¡Familias!

Al acercarse el día de San Benito, Patrono de Europa, recordamos la intención particular de oración que da el nombre a nuestra comunidad “De los Santos Patronos de Europa”, y lo hacemos con un pequeño aporte sobre el redescubrimiento de las raíces cristianas de todo el Continente, a la luz del próximo Sínodo convocado por el Santo Padre, y dedicado a rezar y reflexionar sobre las familias. 

Familia
Familia

Lo haremos comentando brevemente la homilía que San Juan Pablo II predicó durante su visita a España en el año 1982. Al hablar concretamente del proyecto de Dios sobre el matrimonio, no ha perdido ni su frescura, ni su importancia.

En aquella oportunidad el Santo Padre resaltó algunos puntos esenciales en la vida matrimonial y familiar.

1-    La insolubilidad del matrimonio.

Dice la Gaudium et Spes, 48: “Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad”.

Cualquier ataque a esta unidad es contrario al plan de Dios, nos recuerda Mateo (19,6) No le es lícito al hombre separar lo que Dios ha unido.  Y los cónyuges están llamados a testimoniar esta unión y fidelidad, aunque las normas legales puedan ir en otra dirección, dice textualmente: “Así contribuiréis al bien de la institución familiar y daréis prueba de que el hombre y la mujer tienen la capacidad de donarse para siempresin que el verdadero concepto de libertad impida una donación voluntaria y perenne”.

2-    El amor conyugal y la transmisión de la vida.

En el plan de Dios el matrimonio es una comunidad de amor indisoluble ordenado a la vida como continuación y complemento de los mismos cónyuges. Por eso, “al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal”(Familiaris Consortio n. 32).

3-    El aborto, gravísima violación del orden moral.

Otro aspecto aún más grave y fundamental, es el respeto a la vida humana, que ninguna persona o institución privada o pública puede ignorar. “Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad”.  ¿Qué sentido tiene hablar de dignidad del hombre, si no se protege a un inocente?  Y no dudó nunca san Juan Pablo Magno, en defenderlo con valentía: “En este sentido las palabras de Cristo son muy serias: ¡Hay de aquel que escandaliza a uno de estos pequeños! ¡Sus ángeles en el cielo contemplan siempre el rostro del Padre! El mismo Cristo quiso ser reconocido por primera vez, por un niño que vivía aún en el vientre de su madre, un niño que se alegró y saltó de gozo en su presencia”.

4-    La educación de los hijos.

Como afirma el Concilio Vaticano II, “los padres, puesto que han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por tanto, ellos son los primeros y obligados educadores. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse”.

Este deber-derecho es insustituible e inalienable, esto es, que no puede delegarse totalmente a otros ni otros pueden usurparlo.

            Para finalizar, es necesario acudir con confianza a la Palabra de Dios para encontrar la luz y la fuerza en el seguimiento de la verdad: La ley de Dios es perfecta… hace sabio al sencilloLos preceptos del Señor son justos… El que la observa tendrá frutos”.

Sin embargo ¿quién no ve descripta la propia experiencia cristiana cuando oye decir a San Pablo: Me deleito en la ley de Dios, según el hombre interior; pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de la mente (Rom 7, 22-23)?

“Es pues, termina el Santo Padre, necesaria una constante conversión del corazón,  una constante apertura del espíritu humano: Os daré un corazón nuevoy pondré en vosotros un espíritu nuevoos arrancaré ese corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y os haré ir por mis mandamientos y observar mis preceptos” (Ez. 36, 26-27).

Y es el Espíritu, que se recibe con la gracia del matrimonio el que escribe esta ley en los corazones.

¡Cuán grande es la verdad de la vocación y de la vida matrimonial y familiar según las palabras de Cristo y según el modelo de la Sagrada Familia!

 

Que San Benito y todos los santos de Europa intercedan ante Dios por las familias del Tercer Milenio. Por ellas, rezamos también constantemente.

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