo lo que haga a su vida desde el momento de abrazarla resueltamente. Todo está pensado por Dios para la santificación personal del religioso, y para el cumplimiento de su misión en el mundo y en la Iglesia, al punto de poder decir de algún modo que el estado religioso ha sido creado para él, para que él se salve y santifique, y la tal orden y la tal comunidad han sido creadas también para él. Y en este sentido nadie puede arrancarle de lo prometido, por fuerzas que preste: «No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo, en que me diste todo lo que quiero [...] Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores...»[11].

Todo es del religioso, para Juan de la Cruz, porque suya es la obra de Dios, puesta a su disposición. Solamente él (el consagrado), con sus infidelidades, puede aparatársela, y esto no sólo rehuyendo a la entrega, sino sobre todo tomando lo que entregó una vez hecha esta. Así se frustra el plan eterno, y se echan en balde las esmeradas preocupaciones de Su Divina Majestad. Este texto es muy claro al respecto: «... acaecerá que anda Dios ungiendo algunas almas con ungüentos de santos deseos y motivos de dejar el mundo y mudar la vida o estilo y servir a Dios, despreciando el siglo (lo cual tiene Dios en mucho haber acabado con ellas de llegarlas hasta esto, porque las cosas del siglo no son voluntad de Dios), y ellos allá con unas razones humanas o respetos harto contrarios a la doctrina de Cristo y su humildad y desprecio de todas las cosas, estribando en su propio interés o gusto, o por temer donde no hay que temer, o se lo dificultan, o se lo dilatan, o, lo que es peor, por quitárselo de su corazón trabajan»[12].

Es notable, y lo destaca un comentarista, la entidad que da Juan de la Cruz a los desvelos de Dios por sus almas predilectas, las elegidas, a las cuales esfuerza y anima con un desinterés estremecedor, y para las cuales como que se deshace en delicadezas de cruces y desasimientos, por medio de los que las configura con Sí en toda desnudez: «anda el Señor predicando actualmente a esas almas el evangelio de su seguimiento» [13].

Esta presentación, pues, de la vocación del religioso «como trabajo de Dios, estorbado y estropeado, insensatamente, por el hombre falto de sentido de Dios y de su espíritu iluminador y discernidor»[14], nos pone ya en la senda de una interpretación global de la vida religiosa como crucifixión y como misterio oblativo[15]. Porque la obra de Dios en el religioso consiste principalmente en ayudarle a morir (que es la obra que hizo Dios en Cristo, cuando estaba en Él, «reconciliando al mundo consigo y no imputándole sus delitos» -2Cor 5, 19): «De lo dicho tenemos figura en el libro de los Jueces (2, 3), donde se dice que vino el ángel a los hijos de Israel y les dijo que, porque no habían acabado con aquella gente contraria, sino antes se habían confederado con algunos de ellos, por eso se los había de dejar entre ellos por enemigos, para que les fuesen ocasión de caída y perdición. Y, justamente, hace Dios esto con algunas almas, a las cuales, habiéndolas Él sacado del mundo, y muértoles los gigantes de sus pecados, y acabado la multitud de sus enemigos, que son las ocasiones que en el mundo tenían (solo porque ellos entraran con más libertad en esta tierra de promisión de la unión divina) y ellos todavía traban amistad y alianza con la gente menuda de imperfecciones, no acabándolas de mortificar, por eso, enojado Nuestro Señor, les deja ir cayendo en sus apetitos de peor en peor»[16].

Dios se desvive, en conclusión, por el religioso al que llama, trabaja por él desinteresadamente[17]. Lo regala con una vocación que supera en obsequio a la misma creación desde la nada, porque poniéndolo en ella le pone en un ambiente sobrenatural[18]. Pero le pide una colaboración, que es como cortar un hilo, o un pelo. Esta es su grandísima cruz: «un hilo y un pelo», «pero, por fácil que es, si no lo quiebra, no volará»[19].

La lógica nacida, entonces, de aquella convicción de que es Dios el director y libretista de toda la vida consagrada, lleva de manera implacable a san Juan de la Cruz a reconocer en todas las situaciones que hacen diariamente a su vida religiosa, ese hilo y pelo que se debe quebrar irremediablemente para volar. Aplicación concreta hay, por ejemplo, en el documento titulado Avisos a un religioso para alcanzar la perfección[20], verdadera carta magna del ejercicio de la vida consagrada; allí da cuatro consejos, sobre los que habrá que volver: resignación, mortificación, ejercicio de las virtudes y soledad. Cuando recomienda la mortificación señala una inferencia manifiesta de lo dicho hasta aquí (y está puesto como mortificación bien propia del religioso): «... le conviene muy de veras poner en su corazón esta verdad, y es que no ha venido al convento sino para que le labren y ejerciten en la virtud, y que es como la piedra que la han de pulir y labrar antes de que la asienten en el edificio [...] ha de entender que todos los que están en el convento no son más que oficiales que tiene Dios allí puestos para que solamente le labren y pulan en mortificación, y que unos le han de labrar con la palabra, diciéndole lo que no quisiera oír; otros con la obra, haciendo contra él lo que no quisiera sufrir; otros con la condición, siéndole molestos y pesados en sí y en su manera de proceder; otros con los pensamientos, sintiendo en ellos o pensando en ellos que no le estiman ni aman»[21].Un texto paralelo encontramos en las Cautelas contra los enemigos del alma (otra joya de la espiritualidad religiosa)[22]; con algunos nuevos matices: «... para librarte de todas las turbaciones e imperfecciones que se te pueden ofrecer acerca de las condiciones y trato de los religiosos y sacar provecho de todo acaecimiento, conviene que pienses que todos son oficiales que están en el convento para ejercitarte, como a la verdad lo son, y que unos te han de labrar de palabra, otros de obra, otros de pensamientos contra ti, y que en todo esto tú has de estar sujeto, como la imagen lo está ya al que la labra, ya al que la pinta, ya al que la dora»[23].

La palabra «labrar», en español, tiene el significado de «trabajar una materia reduciéndola al estado o forma conveniente para usarla»[24]. En este trabajo de labranza Dios es el artífice principal («es Dios el obrero de todo» dice en otro sitio[25]), y el religioso es la materia que ha de ser dispuesta por Él para el uso o misión conveniente, no según las propias miras sino atendiendo a las más altas intenciones de Quien lo labra. Juan de la Cruz entiende que todos los bienes que ha recibido y tiene (talentos personales, formación, virtudes y aptitudes naturales, gracias sobrenaturales, gracias gratis datæ, etc.) son parte de ese plan para el que ha sido llamado y a esa disposición los pone. Y entiende también que son parte de este «trabajo» que hace Dios sobre sí todas las contrariedades y objeciones, incomodidades, defectos, incomprensiones y malos tratos de parte de los más cercanos (como se demostrará más adelante), los ataques del demonio, los aparentes abandonos y sequedades en que lo deja Dios, etc.

Quienes entienden de este modo la acción divina en sí, no pueden responder más que con una fidelidad incondicional, de frente al bien que se les hace, y sobre todo de frente a los males que reciben, poniendo y ordenando todo al servicio de Dios, como «frailes de espera en Dios más que de trazas y provisiones»[26], con la conciencia de que todo lo que no es Él –lo quiera o no– «obedece a su potestad» y «está desnudo y abierto ante sus ojos»[27], y que por tanto «aunque la batería sea grande y de muchas maneras, todo se volverá en corona»[28] para los que perseveren fieles [29].

Para quienes, al contrario, no entiendan de este modo la vocación, «no había para qué venir a la Religión, sino estarse en el mundo buscando su consuelo, honra y crédito y sus anchuras»[30].

 

 



[1]Royo Marín, A., Los grandes maestros..., 354-355.

[2]Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 80.

[3] «Desde luego, no es la suya una resolución repentina» (Crisógono, «Vida», 56).

[4] Cf. Crisógono, «Vida», 34; 49-50.

[5] Cf. Crisógono, «Vida», 55; 106.

[6] EE, 98.

[7]Jerónimo, Historia del Venerable Padre..., I, 4, 5.

[8]Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 52.

[9]Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 110.

[10] «Este es el sentido de la vocación a la vida consagrada: una iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn 15, 16), que exige de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega total y exclusiva» (San Juan Pablo II, Exh. ap. Vita consecrata, 17).

[11]Dichos de luz y amor, 26-27 [Obras, 96].

[12]Llama de amor viva, canción III, 62 (3Ll 62) [Obras, 1092-1093]. Habla aquí el santo propiamente de aquellos que cumplen función de guías espirituales y aconsejan según estos criterios mundanos («Que, teniendo el espíritu poco devoto, muy vestido de mundo, y poco ablandado en Cristo, como ellos no entran por la puerta estrecha de la vida, tampoco dejan entrar a los otros») en contra de la vida religiosa de quienes quieren profesar o ya lo han hecho. Si bien es norma general que en toda defección se encuentre algún consejo de este tipo, es preciso también señalar que la asunción de este criterio depende siempre en último lugar de la persona que decide según ello.

[13]Rodríguez, J., Cien fichas..., 299.

[14]Rodríguez, J., Cien fichas..., 298.

[15] «La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus manos. Precisamente por esto, siguiendo a santo Tomás, se puede comprender la identidad de la persona consagrada a partir de la totalidad de su entrega, equiparable a un auténtico holocausto» (San Juan Pablo II, Exh. ap. Vita consecrata, 17).

[16]Subida al Monte Carmelo, libro I, capítulo 11, 7 (1S 11, 7) [Obras, 207].

[17] Cf. 3Ll 6 [Obras, 1040]: «... y como él sea liberal, conoces que te ama y hace mercedes con liberalidad sin algún interese, sólo por hacerte el bien».

[18] Cf. 1S 6, 4 [Obras, 184]: «Por lo visto se verá cuánto más hace Dios en limpiar y purgar una alma de estas contrariedades [apetitos y bienes del mundo, lo que no es Dios], que en criarla de nonada».

[19] Cf. 1S 11, 4-5 [Obras, 204-206].

[20]Obras, 127-131.

[21]Avisos, 3 [Obras, 128].

[22]Instrucción y cautelas de que debe usar el que desea sea verdadero religioso y llegar a la perfección [Obras, 119-126].

[23]Cautelas, 15: «Primera cautela contra sí mismo y sagacidad de su sensualidad» [Obras, 125].

[24] Recordemos aquí lo que dicen algunos de sus contemporáneos de su época de prior del Convento del Calvario, en la Sierra del Segura: «El tiempo que le sobraba de sus ocupaciones y obligaciones, que eran muchas, lo gastaba como por recreación en labrar unos cristos de madera que hacía»: y otro: «En las horas de recreación, con una punta como de lanceta, labraba curiosamente imagencitas». Las referencias las trae Crisógono, «Vida», 212, y pertenecen a los Memoriales historiales en orden a las obras de santa Teresa y san Juan de la Cruz, recogidos del Archivo General de la Orden por fray Andrés de la Encarnación (Manuscrito 13.482 de la Biblioteca Nacional de Madrid, ff. 24. 58).

[25] 1Ll 9 [Obras, 961]; texto similar en 3S 31, 7 [Obras, 494].

[26] Así lo dijo el santo a los carmelitas de la granja de Santa Ana, que estaba a su cargo, al despedirse de ellos para regresar a Baeza, probablemente en 1580. La historia la trae Alonso y la recoge Crisógono, «Vida», 261.

[27]S. Th., I, 8, 3, c.: «... omnia eius potestati subduntur»; «... omnia sunt nuda et aperta oculis eius».

[28]Carta a una religiosa, 22 de agosto de 1591 [Obras, 1332].

[29] Cf. Rom 8, 28:«scimus autem quoniam diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum his qui secundum propositum vocati sunt sancti».

[30]Avisos, 3 [Obras, 129].

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