«Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones»

Es  fundamental para aprovechar el Adviento, este tiempo de gracia que hemos comenzado, sosegar el alma y buscar el camino de la paz interior.

Muchas veces nuestra búsqueda de Dios, de la santidad y del servicio al prójimo suele ser agitada y angustiada en lugar de confiada y se­rena, como lo pide el Evangelio.

Y lo primero para adquirir y conservar lo más posible la paz del corazón, es estar plenamente convenci­dos de que todo el bien que podamos hacer viene de Dios y sólo de Él. «Sin mí no podéis hacer nada», ha dicho Jesús (Jn 15, 5). No ha dicho: no podéis ha­cer algunas cosas, o esto que es importante, sino «no podéis hacer nada».

Para que esta verdad se haga vida y experiencia en nosotros, habremos de pasar necesariamente por frecuentes fracasos, pruebas y humillaciones permitidas por Dios. Dios obra en nuestras almas en la medida que estemos convencidos de nuestra radical impotencia para hacer el bien por nosotros mismos. Por eso, Santa Teresa de Lisieux decía que la cosa más gran­de que el Señor había hecho en su alma era «haberle mostrado su pequeñez y su ineptitud». Otro tanto dirá santa Gema Galgani, afirmando que la gracia más grande de entre todas las que Jesús le daba era esa de conocerse tal cual era, con todas sus miserias y faltas, para de allí confiar plenamente en la acción de su gracia.

Debemos por eso, intentar descubrir las acti­tudes profundas de nuestro corazón, las condiciones espirituales que permiten a Dios actuar en nosotros. Solamente así podremos dar fruto, «un fruto que per­manece» (Jn 15, 16). Y para esto es necesario el espacio de silencio y oración que nos ayuden a adquirir y conservar la paz interior, la paz de nuestro corazón.

Dios es el Dios de la paz. No habla ni opera más que en medio de la paz, no en la confusión ni en la agitación. Recordemos al profeta Elias en el Horeb: Dios no estaba en el huracán, ni en el temblor de la tierra, ni en el fuego, sino en un li­gero y blando susurro (cf. 1 Re, 19)

A veces nos inquietamos, angustiamos y nos alteramos porque queremos resolver todas las cosas por nosotros mismos, pero sería mucho más eficaz el quedarnos confiados bajo la mirada de Dios y dejar que Él actúe en nosotros con su sabiduría, su amor y su poder infinitos.

Esto no significa pereza o inactividad. Es la invitación a actuar, a actuar mucho en ciertas ocasiones, pero bajo el impulso del Espíritu de Dios, el Dulce Huésped del alma.

Que María Santísima, a quien acudimos llenos de esperanza, nos guíe en este itinerario de descubrimiento y de práctica de la paz interior para alcanzar una suma docilidad a Dios que quiere santificarnos.

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