Vida contemplativa hoy…

Queremos compartir con nuestros lectores algunas breves reflexiones de Juan Pablo II acerca de la vida contemplativa. Sus palabras no han perdido actualidad, es más, poseen la frescura de un lenguaje perennemente válido.  

 

Reflejan un profundo conocimiento de nuestro estilo de vida, que permite a quienes lo deseen, algo así como un “open house” de la vida monástica en aquello que tiene de propio, como símbolo y como realización de la unión con Cristo a que están llamados todos los hombres. 

En la vida contemplativa, seguimos a Cristo, con la totalidad de nuestro ser:

“La experiencia del claustro hace todavía más absoluto este seguimiento hasta identificar la vida religiosa con Cristo: “Nuestra vida es Cristo” (Moradas V) decía santa Teresa haciendo suyas las exhortaciones de san Pablo (cf. Col 3,3). Este ensimismamiento de la religiosa con Cristo constituye el centro de la vida consagrada y el sello que la identifica como contemplativa”.

 

 

No nos apartamos de Aquel que no quiere apartarse de nosotras:

“En el silencio, en el marco de la vida humilde y obediente, la vigilante espera del Esposo se convierte en amistad pura y verdadera: “Puedo tratar como con un amigo, aunque es el Señor” (Libro de la Vida, 37,5). Y este trato asiduo de día y de noche es la oración, quehacer primordial de la religiosa y camino indispensable para su identificación con el Señor: “Comienzan a ser siervos del amor… los que siguen por este camino de oración al que tanto nos amó” (cf. Libro de la vida, 11,1).

 

 

                Pero llevamos a todos los hombres y a todas sus necesidades en nuestro corazón

“Esa fecundidad apostólica de vuestra vida procede de la gracia de Cristo, que asume e integra vuestra oblación total en el claustro. El Señor que os eligió, al identificaros con su misterio pascual, os une a Sí mismo en la obra santificadora del mundo. Como sarmientos injertados en Cristo, podéis dar mucho fruto (cf. Jn 15,5) desde la admirable y misteriosa realidad de la comunión de los santos… De vuestra oración y vigilias, de vuestra alabanza en el oficio divino, de vuestra vida en la celda o en el trabajo, de vuestras mortificaciones prescritas por la regla o voluntarias, de vuestra enfermedad o sufrimientos, uniendo todo al sacrificio de Cristo. Por Él, con Él y en Él seréis ofrenda de alabanza y de santificación del mundo”.

 

Juan Pablo II, Discurso a las religiosas de clausura en 1982, durante su viaje a España (resaltados nuestros).

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