“La Cuaresma de este Año Jubilar ha de ser vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimental la misericordia de Dios”

Así se expresaba el Papa Francisco al convocar el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que ha comenzado el pasado 8 de diciembre y culminará el 20 de noviembre de este año. Por eso, quisiera proponeros una reflexiona la luz de un Salmo y de un cuadro. Salmo 50

 


Este hermoso salmo
-que os invito a leer y meditar a lo largo de estos cuarenta días- fue compuesto por el rey David, y es el desahogo de su profundo dolor después de haber cometido adulterio y homicidio. Podéis leer la historia en II Reyes, caps. 11 y 12 (en algunas Biblias está en IV Reyes). Esta manifestación de dolor confiado comienza con estas palabras: 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

por tu inmensa compasión borra mi culpa,

lava del todo mi delito, limpia mi pecado

David ha reconocido su pecado, ese acto deforme y repugnante que ha cometido ante Dios. No se excusa, ni tampoco acusa a otros. Tampoco trata de “maquillar” su pecado, de hacerlo parecer menos grave de lo que es. Él pondera las cosas en su justa medida y las llama por su nombre: mi culpa, mi delito, mi pecado. Se entrega a Dios sin ensayar defensa, como un delincuente se entrega al juez después de cometer un crimen. ...Y pide misericordia. Quisiera llamaros la atención sobre el motivo que David aduce para pedir misericordia a Dios: por tu bondad, por tu inmensa compasión. David reconoce la gravedad de su pecado, tremendo, horrible a los ojos de un Dios infinitamente Santo. Pero también reconoce la misericordia de ese Dios Todopoderoso, capaz de borrar, lavar, limpiar un océano inmenso de pecados.

El poder de Dios no está reñido con su misericordia. A nosotros nos suena paradójico, porque estamos acostumbrados a que en nuestro mundo, injusto y pecador, los que tienen poder lo hacen pesar sobre los demás. Pero Dios no es así. Él manifiesta su poder apiadándose, perdonando, borrando de un plumazo nuestros pecados, lavando nuestras almas y dejándonos tan limpios como antes de pecar, o incluso más limpios, si nuestro dolor y arrepentimiento es muy grande: Aunque tus pecados sean rojos como la grana, quedarán blancos como la nieve.

 

David lo sabía, y por eso no duda en confesar su pecado delante de Natán. Y por esa sinceridad y confianza, Dios lo perdona inmediatamente.

-“El regreso del hijo pródigo”

 

 

 


Así se llama una de las obras más conocidas y hermosas de Rembrandt. Imposible describir en estas pocas líneas todos los particulares de este magnífico cuadro. Solo quiero detenerme en un detalle. Si observáis las manos, veréis que no son iguales.Una es recia, fornida, nudosa, como la mano de un hombre fuerte, trabajador: una mano de Padre; la otra, en cambio, es delicada, blanda, y hasta parecería suave al tacto...: una mano de Madre. ¿Por qué las pintó así?Para significar la actitud de Dios hacia nosotros.Dios es un Padre firme, justo, sabe exigirnos el cumplimiento de sus mandamientos, nos corrige cuando erramos el camino, permite el sufrimiento y la tribulación para quebrantar la ceguera de nuestro corazón, entenebrecido por nuestros pecados y pasiones desordenadas. Pero Dios tiene también la ternura y la paciencia de una madre: nos espera cuando nos vamos de su lado, sufre nuestra ausencia, nos acoge cuando regresamos, nos perdona cuando le confesamos nuestras maldades, nos abraza y consuela cuando lloramos por haberlo ofendido. Y también se hace encontradizo cuando no nos animamos a buscarlo, cuando por la vergüenza no nos atrevemos a regresar...

Esto nos lleva a examinar nuestra actitud respecto de la Confesión: ¿Soy consciente de la necesidad absoluta de este Sacramento, siempre y para todos los cristianos? ¿Lo veo como un encuentro vivo con Dios, con Jesucristo, con su misericordia? ¿Me confieso a menudo, o me privo de este Sacramento porque “yo no robo ni mato”? ¿Conozco la diferencia entre pecado mortal y pecado venial? ¿Soy consciente de que un solo pecado mortal expulsa a Dios de mi alma, y por eso no puedo recibir la Comunión sin antes confesarme y recibir la absolución? ¿Comprendo que Dios goza al lavarme con su misericordia, y quiere hacerme experimentar la ternura de su perdón a través de la Confesión?

 

No se puede entender un cristiano sin misericordia, y no se entiende la misericordia si no se ha experimentado el perdón de los propios pecados. Por eso dice el Papa Francisco: “De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior”.Os deseo a todos este fruto para esta Cuaresma.

Hermana María del Espíritu Santo

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Comentarios: 1
  • #1

    EGLEE mMRELES (jueves, 11 febrero 2016 11:31)

    Saludos, tengo la necesidad de consagrarme y servirle al Señor Jesús, para contemplarle y orar por el mundo, y quisiera saber de cuántos años admiten, para ser monjas contemplativas, tengo 51 años de edad, y siento el llamado.Gracias