Al estilo de Dios

La Jornada de la vida consagrada nos hace reflexionar sobre este precioso don dado por Dios a la Iglesia. Realmente ¡un precioso don! No un favor que le hacemos a Dios… Él miró con bondad la pequeñez de su servidora

 

Dice acertadamente san Juan Crisóstomo: “Quien condena el matrimonio, priva también a la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que aparece un bien solamente en comparación con un mal, no es un gran bien: pero lo que es mejor aún que bienes por todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado superlativo”.

 

            Y si actualmente se pone en controversia la misma naturaleza del matrimonio –yendo contra los fundamentos de la ley natural–, cuánto más podemos esperar que se contradiga la elección de la virginidad por el Reino de los cielos como realización plena de una persona, ya que es sobrenatural de punta a cabo, porque se sumerge en el misterio mismo del Hijo de Dios que eligió la virginidad como estilo propio de vida al encarnarse, y lo hizo en Madre igualmente virgen.

Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cf. Apoc 14,4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (cf. 1Co 7, 32), para ir al encuentro del Esposo que viene (cf. Mt 25, 6). Son la pléyade de hombres y mujeres que han hecho de sí mismos –cuerpo y alma– un sacrificio, unidos indisolublemente a Cristo. Análogamente a la Eucaristía, nos dan con su vida, un adelanto de lo que será el Cielo.

                       

 

            Por eso, en el seno de la familia, «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y sin miedos a la entrega, a la oblación, han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada» (cf. CI 1656).

Oblación de la vida consagrada

          La misma terminología ya nos habla de oblación, porque la consagración de algo –en este caso de alguien– es separar algo del uso profano para dedicarlo exclusivamente a Dios. La vida consagrada, la vida religiosa comporta una ofrenda, un sacrificio:

 

            Esto supone haber experimentado de un modo singular el amor que Dios tiene por el alma consagrada, y esta experiencia de amor gratuito de Dios es hasta tal punto íntima y fuerte “que la persona experimenta que debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en Sus manos. Precisamente por esto, siguiendo a santo Tomás, se puede comprender la identidad de la persona consagrada a partir de la totalidad de su entrega, equiparable a un auténtico holocausto”(VC, 17)

 

            La conciencia de una participación especial en la muerte sobre la cruz del Redentor, participación que nos hace resucitar a una vida nueva, se expresa en la respuesta del alma a esta llamada del amor redentor; es una respuesta de amor, y de “amor de donación, que es el alma de la consagración, es decir, de la consagración de la persona”.

 

            Esta consagración, se verifica por medio de los consejos evangélicos, que, en la lucha contra la triple concupiscencia que heredamos del pecado original, conduce a la renovación de todo el ser, y de algún modo de toda la creación, realizada en la persona del consagrado.

             Por esta inserción más profunda en el anonadamiento de Cristo, se obtiene una particular sensibilidad a la acción del Espíritu Santo, y Él conduce al alma –a través de la gracia y de la influencia de los dones– a renacer cada día a un bien más profundo, a entrar más de lleno en el corazón del misterio: que no es otra cosa sino encontrarse cada día más profundamente con Cristo, y descubrir que no sólo estamos con Él sino también en Él, crucificado y resucitado, ofreciendo al verdadero y único sacrificio que da gloria a Dios y salva a los hombres.

 
 

Vida consagrada y Eucaristía.

Si toda la vida del religioso, de la religiosa, nace de la ofrenda de Jesús, tiende por naturaleza a reproducir esa misma ofrenda. Sólo puede reproducirla con el contacto asiduo, personal, activo, íntimo. Todo eso es la participación fructuosa de la Santa Misa. Es adherirse a la voluntad salvífica de Jesús, es expresarle el amor esponsal, es unirse vitalmente a Su Cuerpo ofrecido y a Su Sangre derramada.

 

            Dichosos los que se acercan a la Eucaristía con la frescura de su primer amor para alcanzar en ella la madurez de su entrega a la medida de Cristo en su plenitud. El Esposo está ahí. Estoy a la puerta y llamo…cenaré con él y él conmigo (Apoc 3, 20).

 

 

¡Qué espléndido será, qué hermoso! El trigo hará florecer a los mancebos y el mosto a las doncellas (Zac 9, 17).

Si quieres perder el miedo a la entrega… ¡rezamos por ti!

 

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