¿Cómo Señor dudar de tu bondad?

¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos! Si hablaba con alguien, miraba sus ojos con una atención amorosa: “Jesús lo miró con cariño” (Mc 10, 21) (Su Santidad Francisco)

Jesucristo, Dios verdadero, tanto nos ama, que al vernos en la angustia, la tristeza y el pecado, ha querido tomar nuestra naturaleza para consolarnos, sanar nuestras heridas y llevarnos al Padre.

 

Dios es un Padre Bondadoso y quiere nuestra felicidad, nos busca en el silencio de nuestro corazón. Vemos claro esta figura al contemplar a Jesús cuando llora sobre Jerusalén, qué ternura no habrá experimentado el divino Maestro al pronunciar aquellas palabras… Jerusalén Jerusalén… ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como una gallina reúne a sus pollitos bajo las alas y no habéis querido (Jn 21,37) También hoy Jesús llora a la vista de tantos hombres en pecado, y nos llama a volvernos hacia Él, y por Él, hacia Dios Padre.

Os invito a volver vuestros ojos hacia en Divino Crucificado, y preguntémonos con sincero corazón ¿qué he hecho por Cristo?, ¿Qué hago por Cristo?, ¿Qué he de hacer por Cristo?

Hoy nuestra sociedad sufre una gran crisis económica, pero sin que nos demos cuenta, la crisis que más nos afecta es moral y espiritual. Se han perdido los valores humanos y evangélicos, se apela a una libertad que esclaviza al hombre moderno, lo encierra en sus pasiones y ahoga su alma hecha para la eternidad, para Dios.

Ante la soledad actual, la falta de trabajo, la angustia que causa la enfermedad o el mal moral, los problemas familiares, las adicciones de nuestros hijos, de nuestros jóvenes, si no hallamos qué hacer, qué decir, dónde acudir, escuchemos en nuestro interior las palabras que nos dirige el Sagrado Corazón:

Venid a Mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y Yo os daré descanso”. Contemplemos a Jesús crucificado, tal vez no se nos resolverán instantáneamente nuestros problemas, pero Él nos consolará y fortalecerá, nos recordará que esta vida pasa fugazmente, y que hemos sido llamados por vocación, a la vida eterna.

Jesús Misericordioso y compasivo es un Dios de amor, Él nos ama y nos conoce, Él sana a los de corazón roto y venda sus heridas (Sal 146) Dios quiere nuestra felicidad y alegría, nos quiere dar la paz del alma y quiere Él mismo morar en nuestros corazones… Nos ama tanto que cada día es crucificado y muere por nosotros en la cruz, renueva su sacrificio en el santo Sacrificio de la Misa.

Pues bien; ¿Cómo he de hacer para ir a Su corazón? ¿Para dejarlo morar en el mío? – Me he de acercar con un corazón humilde y limpio. Procuremos recordar con qué acciones de mi vida le he ofendido y delante de una cruz pidámosle perdón, digámosle con corazón sincero, que con su ayuda no queremos ofenderle más ni atravesar su corazón con la lanza de nuestras rebeldías. Luego acudamos a un sacerdote y pidámosle confesión, este sacramento no consiste sólo en decir nuestros pecados, sino que ¡lo más consolador! es escuchar las palabras del sacerdote pronunciadas en nombre de Cristo “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En ese momento Dios viene a habitar en nuestro corazón.

En estos día situémonos junto a nuestra Madre del cielo, y contemplemos al Divino Crucificado, y veremos en Él un corazón herido de amor, pues sólo el amor explica que se haya hecho hombre y que se halla entregado a la muerte, me amó y se entregó por mi (Gal 2,20)

 

Que María, Madre de los Dolores nos conceda ser siempre fieles a su divino Hijo. ¡Que tengan todos una santa Cuaresma en el Señor!

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