CARACTERÍSTICAS DEL ANILLO NUPCIAL II

 8. Tiene un formato completamente cerrado.

 Hay anillos en espiral. Un formato no cerrado, sino en espiral. Por tanto tienen dos puntas. Dos terminaciones que no se encontraban nunca.

 Esto no sucede con los anillos que se entregaron marido y mujer el día de la boda. Éstos sí están cerrados. Perfectas circunferencias. Como el que será de ustedes. Como un símbolo y una señal de que no hay “salidas alternativas” ni otras posibilidades. Una sola carne, un sólo corazón, un sólo proyecto. Es un vínculo tan hermético que lo que le afecta a uno, repercute en el otro. Lo que hace sufrir a Jesucristo, también inquieta a ella y viceversa. Hombre y mujer son como un anillo. Son una sola cosa, una circunferencia que no se sabe dónde comienza ni dónde acaba. No se sabe ya dónde termina uno y dónde comienza el otro. Así sucede con la religiosa verdadera.

 Fundirse con la persona amada es “meterse en sus zapatos”. Sufrir y sobre todo gozar con él. Tomar sus cosas como propias e interesarse por ellas. Desde lo más complicado, hasta las decisiones del hogar, pasando por la más pequeña nimiedad.

 Es conocer meticulosamente el corazón del amado, de modo que siempre estés dispuesto a amar como la persona amada quiere ser amada.

 9. Son iguales.

 Dos anillos iguales. Son un par. ¡Qué mal se verían diversos! Uno dorado y otro plateado. Uno con las iniciales y el otro sin ellas. ¿Te imaginas uno liso y el otro amartillado? ¡No! Deben ser iguales.

 Karol Wojtyla, hoy el Papa Juan Pablo II, escribió hacia el año 1960 un libro muy interesante sobre el matrimonio. En él cuenta cómo una pareja de casados la estaba pasando muy mal, y en un determinado momento a la chica se le ocurre ir a vender su anillo a un orfebre, pues le parecía que todo estaba perdido. El texto dice, en boca de la chica:[3]. Un anillo solo no tiene peso. Una persona separada de su cónyuge, no pesa nada. Te lo recuerdan los anillos, que son dos y son iguales.

 “No tienen peso”. Lo decía un muchacho de diecisiete años cuyo padre recientemente los había dejado:

 – “Quiero a mí papá, por eso, porque es mi padre. No puedo dejar de quererlo pero ya no es mi modelo en la vida. Perdió peso. Me da pena. Al dejar de ser coherente, cuando dejó de cumplir su compromiso más importante excusándose en el cansancio, en los años, en los demás, culpando incluso a mi mamá… perdió peso. Ya no es para mí lo que era. Separado de mamá y de nosotros, ya no es el mismo. Quiere divertirse, quiere ser normal y dice que tiene derecho a una segunda oportunidad. Pero él mismo sabe que tomó una decisión superficial. Quizá él esté contento ahora, pero a costa de mi mamá y de nosotros cuatro”.

 Esto es incluso de lógica. Pasa más o menos lo mismo con los zapatos: vienen por pares. Un sólo zapato no sirve para nada. Hay cosas en esta vida que simplemente no pueden separarse: zapatos, mancuernas (parejas de bueyes uncidos al mismo yugo, presidiarios unidos por la misma cadena, parejas de aliados), guantes, aretes, anillos… Hombre y mujer, en el matrimonio, son una de esas “cosas”, que no deben romperse ni separarse, pues son un par. Como son un par Jesucristo y su Esposa, la religiosa.

 10. Son diversos.

 Acabamos de decir que son iguales, un par. Pero, si te fijas bien, al mismo, tiempo son un poco diversos. Al menos, uno es más grande que el otro. Y con el paso del tiempo, surgen más diferencias debido a la limpieza que reciban, al buen o mal trato que se les dé, en fin. Siendo iguales, uno está más rayado u opaco que el otro. Y esto es como un símbolo y una señal de que debemos ser idénticos en la diversidad y siendo diversos tender a la identidad.

             Sos Esposa de Jesucristo, pero no sos exactamente igual a Jesucristo. Él es más grande. No discutas con Jesucristo.

 Un texto de H. Eduard Manning dice así: “No te preguntes si eres feliz, pregúntate si son felices los que viven contigo”. Si tan sólo supiéramos pensar en los demás antes que en nosotros mismos, no pasaríamos la vida discutiendo inútilmente. No discutas. No te preguntes si eres feliz, mejor pregúntate continuamente, con seriedad, si estás haciendo felices a los que viven contigo. Pregúntate si te estás haciendo al otro, si tiendes a él o si “prefieres” que se haga a tu modo de ser.

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