ESPOSAS DEL VERBO[1]

El don más grande que Dios hace a la criatura humana, es la gracia de la adopción sobrenatural en Jesucristo. Dios deja desbordar sobre la criatura su inconmensurable Amor para elevarla hasta la participación de su Vida y de su felicidad.
Este don excede las fuerzas de la naturaleza y hace verdaderamente al hombre hijo del Padre, hermano del Hijo y templo del Espíritu Santo.
Hay una relación con Dios más íntima y más profunda aun... ¡cuando es invitada a la condición de esposa!
Jesús compara el Reino de Dios a un banquete nupcial: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo... (Mt 22,2ss). Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio... (Mt 25,1ss).

¿Cuál es la condición de la esposa?
– para ella el esposo no tiene secretos;
– vive con Él en la más grande intimidad;
– vive con Él en el amor más tierno.

La unión de los esposos es más grande que la unión de los padres y de los hijos: Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer... (Gn 2,24). Ninguna unión sobrepasa a esta en intimidad, en ternura, en fecundidad.
Al contraer con Jesús tal unión, éste invita al alma consagrada a que haga los votos religiosos. De toda alma bautizada puede decirse –en cierto modo– que es esposa del Verbo: Os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo (2Cor 11,2). Sí, pero la calidad de esposa, une con unión más estrecha y resplandece más en las almas que se consagran bajo voto. En ellas se realiza plenamente la condición de esposa. La unión esponsalicia del alma consagrada con Cristo constituye la cima de toda la vida religiosa. Por eso la virgen consagrada, faltaría a su vocación y a su ideal, si no tiende con todas sus fuerzas, a esa unión íntima con Dios.

El Verbo Encarnado se da a sí mismo en persona como esposo:
Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán» (Mt 9,15). El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Ésta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud (Jn 3,29).

De sus labios sale una invitación prodigiosa capaz de estremecer el corazón humano.
Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: Mirad, mi banquete está
preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda (Mt 22,4).
Venid a las bodas, ad nuptias. San Pablo –refiriéndose a la Iglesia y aplicable a cada alma consagrada en particular– dice: Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada (Ef 5,25-27).

Esposa digna de las “bodas del Cordero”: Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura (Ap 19,7-8), el lino son las buenas acciones de los santos. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo (Ap 21,2). Entonces vino uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete últimas plagas, y me habló diciendo: «Ven, que te voy a enseñar a la Novia, a la Esposa del Cordero» (Ap 21,9).

Por eso decía San Bernardo: “Cuando veáis un alma que lo deja todo (“relictis omnibus”) para unirse al Verbo con todas sus fuerzas (“Verbo adhaerere”),
– que vive para Él (“Verbo vivere”),
– que se deja regir por Él, (“Verbo se regere”),
– que concibe sus obras por el Verbo y por Él las da a luz (“de Verbo concipere quod faciat Verbo”)
Un alma que pueda decir: Para mí vivir es Cristo y la muerte una ganancia (Flp 1,21), crea que es cónyuge y esposa del Verbo”.

[1]Seguimos a D. COLUMBA MARMION, Sponsa Verbi, Editorial Lumen (Bogotá 1941).

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Comentarios: 9
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