El Estudio y la Evangelización de la cultura

De acuerdo a nuestro carisma, buscamos orientar  todos nuestros estudios a la evangelización de la cultura. Llevar el Evangelio, es llevar a Cristo a las almas, llevar a Aquél que es “el Camino la Verdad y la Vida”.

 

La transmisión de la verdad es hoy particularmente urgente, ante la actitud de la cultura contemporánea frente a la verdad, tal como ha sido descrita por Juan Pablo II en la Encíclica Veritatis Splendor, al decir:

 

La cultura contemporánea ha perdido en gran parte este vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad y, por tanto, volver a conducir al hombre a redescubrirlo es hoy una de las exigencias propias de la misión de la Iglesia, por la salvación del mundo. La pregunta de Pilato: ‘¿Qué es la verdad?’, emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo no sabe quién es, de dónde viene, ni adónde va... Y lo que es aún más grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral...[1].

 

Es necesaria una certeza de la verdad, dada sólo por una sana filosofía, fundada en la realidad objetiva de las cosas, ya que la inteligencia puede llegar a lo que es. Sin ella no hay base para una entrega personal a Jesús y a la Iglesia, ya que “si no se está seguro de la verdad ¿cómo se podrá poner en juego la propia vida y tener fuerzas para interpelar seriamente la vida de los demás?”[2]

 

Tal formación se plantea como algo urgente frente a la nueva evangelización y a los planteamientos modernos. Exhorta Juan Pablo II: "Por eso tenéis la tarea de hacer de los futuros evangelizadores uno de los objetivos primarios de vuestro compromiso en el mundo de hoy. Con la ayuda de la sólida doctrina de Santo Tomás..."[3]. De acuerdo a esto en nuestra formación el conocimiento de Santo Tomás de Aquino. Su conocimiento es de insoslayable importancia para la recta interpretación de la Sagrada Escritura, para poder trascender lo sensible y alcanzar la unión con Dios. Para edificar el edificio de la Sagrada Teología sobre las sólidas bases que proporciona un conocimiento profundo de la filosofía del ser.

 

Decía Benedicto XVI acerca de la formación, de quienes tienen la hermosa tarea de evangelizar:

“El compromiso del estudio y de la enseñanza, para que tenga sentido en relación con el reino de Dios, debe estar sostenido por las virtudes teologales. En efecto, el objeto inmediato de la ciencia teológica, en sus diversas especificaciones, es Dios mismo, que se reveló en Jesucristo, Dios con rostro humano. Sin embargo, no basta conocer a Dios para poder encontrarlo realmente; también hay que amarlo. El conocimiento se debe transformar en amor. El estudio de la teología, del derecho canónico y de la historia de la Iglesia no es sólo conocimiento de las proposiciones de la fe en su formulación histórica y en su aplicación práctica; también es siempre inteligencia de las mismas en la fe, en la esperanza y en la caridad. Sólo el Espíritu escruta las profundidades de Dios (cf. 1Co 2, 10); por tanto, sólo escuchando al Espíritu se puede escrutar la profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios (cf. Rm 11, 33). Al Espíritu se le escucha en la oración, cuando el corazón se abre a la contemplación del misterio de Dios, que se nos reveló en el Hijo Jesucristo, imagen del Dios invisible (cf. Col 1, 15), constituido Cabeza de la Iglesia y Señor de todas las cosas (cf. Ef 1, 10; Col 1, 18)”[4].

 

“La fe en Cristo da a las culturas una dimensión nueva, la de la esperanza en el Reino de Dios. Los cristianos tienen la vocación de inscribir en el corazón de las culturas esta esperanza de una tierra nueva y unos cielos nuevos [...] El Evangelio, lejos de poner en peligro o de empobrecer las culturas, les da un suplemento de alegría y de belleza, de libertad y de sentido, de verdad y de bondad”.[5]

 

Pidamos por intercesión de María Santísima, la primera portadora del Evangelio, que nos conceda la gracia, en este año de la fe, de que en todas nuestras obras nos “fundemos en Cristo, que ha venido en carne, y Cristo siempre, y Cristo en todos y Cristo Todo”.



[1] Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 84.

[2] Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 5.

[3] Juan Pablo II, Discurso en el Angelicum (23/11/1994); OR (16/12/1994), p. 8.

[4]BENEDICTO XVI, Discurso en la Universidad Gregoriana de Roma, 3/11/2006

[5] Juan Pablo II, Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura, 14 de marzo de 1997, L’Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, 21 de marzo de 1997, p. 4.

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