“Sé que vais a matarme, pero yo os perdono y os conservo un pedazo de cielo”

“Los crueles regímenes ateos decretaron la supresión de la Iglesia e intentaron aplastar al hombre sobre la faz de la tierra, haciéndole olvidar que existe el cielo y un amor mayor que cualquier miseria humana.”[1]Pero este empeño no logró imponerse, al contrario levantó testigos valientes que defendieron su fe a costa de sus vidas, como es el caso de la Beata Crescencia Valls Espí quien no sólo perdonó  a quienes le mataron, sino que se ofreció por ellos, por su salvación, para que ellos también alcancen el cielo.

 

 CRESCENCIA VALLS ESPÍ nació en Onteniente el 9 de junio de 1863 y fue bautizada al día siguiente en la Parroquia de Santa María (donde realizó también la Confirmación y Primera Comunión).

 

Sus padres, Joaquín y Francisca, formaron un hogar cristiano y formaron sus hijos en la fe. Crescencia recibió la instrucción elemental en el Colegio de las Religiosas de San Vicente de Paúl, donde adquirió una cultura general. Participaba de la Santa Misa todos los días, como en la Adoración Eucarística, rezaba el Rosario en familia y contribuía a los suyos haciendo bordados.

 

Mujer de mucha vida interior, especialmente devota del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen, su nota característica fue servir siempre a la Iglesia. Destacó como Hija de María, asociación a la que perteneció desde 1890 hasta su muerte, por sus altas prendas morales y edificante virtud así como por su testimonio personal.

 

 Perteneció al Apostolado de la Oración y a las Mujeres de San Vicente de Paúl, asociación a través de la cual realizó numerosas obras de caridad, pidiendo dinero a las familias más acomodadas para ayudar económicamente a las más necesitadas. Visitaba a los enfermos, a las familias que tenían algún difunto les ayudaba a pagar los gastos de sepelio y las consolaba en su dolor.

 

Trabajó activamente en la catequesis parroquial y en la escuela dominical. Gozaba de muy buena reputación entre los católicos de su pueblo y, sobre todo, entre los pobres de otras ideologías, porque hacía el bien a todos sin mirar a quien.

 

Quienes la conocieron afirman que era muy amable con todos, dispuesta a ayudar a los demás; simple, siempre dispuesta al sacrificio.

 

En febrero de 1936 Crescencia trabajó con valentía en defensa de la fe católica durante las elecciones, por  lo que fue amenazada de muerte. Cuando fue proclamada la República y a pesar de la persecución a los católicos, intensificó sus obras de bien y apostolado, y ante las personas que le decían fuese esto peligroso ella respondía que el máximo que le podían hacer era matarla por Dios.

 

El 26 de septiembre de 1936, fue detenida por 4 milicianos,  junto con sus hermanas: Concepción, Carmen y Patrocinio; y fueron llevadas a la cárcel femenina, donde permanecieron hasta la noche. Cerca de las 23:30 hs. las trasladaron en coche al Puerto de Ollería y en el lugar llamado La Pedrera (territorio de Canals) fueron fusiladas al grito de ¡VIVA CRISTO REY!. Crescencia tenía 73 años. Momentos antes de morir dijo a los milicianos: “Sé que vais a matarme, pero yo os perdono y os conservo un pedazo de cielo”.

 

Sus restos mortales descansaron primero en el cementerio viejo de Onteniente, en el panteón de la Familia Buchón. Y los de Crescencia Valls fueron trasladados solemnemente a la Iglesia arciprestal de Santa María de Onteniente el 20 de abril de 1958.

 

El Ayuntamiento de Onteniente, en sesión celebrada el 20 de marzo de 1958, acordó nombrar hijas predilectas de la ciudad a las mártires Crescencia Valls Espí y a Encarnación Gil Valls. También pervive su memoria entre los católicos de la ciudad, que la consideran una mártir.

Fue beatificada por el Papa Juan Pablo II en Roma el 11 de marzo de 2001.

 

 

 

 

 

“Conservad en vuestro corazón el recuerdo vivo del martirio y trasmitidlo a las generaciones futuras, para que siga inspirando un testimonio cristiano siempre generoso y auténtico. El martirio es ante todo una fuerte experiencia espiritual: brota de un corazón que ama al Señor como suma verdad y bien supremo e irrenunciable.”[2]

 



[1] Cf. « L`Osservatore Romano», 21-26 de Mayo de 2000, Homilía durante la misa de canonización de 27 beatos mexicanos mártires.

[2]JUAN PABLO II, Homilía durante la divina liturgia greco-católica en la Basílica de San Pedro, 9 de mayo de 2000.

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