Vida religiosa y pobreza evangélica

El religioso sigue la invitación que Nues­tro Señor hizo al joven rico: Si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme (Mt 19, 21). He aquí la pobreza evangélica: venderlo todo para seguir a Cristo. “Consiste en el abandono voluntario de las riquezas y de los bienes exteriores de este mundo con el fin de buscar únicamente a Dios”[1]. Para decirlo simplemente: ser pobre es no tener nada propio: “De aquí que el religioso no deba servirse de cosa alguna como si fuese de su propiedad o con el corazón apegado a eso, no disponiendo de nada sin permiso del Superior, y viviendo siempre pobremente”[2].



Pobreza efectiva o carencia de riquezas y bienes materiales que debe incluir, en cuanto ordenada intrínsecamente a ella, la pobreza afectiva o desprendimiento y desapego voluntario de las riquezas[3]. Este desapego de las cosas del mundo es la finalidad intrínseca de la práctica efectiva de la pobreza. Sin ello no tiene razón de ser. Se dejan los bienes de este mundo como medio seguro para que el corazón no se apegue a ellos, y así libre pueda poseer la caridad perfecta, dirigiendo todo el afecto a Dios, pues como dice San Agustín: “Te ama menos quien ama algo fuera de Ti y no lo ama por Ti”[4].

Pobreza evangélica con la cual el religioso quiere imitar a Cristo; seguir las huellas de Cristo pobre: “pobre en su nacimiento, más pobre en su vida y pobrísimo en la cruz”[5]. Seguir a Cristo pobre en el significado más profundo de su pobreza, como enseña San Pablo: siendo rico se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2 Co 8,9). Es la donación de Dios al hombre que se realiza en Jesucristo, precisamente por su pobreza; en el anonadamiento de hacerse hombre para comunicarnos las riquezas de su divinidad. “Cristo, el más pobre, con su muerte en la cruz, es a la vez, el que nos enriquece infinitamente con la plenitud de la vida nueva”[6].

También el religioso que practica la pobreza evangélica lo vende todo para ‘darlo a los pobres’[7], es decir que por la pobreza se vuelve capaz, como Cristo, de ‘dar’ a los demás,dándose a sí mismo. Rico no es aquel que posee sino aquel que da, aquel que es capaz de dar”. Así “ser pobre, en el sentido dado por el Maestro de Nazaret a un tal modo de ‘ser’, significa hacerse en la propia humanidad un dispensador de bien”[8].

 


Los religiosos también han de prestar una ayuda valiosísima a sus contemporáneos por medio del testimonio de la pobreza; la cual “es signo hoy particularmente muy estimado”[9], de tal modo que advierte el beato Pablo VI a los religiosos, que “sobre este pun­to... nuestros contemporáneos os interpelan con particular insistencia”[10]. Así también lo expresa el mensaje del Sínodo de los Obispos sobre la Vida Consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo: “Por la pobreza, libremente escogida, (los religiosos) ante todo proclaman el Absoluto de Dios, que es su única riqueza. La pobreza del consagrado anuncia las inagotables riquezas de Cristo[11]. Y agregará san Juan Pablo II: “se pide a las personas consagradas, pues, un nuevo y decidido testimonio evangélico de abnegación y sobriedad, un estilo de vida fraterna inspirado en criterios de sencillez y de hospitalidad, para que sean así un ejemplo también para los que permanecen indiferentes ante las necesidades del prójimo”[12].


Testimonio que adquiere particular relieve en un mundo mate­rialista y consumista que acepta, al menos en la práctica, la primacía del tener. Haciendo “recordar a los hombres que su progreso verdadero y total consiste en responder a su vocación de ‘participar como hijos, en la vida del Dios viviente, Padre de todos los hombres’” [13].

 

Más específicamente, por medio de la pobreza evangélica los religiosos enseñan con sus mismas vidas la primacía del ser sobre el tener. Ya que al ser llamado por Nuestro Señor a “venderlo todo”, el religioso es invitado “a renunciar a un programa de vida en cuyo primer plano está la categoría de la posesión, la del “tener”, y en cambio le invita a aceptar en su lugar un programa centrado sobre el valor de la persona humana: sobre el “ser” personal, con toda la trascendencia que le caracteriza”. Este es el testimonio que dan los religiosos a la civilización de hoy, más que nunca actualísimo, pues es dado en el contexto de un mundo que da la primacía al bienestar consumístico, en el cual “el hombre siente dolorosamente la deficiencia esencial de “ser” personal que viene a su humanidad de la abundancia del multiforme “tener”” [14].

 

Es el “testimonio de modo esplendoroso y eminente, que el mundo no puede ser transformado y ofrecido a Dios sin el espíritu de las Bienaventuranzas[15].

 


[1] Constituciones [61].

[2] Constituciones [66].

[3] Cf. Constituciones [62].

[4] San Agustín, Confesiones, L. X, c. 29 (ML, 32, 796).

[5] Constituciones [66]. San Bernardo, Vitis mystica, cap. II.

[6] San Juan Pablo II, Redemptionis Donum, 12.

[7] Cf. Mt 19, 21.

[8] San Juan Pablo II, Redemptionis Donum, 5.

[9] Perfectae Caritatis, 13.

[10] Evangelica Testificatio, 16.

[11] Mensaje del Sínodo, IX° Asamblea General Ordinaria, sobre "La Vida Consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo", OR (04/12/1994), p. 5.

[12] Vita Consecrata, 90.

[13] Evangelica Testificatio, 19.

[14] Redemptionis Donum, 4.

[15] FIR, 14. Cf. Lumen Gentium, 31


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