La vida religiosa… un holocausto de amor a Dios

Se trata, como venimos diciendo, de una entrega total a Dios, que da el nombre a la vida religiosa de verdadero holocausto. “Holo­causto, como dice San Gregorio, es ofrecer a Dios todo lo que se tiene. Tres clases de bienes tiene el hombre, según el Filósofo: los bienes exteriores, que se ofrecen totalmente a Dios por la pobreza voluntaria; los bienes del propio cuerpo, ofrecidos en su mayor parte a Dios por el voto de castidad, por el que se renuncia a los deleites más intensos del cuerpo; y el bien del alma, que se ofrece totalmente a Dios por el voto de obediencia, por el que el hombre ofrece a Dios su propia voluntad, mediante la cual utiliza él de las demás potencias y hábitos del alma" [1].

 

      Un holocausto, donde todo se da y de alguna manera se destru­ye…, pero hasta aquí tenemos sólo una mirada parcial de la vida religiosa; una consideración de sólo el primer aspecto: los consejos evangélicos en cuanto medio y disposición.


 

      Debemos considerar el segundo aspecto: el fin, que como sabemos es lo más formal y lo que da sentido a todo lo demás. Se trata de entregar todo, en una especie de inmolación, pero es una destrucción transformadora. Es verdad que los tres votos son la esencia de la vida religiosa, sin embargo estamos a mitad de camino. Su esencia es la de ser medio de perfección y como todo medio recibe su última formalidad del fin, que viene a ser la forma de las formas.

 

      La vida religiosa, en este sentido, no son los votos, sino la entrega total a Dios, amado sobre todas las cosas. La vida religiosa es la caridad perfecta. Son las virtudes y especialmente las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- las que “impulsan a los religiosos y religiosas a empeñarse por medio de los votos a practicar y profesar los tres conse­jos evangélicos”[2]. Su motor, y por tanto su fin: “el estado religioso está ordenado a la perfección de la caridad como a su fin, a la cual pertene­cen todos los actos interiores de las virtudes, de las cuales la madre es la caridad, según aquello de San Pablo a los Corintios: La caridad es paciente, es benigna, etc. (1 Co 13,4)” [3].

      El fin son las virtudes, y por tanto la principal de todas, la caridad que es vínculo de perfección (Col 3,14). Enseña la Lumen Gentium que por la práctica de los consejos evangélicos “se fomenta singularmente la caridad para con Dios y para con el prójimo”[4].

 


Por eso, si los consejos evangélicos son la esencia de la vida religiosa, la caridad es su esencia más íntima, a la manera de materia y forma: “Esta transformación es simultánea al amor que la llamada de Cristo infunde en el interior del hombre, con el amor que constituye la esencia misma de la consagración”[5].

De aquí que “la profesión religiosa pone en el corazón...el amor del Padre... amor que abarca el mundo y a todo lo que en él viene del Padre y que al mismo tiempo tiende a vencer en el mundo todo lo que no viene del Padre”[6].

 

Los votos religiosos así entendidos en orden a las virtudes, si bien implican la renuncia a bienes que “indudablemente han de ser estimados en mucho, no es, sin embargo, un impedimento para el verdadero desarrollo de la persona humana, antes por su propia naturale­za lo favorece en gran medida”. Más particularmente, “contribuyen no poco a la purificación del corazón y a la libertad espiritual, estimulan continuamente el fervor de la caridad y, sobre todo, como demuestra el ejemplo de tantos santos fundadores, son capaces de asemejar más al cristiano con el género de vida virginal y pobre que Cristo Señor escogió para sí y que abrazó su Madre, la Virgen[7].

 

Ayudan eficazmente al hombre a plasmar el hombre nuevo según Cristo Jesús: “Los consejos evangélicos en su finalidad esencial sirven 'para renovar la creación', el mundo, gracias a ellos, debe estar sometido al hombre y entregado a él, de manera que el hombre sea perfectamente entregado a Dios”[8].

 

Por último, estos dos aspectos los podemos volver a encontrar, si consideramos la relación de la vida religiosa y el misterio pascual: misterio de muerte y resurrección. “La práctica de los consejos evangéli­cos lleva consigo un reflejo profundo de esta dualidad pascual[9]: la destrucción inevitable de todo lo que es pecado en cada uno de nosotros y su herencia, y la posibilidad de renacer cada día a un bien más profundo, escondido en el alma humana”. Es algo común a todos los cristianos, pues la “ley de la renuncia pertenece... a la misma esencia de la vocación cristiana, sin embargo, pertenece de modo particular a la esencia de la vocación unida a la profesión de los consejos evangéli­cos”[10].

Que la Santísima Virgen Madre y reina de las vocaciones, encienda en los corazones el deseo de cumplir siempre y en todo la Voluntad de Dios, para que los que son llamados a la vida religiosa, ¡no tengan miedo de seguir a Jesucristo!

 


[1] S. Th., II-II, 186, 7c. 

[2] FIR, 12.

[3] S. Th., II-II, 186, 7, ad 1.

[4] LG, 45.

[5] RD, 9.

[6] RD, 9.

[7] LG, 46.

[8] RD, 9.

[9] Cf. PC, 5.

[10] RD, 10.

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