¡El gran Misterio de la Piedad! 

Contemplemos a María que da a luz a su Hijo, lo envuelve en pañales y lo recuesta en un pesebre, mientras los ángeles anuncian a los pastores la buena nueva, el gran motivo de gozo para todo el pueblo: "Os ha nacido un Salvador". Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres. Tal era el objetivo de la Encarnación. Si el Hijo de Dios se hacía presente en la historia era ante todo para dar, como hombre que era, gloria al Dios ofendido por nuestros pecados, pero también para traer, como Dios que era, paz a los hombres que vivían acongojados esperando su salvación.

Una mirada hacia arriba, hacia el cielo, gloria a Dios; una mirada hacia abajo, hacia la tierra, paz a los hombres. He ahí la línea vertical que reconcilia el cielo y la tierra, Dios y los hombres, el travesaño vertical de la futura cruz sobre la cual, al extender el Señor sus brazos, dibujaría el travesaño horizontal, como quien quiere abrazar a toda la humanidad en su gesto redentor.

Impresionante y desconcertante esta imagen de un Dios que nace pobremente en la cueva de Belén. La piedad cristiana se conmueve ante tamaño espectáculo y hace muy bien. Pero la pobreza y la humildad no constituyen lo esencial del misterio. La entraña del misterio está en el hecho mismo de que Dios haya nacido. Aunque hubiese nacido en un palacio, con una guardia rindiéndole honores imperiales, y Augusto postrado delante de Él, el misterio hubiera sido sustancialmente el mismo. El Dios invisible, que no cabe en el universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres: tal es, en sustancia, el misterio de la Encarnación.

Es menester que penetremos en la médula del misterio, y que nos espantemos de que Dios simplemente se haya hecho niño. ¡Santa Noche, Santa y feliz Navidad!

Este año hemos querido vestir la imagen de nuestro Señor, significando su nacimiento en carne mortal en los pañales, una túnica bordada con una cruz, entre dos pequeñas estrellas judías, por la descendencia davídica de María y José: se hizo hombre en una familia, y así recordamos a todas las familias.

La simplicidad y sencillez de la túnica –a pesar de que el paño es fino y su color dorado expresan realeza- recuerdan a las familias que actualmente están sufriendo persecución por su fe. Jesús es el Ungido con el Espíritu Santo: la palomita que pende de su pecho lo simboliza.

Así todos los cristianos son ungidos, y en especial los consagrados: queremos dar inicio al año de la vida consagrada pidiendo la fidelidad al Espíritu Santo, especialmente en nuestra familia religiosa. Para esto pedimos la protección de María Santísima: la pequeña medalla que pende del pico de la paloma… ¡feliz Navidad!

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