MARÍA, MADRE DE TODAS LAS VOCACIONES DE ESPECIAL CONSAGRACIÓN

En preparación a la solemnidad de nuestra Patrona, la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Luján, publicamos un hermoso escrito que destaca la relación esencial entre María y la vocación a la vida consagrada en nuestros Institutos,

1. El Misterio de María

Así como María es Madre de Cristo y de todos los hombres, es Madre de todos las vocaciones de especial consagración: sacerdotal, diaconal, misionera, religiosa y de secularidad consagrada.

Refiriéndonos tan sólo a la primera, en sus entrañas engendró al Sumo y Eterno Sacerdote, allí tuvo lugar la primer ordenación del sacerdocio del Nuevo Testamento, y junto con Él, Jesucristo, Cabeza del sacerdocio del Nuevo Testamento, a todos los que participan del mismo sacerdocio.

A su Hijo Único lo acompañó, lo alimentó, lo cuidó, lo guió, lo formó, lo educó, lo amó, lo acompañó…

Así con nosotros:

- Nos acompañó en toda nuestra vida, en especial, en los momentos de la decisión vocacional, luego en el seminario, en la ordenación… más adelante en toda la vida sacerdotal… Nunca nos deja solos.

- Nos alimentó con el ejemplo de sus virtudes, alcanzándonos la gracia como Medianera de todas ellas.

- Nos cuidó, no permitiendo que el enemigo de la naturaleza humana triunfara sobre nosotros…

- Nos guió al inspirarnos siempre: Haced lo que Él os diga (Jn 2, 5).

- Nos formó, de manera semejante, a como lo hizo con Jesús, porque somos sus hijos, y una Madre siempre forma, educa a sus hijos: Mujer, he ahí a tu hijo (Jn 19, 26).

- Nos amó con un amor de predilección que hemos experimentado muchísimas veces en nuestra vida.

2. El Misterio de las vocaciones

¿Cuáles son las vocaciones de especial consagración? Comúnmente se consideran cinco: sacerdotal, diaconal, religiosa, misionera, secular,[1] como señalamos más arriba.

¿En qué consisten las vocaciones de especial consagración? Esencialmente, consisten en tres cosas:

- En el llamado de Dios, que es lo más importante de la vocación y que produce necesariamente, en el candidato, la idoneidad;

- La idoneidad, que es efecto del llamado interior de Dios, es triple: idoneidad física-psíquica; idoneidad moral, que implica siempre la recta intención; e idoneidad intelectual; triple idoneidad que es condición sin la cual no debe darse el tercer elemento;

- El llamado de la Iglesia, que hace las veces de Dios aquí en la tierra.

¿Cómo llama Dios? Dios llama «tocando» el alma con su gracia.

El llamado de Dios ordinariamente es interior. Es Dios quien desde dentro inspira a las almas el deseo de abrazar un estado tan alto y excelso como es el de la vida consagrada. Podemos reconocer dos pasos.

Hay quienes dicen que para que haya auténtica vocación es necesario ser llamados directamente por la voz del Señor de modo extraordinario como cuando llamó a Pedro o Andrés, ahí sí no hay que demorar e ingresar de inmediato. Pero cuando el hombre es llamado sólo interiormente, entonces es necesaria una larga deliberación y el consejo de muchos para conocer si el llamado procede realmente de una inspiración divina.

A estos les decimos con Santo Tomás: «Réplica llena de errores».[2] El deseo interior y desinteresado de abrazar el estado religioso es auténtico llamado divino, por ser un deseo que supera la naturaleza, y debe ser seguido al instante; hoy como ayer son válidas las palabras de Jesús en la Escritura. El consejo si quieres ser perfecto ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres (Mt 19, 21) lo dirigía Cristo a todos los hombres de cualquier tiempo y lugar: cualquiera que haya dejado casa o herma­nos por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y poseerá la vida eterna (Mc 10, 29). Y así todos, aún hoy, deben recibir este consejo como si lo oyesen de los mismos labios del Señor. Y quien por este se determine puede pensar lícitamente que ha recibido la auténtica vocación religiosa. «Habiendo oído -dice a este propósito San Jerónimo- la sentencia del Salvador si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y luego ven y sígueme: traduce en obras estas palabras y siguien­do desnudo la cruz desnuda subirás con más prontitud la escala de Jacob».[3]

 

Este consejo que Cristo dio, es un consejo divino para todos los que son llamados. Lo que a vosotros digo a todos lo digo (Mc 13, 37) dijo a la multitud, porque todas las cosas que han sido escritas, para nuestra enseñanza han sido escritas (Ro 15, 4). Es un error pensar que estas cosas sólo tuvieron valor en su época.[4] «Si todas estas cosas se hubiesen predicado sólo para los contemporáneos, nunca se hubiesen escrito. Por eso fueron predicadas para ellos y escritas para nosotros».[5]

El modo ordinario como Dios suscita las vocaciones es interior, por las divinas insinuaciones del Espíritu Santo al alma. Modo que prece­de a toda palabra externa ya que «el Creador no abre su boca para enseñar al hombre sin haberle hablado antes por la unción del Espíritu».[6] Por tanto el llamado interior[7] es auténtico llamado de Dios y debe ser obedecido al instante, como si lo oyéramos de la voz del Señor.

Es característico del llamado divino, impulsar a los hombres a cosas más altas. Por eso nunca el deseo de vida religiosa, al ser tan excelso y elevado, puede provenir del demonio o de la carne; «muy ajena cosa a los sentidos de la carne es esta escuela en la que el Padre es escuchado y enseña el camino para llegar al Hijo. Y eso no lo obra por los oídos de la carne, sino por los del corazón».[8]

 

Tal llamado de Dios es el «fundamento mismo sobre el que se apoya todo el edificio» pues la «vocación religiosa y sacerdotal no puede provenir sino del Padre de las luces de quien desciende todo buen don y toda dádiva perfecta».[9] La Iglesia nunca ha dudado del origen divino de la vocación sacerdotal, y así lo ha afirmado siempre, desde sus inicios hasta la actualidad. Al respecto, y con relación a cuál sea la causa primera de toda vocación, sostiene Juan Pablo II que «en el origen de toda vocación está siempre Jesucristo, suprema encarnación del amor de Dios».[10] Es decir, en el pensamiento de la Iglesia, jamás se ha equiparado la vocación sacerdotal a una profesión meramente humana, la cual sí surge del hombre. En el caso de la vocación, la iniciativa corresponde siempre a Dios: «Desde los inicios, la Iglesia ha considerado la vocación al ministerio (sacerdotal) como una gracia concedida por el Espíritu de Dios».[11]

 «Debemos obedecer sin vacilar un momento y sin resistir por ningún motivo, las voces interiores con que el Espíritu Santo mueve al alma»,[12] el Señor me abrió el oído y yo no me resistí ni me volví atrás (Is 50, 5), recordando que todos los que se rigen por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios pues son los «regidos por el impulso de la gracia».[13] Hay que advertir el consejo de San Pablo: Proceded según el Espíritu (Ga 5, 25) y ser hombres de principios sobrenaturales que sólo se dejen conducir por el espíritu de Jesucristo que es el Espíritu Santo, realizando con prontitud su llamado. Que no debamos lamentarnos como lo hizo San Agustín «convencido ya de la verdad, no tenía nada más absoluta­mente que responder, sino unas palabras lánguidas y somnolientas: luego, sí, luego: y el “déjame otro poco” se hacía ya demasiado largo… yo me avergonzaba mucho porque oía el murmullo de aquellas fruslerías (mundanas y carnales) que me tenían indeciso».[14]

Los que desconfiando irracionalmente del llamado divino alejan una vocación, deben cuidarse como si se tratase de un gran crimen, pues apartan a un alma del consejo divino; estos tales deben hacerse eco de la advertencia de San Pablo: No apaguéis el Espíritu (1Te 5, 19): «Si el Espíritu Santo quiere revelar algo a alguno en cualquier momento, no impidáis a ese tal hacer lo que siente».[15] Por consiguiente cuando un hombre es impulsado por inspiración del Espíritu Santo a entrar en religión, no se lo debe detener, sino que al instante se lo debe alentar y acompañar para que concrete ese impulso. Es totalmente censurable y deplorable la conducta de quienes retardan una vocación interior, esos tales resisten al Espíritu Santo, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo (He 7, 51).

 

No deben dudar de su vocación aquellos a quienes ha sido inspirado el deseo de entrar en religión.[16] Sólo les cabe pedir consejo en dos casos: uno, con respecto al modo de entrar, y otro, con respecto a alguna traba especial que les sugiera el tomar el estado religioso. En tales casos, siempre se debe consultar a hombres prudentes que con juicio sobrenatural (y no movidos por la pasión), puedan ayudar al discernimiento de la voluntad de Dios. Nunca a los parientes, pues no entran en este caso en la categoría de amigos, sino más bien en la de enemigos de la vocación, según aquello del profeta Miqueas: Los enemi­gos del hombre son sus familiares (7, 6), frase que cita nuestro Señor en San Mateo (10, 36). Sólo se debe consultar con un sabio y prudente director o confesor. Ve a tratar de santidad con un hombre sin religión y de justicia con un injusto No tomes consejos de estos sobre tal cosa, sino más bien trata de continuo con el varón piadoso (Sir 37, 11-12), al cual se ha de pedir consejo si hubiese en este caso algo que se necesite consultar.

Como todas las gracias las mereció nuestro Señor Jesucristo en la cruz, la fuente inexhausta de las vocaciones, la causa de todas las vocaciones es la cruz de Jesucristo. Cumpliéndose la profecía de Cristo: Cuando sea elevado a lo alto atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32). Y María está siempre al pie de la cruz.[17]

3. El Misterio de la Mujer que espera

 

Y María que estuvo al pie de la cruz, quiso quedarse con nosotros, milagrosamente, junto al río de Luján, para esperarnos. Además es la Patrona de la Patria. Y lo es de un modo muy profundo. El 15 de octubre de 1934 visitaba a la Virgen de Luján el cardenal Eugenio Pacelli, Legado Papal al Congreso Eucarístico Internacional que se celebró ese año en Buenos Aires. Trece años después, siendo Papa con el nombre de Pío XII, recordaba su peregrinación a Luján y decía: «Ella quiso quedarse allí y el alma nacional argentina comprendió que allí tenía su centro natural. Y al entrar en aquella Basílica, cuyas dos torres como dos gritos de júbilo suben hasta el cielo, nos pareció que habíamos llegado al fondo del alma del gran pueblo argentino».[18]

Por eso, piadosamente, estoy convencido y atribuyo a la intercesión de la Virgen de Luján las vocaciones que Dios nos regala. Y en este caso particular de jóvenes sacerdotes que han sido destinados como misioneros a los cinco continentes, por sus superiores. Ella es la Madre de Jesús que ha querido ser concretamente nuestra, en esta milagrosa imagen que nos remonta siempre al original, a Ella misma, que está en los cielos.

Ella nos habla de nuestra geografía, ya que quiso quedarse en estas tierras, quiso quedarse aquí. Los colores del manto y de la túnica, celeste y blanco, nos habla de la bandera de nuestra Patria, que de Ella tomó sus colores.

Ella es la Inmaculada del Apocalipsis revestida de sol (por eso la rayera que tiene a sus espaldas), con la luna a sus pies y coronada de doce estrellas.[19] Ella nos recuerda nuestra lengua ya que en la rayera está escrito: «Es la Virgen de Luján la primera fundadora de esta Villa».

Ella resume en sí nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

En el pasado la veneraron nuestros más grandes próceres: El general Don José de San Martín, Manuel Belgrano, Domingo French, Cornelio Saavedra, Rondeau, Balcarce, Viamonte, Soler, Manuel Dorrego, Juan Manuel de Rosas, Urquiza, Mitre y casi todos los mandatarios de la Patria. También la veneraron grandes hombres y mujeres de la Iglesia: El Pbro. Juan Mastai Ferreti, más tarde beato Pío IX; Santa Francisca Javier Cabrini; San Luis Orione, San José María Escribá de Balaguer; los Beatos Dionisio Pamplona y Nazaria Ignacia March. El primer Papa en postrarse a sus pies Juan Pablo II, quien le regaló la Rosa de Oro.

En el presente los miles y miles de peregrinos que año a año van a Luján, incluso a pie recorriendo grandes distancias, de todas las edades, condición social, cultura y nivel espiritual, nos muestra a las claras lo que dijo de Ella el gran Pío XII: «habíamos llegado al fondo del alma del gran pueblo argentino». Casi no hay templo católico ni pueblo que no tenga una réplica de Ella. Y a Ella hemos sido consagrados con gran solemnidad.

En el futuro, Ella es toda nuestra esperanza porque es la Madre del que es «nuestra esperanza». Y son muchos los que, por querer imitarla a Ella, harán en el futuro de nuestra Patria cosas grandes. Sin ir más lejos: Ella fue a Belén, a Egipto, a Nazareth, vino aquí a Argentina y va a todos los países del mundo y estos jóvenes sacerdotes misioneros que han de ir por todo el mundo se sienten impulsados por su ejemplo misionero.

¿Por qué se van a otros países habiendo tanta necesidad de sacerdotes aquí? Porque también en otros lados hay mucha necesidad de sacerdotes y porque vamos a donde nos llaman.

PADRE CARLOS M. BUELA, IVE


[1] II Congreso Internacional de Obispos y otros responsables de las vocaciones eclesiásticas, Desarrollo de las vocaciones en las iglesias particulares, Documento conclusivo, 1981, passim.

 [2] Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión (Buenos Aires 1946) 83.

 [3] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión (Buenos Aires 1946) 96; cit. Opuscula Theologica (Turín 1972) 173.

 [4] Cfr. Heb 12, 5. [5] San Juan Crisóstomo, cit. Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión (Buenos Aires 1946) 81.

 [6] San Gregorio Magno, Homilía sobre Pentecostés, cit. Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión, (Buenos Aires 1946) 83.

 [7] El llamado interior es nombrado «impulso» por Pío IX (Rerum Ecclesiae, 6). Pío XI, en Mens nostra 17 dice: «…no es raro que (los jóvenes) oigan en su corazón la misteriosa voz de Dios que los llama a los sagrados ministerios…».

[8] San Agustín, Tratado de la predicación de los santos, cit. Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión, (Buenos Aires 1946) 86.

 [9]  Pío XII, Constitución Apostólica «Sedes sapientiae», 12.

[10] «Discurso a los aspirantes al sacerdocio y a sus formadores»,L’Osservatore Romano 29 (1980) 439.

[11] Pontificio Consejo para los laicos, «Los sacerdotes en las asociaciones de fieles», 3.

 [12] Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión (Buenos Aires 1946) 83.

 [13] San Agustín, cit. Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión (Buenos Aires 1946) 84.

 [14] San Agustín, Conf. VIII 6, cit. Santo Tomás de Aquino, Contra la pesti­lencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión (Buenos Aires 1946) 85.

 [15] Glosa cit. Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina de los que apartan a los hombres del ingreso a la religión (Buenos Aires 1946) 84.

 [16] Dice San Juan Bosco: «Me parece un grave error decir que la vocación es difícil de conocer. El Señor nos pone en tales circunstancias, que nosotros no tenemos más que ir adelante, solamente hay que corresponderle. Es difícil conocerla cuando no se quiere seguir, cuando se rechazan las primeras inspira­ciones. Es ahí donde se embrolla la madeja… Mirad, cuando uno está indeciso sobre hacerse o no religioso, os digo abiertamente que este ya tuvo vocación; no la ha seguido inmediatamente y se encuentra ahora embrollado e indeciso» (MB, XI, 432 pág. esp).

[17] Cfr. Jn 19, 25.

[18] Pio XII, «Radiomensaje del 12 de octubre de 1947», Doctrina Pontificia: Documentos marianos (Madrid 1954) 608; cit. por J.A. Presas, Luján ante la ciencia y la fe (Buenos Aires 1978) 67.

[19] Cfr. Ap 12, 1.

 

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